Uno de los pensamientos más radicales que renovaron mi mente y transformaron mi vida fue el de practicar la presencia divina. Hace apenas una década que soy un peregrino rumbo a la ciudad celestial. Por lo tanto, aún tengo muchas cosas que desentrañar sobre las verdades del cristianismo, me refiero a esas realidades eternas que definen nuestra vida aquí en la tierra.

Sin embargo, amado lector, puedo compartir contigo algunas cosas aprendidas en mi caminar con el Señor. Mi deseo es estimular tu alma en la apreciación de la Majestad de Dios de tal modo que seas conmovido y constreñido por ella.

Conmovidos por la Presencia de Dios

La primera vez que este pensamiento sacudió mi vida fue cuando era un joven de 20 años. Meditando en mi cuarto sobre un librito escrito por R. Baxter (1615 – 1691), llamado orientaciones para odiar el pecado, aprendí lo siguiente:

Esfuércese tanto por conocer a Dios como para ser conmovido por sus atributos. Viva siempre delante de Él. Nadie puede conocer el pecado de manera perfecta porque nadie puede conocer a Dios perfectamente. Usted no puede conocer el pecado más de lo que conoce a Dios, contra quien usted peca; la maldad formal del pecado es relativa, pues es contra la voluntad y los atributos de Dios […] Nada en el mundo entero nos mostrará de manera tan simple y poderosa la maldad del pecado, tanto como el conocimiento de la grandeza, bondad, sabiduría, santidad, autoridad, justicia, verdad y etc., de Dios. Por tanto, el sentir Su presencia hará que también sintamos la maldad del pecado.

Quiero remarcar la palabra «conmover». Cuando la entendemos, nos desprendemos de un acercamiento intelectual o religioso hacia las perfecciones divinas. Un alma conmovida por la Majestad de Dios es mucho más que una mente informada o un corazón caliente. Es la sensación real de la presencia de Dios que enmarca y determina los pensamientos, afectos y acciones de una persona, llevándola hacia la sanidad. Cuando las perfecciones de Dios nos conmueven experimentamos cierta sensibilidad ante Su presencia, sentimos cierta afección por Su persona, nuestros pensamientos se sienten impresionados por sus atributos, nuestros corazones apasionados por Su gloria y nuestras voluntades dirigidas hacia Su voluntad. 

Lo contrario a esto es un corazón endurecido a la Majestad divina. Esto se aprecia en la persona que permanece inmutable ante la santidad, bondad, amor y justicia divina. Un alma que conoce las perfecciones de Dios pero no tiembla ante la maldad del pecado, ni llora por la corrupción que lleva dentro, ni se agita por sus deseos viciosos. Ese es alguien que no ha sido conmovido por Su presencia.

La maldad del pecado se mide en proporción al valor de la persona contra quien pecamos. La gravedad y pecaminosidad del pecado se determina por la Majestad de Dios. Por lo cual, el primer efecto del temor a Dios es alejarnos del pecado tanto como nos sea posible. En mente, corazón y alma. Luego nos impulsa hacia el amor a Dios y la pureza de vida.

Conscientes de la presencia de Dios

Años más  tarde, viajando en ómnibus rumbo a unas vacaciones de verano, estaba leyendo un librito del inglés J. C Ryle (1816 – 1900) y me topé con la siguiente exhortación:

Vive sabiendo que estás a la vista de Dios. Esto es lo que Abraham hizo, caminó delante de Él. Esto es lo que Enoc hizo, caminó con Él. Esto es lo que será en el cielo, la eterna presencia de Dios. No hagas nada que no quieras que vea Dios. No digas nada que no quieras que oiga Dios. No escribas nada que no quieras que Dios lea. No vayas a ningún lado donde no te gustaría que Dios te encontrara. No leas ningún libro [o no abras ningún sitio web] que no te gustaría que Dios te dijera: “Muéstramelo.” Nunca pases tu tiempo de tal manera que no te gustaría que Dios te preguntará: “¿Qué estás haciendo? ”

En otras palabras ¡Dios te ve! Él es Omnipresente. Su presencia santa te acompaña a todos lados. Entonces, el verdadero temor a Dios está en despertar a esta realidad. Ser siervos de Su presencia. Procurar agradar a Su ojo, deleitar Su corazón, escoger Su voluntad y obedecer Su Palabra en todo.

