Había una vez, en un mundo sin automóviles ni pantallas, personas que no tenían otra opción que vivir donde vivían.

Si su hogar estaba en la parte noreste de la ciudad, trabajaban y adoraban en el noreste de la ciudad. Conocían a docenas de vecinos por sus nombres, porque, bueno, los nombraban muy seguido. El entretenimiento era un asunto familiar o comunitario: Una conversación alrededor de la mesa, juegos con los hijos de los vecinos, festivales en el parque. Bastante a menudo iban hasta los límites del campo, aún si su sustento no dependía de ello. Sabían dónde se bifurcaba el río, y qué tipo de arce se encontraba en el jardín.

El diario ofrecía la puerta más cercana al resto del mundo, y aún así las noticias se moldeaban en casa. Llegaba enrollado en las puertas, el nombre de la ciudad impreso en la parte de arriba, con historias locales que llenaban sus páginas. Para ellos, “las noticias” mayormente ocurrían en el lugar donde vivían, entre las personas que conocían.

Un viejo proverbio lo expresa extraordinariamente: “La cabra debe buscar por donde se encuentra sujeta”. Los humanos en el pasado, viéndose atados al lugar y a las personas locales, vivían y reían y amaban allí. Ellos pasaban sus setenta u ochenta años dentro de límites que nos parecerían a nosotros tan limitados… tenían que; la cabra debe buscar por donde se encuentra sujeta.

Hoy, sin embargo, muchos pueden responder: “No si la cabra tiene un smartphone”.

Extraños en casa

La imagen de arriba no está allí para verse nostálgica. El pecado, el dolor y la alienación envolvieron el mundo antes de envolver la dimensión digital.  Pero aún hay preguntas como: “¿Cómo llegamos al punto de conocer mejor a nuestros contactos de las redes sociales que a nuestros vecinos de al lado? ¿Por qué a menudo estamos más informados acerca de lo ocurrido en el Capitolio que en nuestra iglesia o comunidad? ¿Y cuáles son las consecuencias de buscar (o vivir) donde no estamos sujetos?

En su novela “Jayber Crow”, el narrador de Wendell Berry describe el efecto que tuvo la autopista en los pueblos rurales de mitad del siglo XX: “El corte interestatal en las granjas dividía a cada vecino. Hacía distante lo que alguna vez fue cercano, y cercano lo que alguna vez había sido distante” (281). La autopista informacional ha hecho algo similar: invisiblemente, ha cementado cuatro senderos entre vecinos, y hasta entre miembros familiares. Ha hecho cercanos los lugares alejados, y lejanos los cercanos.

Usado correctamente, el conocimiento de personas y lugares ajenos puede ser útil; las noticias de otros lugares pueden ayudarnos a vivir más sabiamente aquí. Pero también puede convertirnos en tontos: “En presencia del que tiene entendimiento está la sabiduría,” dice Salomón, “pero los ojos del necio están en los extremos de la tierra” (Pro. 17:24). Muchos de nosotros ponemos nuestros ojos en los extremos de la tierra, y perdemos ese pequeño lugar llamado aquí. Como un hombre que confunde binoculares con lentes, nosotros a menudo sabemos más acerca de asuntos lejanos que acerca de las necesidades, luchas, alegrías y dolores de las personas comunes a nuestro alrededor.

Fácilmente, tal vez sin darnos cuenta, las pantallas nos exilian. Estando en línea en casa, nos convertimos en extraños.

Multilugar

Podemos llamar nuestro intento de vivir aquí y allá “multilugar”, un primo del famoso mito de la “multitarea”. Multitarea, ahora sabemos, es sólo un nombre inteligente para una ilusión común. Nunca hacemos dos tareas al mismo tiempo, sino que cambiamos de una a otra, perdiendo, tanto concentración como productividad, en el proceso. Tratando de manejar dos tareas simultáneamente, no actuamos tan bien como podríamos.

Entonces, con multilugar… así como no podemos concentrarnos en dos tareas a la vez, no podemos vivir en dos lugares a la vez. El tiempo y la atención que prestamos no aportan en nada. Cuanto más tiempo pasamos con amigos lejanos, menos tiempo pasamos con vecinos cercanos. Cuanta más atención damos a las noticias nacionales o internacionales, menos atención le damos a las noticias locales. Cuanto más ponemos nuestros ojos en los extremos de la tierra, menos atención prestamos a nuestras esposas, hijos e iglesia local.

El mundo digital puede engañarnos y hacernos pensar que podemos separar estos angostos parámetros. Pero al tratar de vivir tanto aquí como allá, dando nuestra mejor atención a lugares distantes mientras desolamos un lugar local, terminamos no viviendo en ningún lugar bien.

Todos conocemos el sentimiento de estar con alguien que parece tener su teléfono pegado a su mano. A cada minuto, sus ojos se desvían hacia abajo, su pulgar se desliza, su risa y sus reacciones se ponen en piloto. Su mente está aquí, su mente allá; ¿Pero dónde está él? En ningún lugar.