El hombre moderno es disuadido a medir sus conversaciones cuando alguien lo graba o sus emociones cuando alguien lo filma. Las personas refrenan sus acciones ante la cámara. Por eso, los engaños más escandalosos salen a la luz cuando alguien realiza una cámara oculta a individuos fraudulentos. Pero, por otro lado, un alma consciente de Su presencia practica la integridad de corazón a toda hora. Porque no estamos bajo una lente de vidrio sino bajo el escudriño del Espíritu de Dios.

“Oh Dios de mi vida, Luz de mi alma, Rey de mi corazón. Tú lo sabes todo, nuestros corazones están desnudos ante Ti. Conoces mi levantarme y mi sentarme. Sabes lo que estoy por decir aún antes que lo diga. Cuando salgo o cuando vuelvo, siempre estoy delate de Tu rostro. Señor, si tomases el cielo como una pantalla y proyectases inmisericorde todos mis pensamientos, si exhibieses cada palabra que sale de mis labios y si dieses forma a cada afecto de mi corazón ¡Ah! Entonces huiría  avergonzado, reconociendo que no soy un hombre de Tu presencia. Por tanto, te ruego, hazme vivo, despierto, consciente de Tu majestuosa presencia dentro de mí, fuera de mí y alrededor de mí. Sosténgame Tu gracia a cada instante. Conmueve mi alma con Tu belleza inigualable, Tu santidad impresionante, Tu gozo inextinguible y Tu sabiduría incomparable; hasta que llegues a ser el Tesoro de mi corazón, mi sumo bien, mi gozo soberano. Amén”.

Constreñidos por la Presencia de Dios

Tiempo más adelante en este peregrinaje mi alma fue impactada por un antiguo libro llamado la mortificación del pecado, escrito por el teólogo J. Owen (1616 – 1683). En las repetidas ocasiones que leí ese libro subrayé el siguiente párrafo:

Cuando el único motivo de mortificar el pecado es el temor de las consecuencias, este es un síntoma muy peligroso de una condición espiritual no saludable. Existen motivos cristianos correctos para mortificar el pecado. Por ejemplo, José razonó: “¿Cómo entonces iba yo a hacer esta gran maldad y pecar contra Dios?” (Gn. 39:9) Fue el amor por un Dios de gracia y bondad lo que motivó a José. En forma semejante el apóstol razona, “el amor de Cristo nos constriñe.” (2 Cor. 5:14 RV60) .Cuando un hombre es motivado a oponerse al pecado simplemente por el temor de la vergüenza ante los hombres, o el castigo del infierno es una señal segura de que su corazón está lejos de tener una condición saludable.

Este es el punto en que nuestro pensamiento avanza de la teoría a la praxis. La palabra “constreñir” se puede entender como apremiar. El amor de Cristo, es decir, lo que Cristo hizo por nosotros al dejar Su gloria, vestirse en caerse y sangre, pisar la tierra, morir crucificado en nuestro lugar y resucitar al tercer día para ascender a la diestra del Padre, impele e impulsa al cristiano. El amor divino conmueve nuestras almas al punto de llevarnos a dejar de vivir para nosotros mismos, comenzando a vivir para aquel que murió y resucitó por nosotros. Un corazón constreñido por Su presencia se verá  poseído por una fuerza extraña que se despierta a través de la contemplación de la gloria de Dios.

Algunos verán a cristianos así y dirán que están rayando al borde de la locura, otros opinarán que han caído presa del fanatismo. Pero la realidad es que han muerto a sí mismos ya que la presencia de Cristo los ha capturado con Su amor, y sus almas son esclavas de una sensación deleitosa de la comunión con Él.

Practicando la Presencia de Dios

Por último, hace pocos años, estábamos vacacionado con mi esposa y reflexionamos en las conocidas cartas del hermano Lorenzo (1610 – 1691). Sumergidos en las verdades de ese libro comprendí muchas cosas valiosas para mi vida. Por ejemplo:

Deberíamos afirmar nuestra vida en la realidad de la Presencia de Dios, conversando continuamente con Él […] Deberíamos alimentar y nutrir nuestra alma, llenándola con pensamientos enaltecidos acerca de Dios […] Resolvamos hacer del amor de Dios el fin de todas nuestras acciones.

El hermano Lorenzo estaba contento cuando podía levantar una pajita del suelo por amor a Dios, buscándole sólo a Él, y nada más que a Él […] Encontró que el camino más corto para ir directo a Dios era ejercitando de continuo el amor y haciendo todas las cosas por amor a Él […] Nuestro único deber es amar a Dios y deleitarnos en Él […] Como resultado de todo eso, solo deseaba una cosa: no ofender a Dios.

El hermano Lorenzo decía que todo consiste en una renuncia de corazón a todas las cosas a las que nos impiden llegar a Dios. Podemos acostumbrarnos a conversar con Él de continuo, con libertad y simplicidad. Para dirigirnos a Él a cada momento, sólo necesitamos reconocer íntimamente que Dios está presente con nosotros, y que podemos pedir Su ayuda para conocer Su voluntad en cosas dudosas y para hacer de manera correcta aquellas cosas que entendemos que Él requiere de nosotros.

Cuando no tenemos otro propósito en la vida excepto el de agradarle, Dios siempre nos da luz en nuestras dudas.

El método más excelente que había encontrado el hermano Lorenzo para ir a Dios era el de hacer las cosas más comunes sin tratar de agradar a los hombres sino todo por amor a Dios.

La piedra de toque aquí es practicar todo lo aprendido sobre la presencia de Dios. Estas conversaciones demuestran que estar conmovidos, conscientes y constreñidos por la presencia de Dios es un estilo de vida. Su presencia afectará al cristiano en su devoción, como cónyuge, padre, empleado, miembro, pastor, abogado, director, en el manejo del tiempo, el dinero, la tecnología, etc.

Los medios que nos ayudan a practicar la presencia divina en nuestra vida son:

  • La meditación en sus perfecciones.
  • El disfrute de Su comunión.
  • La oración constante que descansa en Él y pide Su ayuda.
  • La dependencia de Su gracia.
  • La búsqueda sincera de la santidad.
  • La muerte a uno mismo.
  • Un corazón humilde.
  • El ojo de fe.
  • Una mano generosa.
  • El servir a nuestros semejantes con amor sacrificial. 
  • Ver a cada ser humano como un reflejo de la imagen de Dios.
  • Ver cada cosa que hagamos (por más pequeña o insignificante que nos parezca) como una plataforma para glorificar y agradar a Dios. 

Este estilo de vida indudablemente implica rendirnos por completo a Dios y entregarnos de manera absoluta a sus propósitos.

Reconociendo la presencia de Dios

Para finalizar este artículo me resta decir que tengo mucho que aprender sobre la práctica de la presencia divina en mí vida. Sin embargo, no puedo ser ajeno a las realidades eternas que definen mi existencia. 

La Escritura dice de nuestro Dios: “Tú eres un Dios que ve” (Gn. 16:13). David oró: “¿Adónde me iré de tu Espíritu, o adónde huiré de tu presencia?” (Sal. 139:7). Salomón  escribió: “Pues los caminos del hombre están delante de los ojos del Señor, y Él observa todos sus senderos.” (Pro. 5:21) y de nuevo: “En todo lugar están los ojos del SEÑOR, observando a los malos y a los buenos.” (Pro. 15:3). El profeta Elías solía anunciar: “Vive el SEÑOR, Dios de Israel, delante de quien estoy” (1 Ry. 17:1). Jesus  declaró: “Yo siempre hago lo que le agrada” (Jn 8:29). Pablo dijo: “delante de Dios hablamos” (2 Cor. 2:17) y otra vez: “ambicionamos serle agradables” (2 Cor. 5:9). Y, como si fuese poco, Dios mismo hace de Su presencia el argumento más poderoso para alejarnos del mal y movernos a practicar la piedad: “No tendrás otros dioses delante de mí [rostro].” (Éx. 20:3 corchetes añadidos).

Amado lector, que la presencia de Dios santifique tu vida: “Sed firmes y valientes, no temáis ni os aterroricéis ante ellos, porque el Señor  tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará.” (Dt 31:6).