Dos lugares al mismo tiempo

Hasta ahora, hemos lidiado con realidades de la creación. En el principio, Dios había “determinado sus tiempos señalados y los límites de (nuestra) habitación” (Hch 17:26). Él nos puso entre personas locales, y decidió que debíamos vivir y movernos aquí, y no allá. Él es dueño de nuestro destino (Sal. 16:5).

Aprendemos la misma lección de la redención, aunque, en cierta manera, los redimidos si viven en dos lugares simultáneamente. Pablo saluda a los cristianos filipenses: “A todos los santos en Cristo Jesús que están en Filipos…” (Fil. 1:1). Como todos los cristianos, los Filipenses habían sido resucitados y sentados con Cristo: “y con Él nos resucitó, y con Él nos sentó…” (Ef. 2:6). Ellos vivían “en Cristo”.

Aún así, ellos también vivían “en Filipos”. Su vida en Cristo no los quitaba de su ciudad, sino que los llevaba a ella: estaban alerta a sus peligros (Fil. 3:2), despiertos para sus vecinos (Fil. 4:5), vivos para disfrutar los placeres que Dios les daba (Fil. 4:8), y especialmente, conscientes de sus hermanos adoradores de Cristo (Fil. 2:1-2).

En otras palabras, la vida espiritual allí formaba y animaba la vida física aquí. Su identidad en Cristo tomaba forma en las calles y tiendas, casas y pasillos, rutas y senderos de Filipos. En la creación, Dios determinó que Filipos sería su lugar de residencia; en la redención, Él llenó Filipos con imágenes locales vivientes de Su Hijo. Vivir donde ellos estaban, entonces, era una cuestión no sólo de necesidad creacional, sino de misión redentora.

Los humanos redimidos viven no solo en Cristo, sino en Cristo en Chicago, Glasgow, Nairobi, San Petersburgo, Seúl… La redención, como la creación, ocurre aquí.

Hijos y poetas

G.K. Chesterton, escribiendo justo después de la invención del auto, y justo antes de la aparición de la pantalla, observó:

Es inspirador, sin duda, zumbar en un motor de auto alrededor de la tierra; sentir Arabia como un tumulto de arena, o China como veloces campos de cultivo de arroz pasar. Pero Arabia no es un tumulto de arena, ni China veloces campos de arroz. Son civilizaciones antiguas con virtudes extrañas, enterradas como tesoros. Si deseamos entenderlas, no debe ser como turistas o curiosos; debe ser con la lealtad de los niños y la gran paciencia de los poetas. (“Heretics” -herejes-, 51-52).

Hoy en día, por supuesto, zumbamos en nuestros autos no sólo más allá de lugares extranjeros, sino de lugares locales en nuestras pantallas. Pero si deseamos comenzar a vivir donde estamos -entender, y no sólo habitar nuestras casas- también necesitaremos de la lealtad de los niños y la gran paciencia de los poetas.

Los niños son leales instintivamente: Papá no necesita ser increíble; sólo necesita ser su papá. Los poetas son incansablemente atentos: ven maravillas en lo ordinario. La mayoría de nosotros, por supuesto, no somos ya niños, ni somos poetas todavía. Pero con la ayuda de Dios podemos comenzar a cultivar la misma presencia leal y atenta hacia las personas y lugares comunes alrededor nuestro.

Y si lo hacemos, podremos descubrir cuán salvaje y maravilloso es aquí.

Dónde están las maravillas

“¡Cuán numerosas son tus obras, oh Señor!” (Sal. 104:24), canta uno de los poetas de la Escritura más aniñado, milenios antes de los autos o trenes, o aviones o pantallas que pudieran mostrarle la altura y profundidad de esas obras. ¿Dónde estaba mirando entonces? ¿Qué inspiró esa alabanza? Las nubes, el polvo, las colinas y los ríos, los animales y las imágenes vivientes del lugar que llamaba hogar.

El mundo del salmista fue, en un sentido, más pequeño que el nuestro; en otro sentido más importante, era mucho más grande. Viviendo como un humano limitado, bendecidamente confinado a un tiempo y espacio, él veía mucho más que muchos de nosotros. ¿Quién tiene ojos para ver las maravillas del salmo 104? Nosotros hablamos con las cabezas gachas -encorvadas por el smartphone- recorriendo el mundo en nuestros aparatos mientras pisoteamos flores en casa.

Vivir donde estamos hace al mundo grande de nuevo. Nos despierta para ver las maravillas de todos los días en nuestras casas, barrios e iglesias. Nos recuerda que las cuestiones más apasionantes y urgentes no ocurren en las pantallas, sino en los éxitos y luchas de los hermanos y hermanas comunes y corrientes en nuestro pequeño grupo. Nos libera para finalmente explorar la galaxia de glorias que se encuentra aquí, en este pequeño marco de la creación de Dios, donde los cielos declaran Su gloria, la creación canta Su alabanza, y las almas inmortales viven y caminan, ríen y lloran.

Entonces, vive donde estás: no porque el hogar sea el lugar más importante de la tierra, sino porque Dios te puso allí. Y para aquellos con ojos para ver, está lleno de Sus obras maravillosas.