Crecí en la época de la Guerra Fría. Desde muy joven me enseñaron que Occidente era el bastión de la libertad democrática y la Unión Soviética el baluarte del totalitarismo opresivo. Sabíamos quién era el enemigo, y sabíamos que estaba al otro lado del océano, detrás del Muro. En nuestra nevera había un afiche lleno de nombres y rostros de cristianos rusos que habían caído en desgracia con ese régimen y habían sido encarcelados. Cada día, orábamos por uno de estos extraños, uno de estos hermanos. El hecho de que necesitaran nuestras oraciones reafirmó la bendición de vivir en un país donde disfrutábamos de los viejos ideales liberales como la libertad de expresión y los derechos del individuo. Esto reafirmó que no todos los hombres de todas las naciones eran tan bendecidos.

A menudo, me he preguntado qué habrá sido de esos cristianos. ¿Cómo les fue en sus cárceles? ¿Qué tanto sufrieron? ¿Cómo sobrevivieron sus familias en su ausencia? Y hoy me pregunto: Al mirar ellos hacia nosotros desde el otro lado del Atlántico, ¿qué nos dirían? Con todos los cambios recientes en la sociedad occidental, ¿qué consejo podrían ofrecernos? ¿Cómo podrían sus experiencias pasadas influir en nuestro presente y futuro? Rod Dreher también se lo ha preguntado. Alarmado por lo que considera un número creciente de similitudes entre el Estados Unidos moderno y el comunismo estilo soviético, realizó una serie de entrevistas con personas que vivieron bajo tales regímenes. Las respuestas a sus preguntas dieron origen a un nuevo libro, No vivas de las mentiras: Un manual para disidentes cristianos, y en este, quiere demostrar que la democracia liberal se ha descompuesto hasta convertirse en algo que empieza a parecerse al totalitarismo de la era de la Guerra Fría y sugiere cómo los cristianos pueden responder y vivir con integridad.

El totalitarismo emergente

Dreher cree que Estados Unidos ha entrado en una condición pretotalitaria en la que puede que no haga falta mucho para que una forma completa de totalitarismo se imponga en la nación. Es improbable que se trate del conocido totalitarismo “duro” de la antigua Unión Soviética que dependía de la revolución armada, el control gubernamental y los lejanos gulags, sino de una forma “blanda” que adoptará una apariencia de dulzura y preocupación por los marginados. El cumplimiento de sus ideales no será impuesto por el Estado o un hombre fuerte dictatorial, sino por el pequeño grupo de élites que forman las opiniones públicas y por las grandes corporaciones cuyas tecnologías están profundamente arraigadas en nuestras vidas. No será meramente autoritario, monopolizando el control político, sino totalmente totalitario, exigiendo la conformidad de cada aspecto de la sociedad a su ideología de control.

Este totalitarismo blando se basa en una ideología que ha dejado de lado los ideales del liberalismo clásico en favor de un nuevo credo progresista. Este credo, a menudo conocido como “justicia social”, disminuye la identidad individual a favor de las identidades de grupo basadas en el género, la raza, la sexualidad, etc. Entiende que los grupos de identidad están en constante conflicto entre sí, y cree que la justicia implica tomar el poder de los grupos opresores y dárselo a los oprimidos. Esto es clave para iniciar la tan esperada utopía. Este credo, que se extendió primero desde las mentes de los filósofos a los salones de la academia, ha llegado recientemente a su punto de inflexión y está reclamando rápidamente el dominio dentro de Estados Unidos. En una sociedad cada vez más secularizada, satisface la necesidad de la humanidad de tener un significado y un propósito. El hecho de que dependa totalmente de la mentira -la negación absoluta de lo que vemos y sabemos que es verdad (alegando que los hombres pueden tener períodos, celebrando como “diversidad” lo que excluye a las personas de ideologías discrepantes)- no ha impedido que adquiera una enorme prominencia y popularidad.

Si está surgiendo una nueva forma de totalitarismo, ¿podríamos identificar su enfoque estudiando los regímenes pasados? Basándose en la obra de Hannah Arendt, Dreher muestra que muchos de los factores que prepararon a Rusia y Alemania para sus regímenes totalitarios del siglo XX parecen estar presentes en la América del siglo XXI: una soledad y una atomización social generalizadas; una fe declinante en las jerarquías e instituciones; un deseo creciente de transgredir y destruir; una propaganda ubicua y la disposición a creer en mentiras útiles; una manía por la ideología; y una sociedad que valora la lealtad más que la experiencia. Hay otra similitud: Así como los intelectuales han sido los revolucionarios, en nuestros días tienden a ser las élites de clase media, formadas en la universidad, las que están a la vanguardia del pensamiento, la comunicación y la defensa de la justicia social. “La experiencia totalitaria del siglo XX muestra cómo una minoría determinada y hábil puede llegar a gobernar sobre una mayoría indiferente y desinteresada”. Hay pocas razones para que no sea así hoy en día. La diferencia es que mientras que en el comunismo el objetivo era apoderarse de los medios de producción económica, hoy en día es apoderarse de los medios de producción cultural, para poseer las ideas antes que los dólares. Y en esta área, los defensores de la justicia social ya han hecho grandes avances.

Dreher cree que hay dos factores que jugarán un papel especialmente importante en el auge y el dominio del totalitarismo blando: el mito del progreso que subyace a la ideología de la justicia social, y el auge del capitalismo de vigilancia.

El mito del progreso enseña que el presente es necesariamente superior al pasado y que el futuro será inevitablemente mejor aún, un tiempo en el que habrá una igualdad total, definida no por la igualdad de oportunidades, sino por la igualdad de resultados. “Este mito es una poderosa herramienta en las manos de los aspirantes a totalitaristas. Proporciona una fuente trascendente de legitimidad para sus acciones y enmarca la oposición como retrógrada e ignorante”. Estar en “el lado correcto de la historia” exige ceder a la ideología, ya que unirse es trabajar por un futuro mejor mientras que resistir es permanecer atrapado en un pasado opresivo. ¿Y no son injustos aquellos que se oponen a un futuro mejor y más equitativo? ¿Y no deberían los injustos ser marginados o incluso eliminados? Así es como los regímenes totalitarios justifican las acciones que fomentan su control. Y de esta manera la justicia social se convierte rápidamente en algo más que una ideología: una religión alternativa que, para tener éxito, debe acabar con su competidor cristiano. “El viejo y duro totalitarismo tenía una visión del mundo que requería la erradicación del cristianismo. El nuevo totalitarismo blando también, y no estamos equipados para resistir su ataque más furtivo”.

“Capitalismo de vigilancia” se refiere a las grandes empresas que acumulan datos personales como su principal estrategia de ventas y marketing. Hoy en día, nos complace intercambiar grandes cantidades de datos por entretenimiento y conveniencia, pero se los damos a empresas que se están “despertando” cada vez más y están empezando a fomentar las ideologías de justicia social. “El Gran Hermano está sentando las bases para un totalitarismo blando, tanto en términos de crear e implementar la tecnología para el control político y social, como al preparar a la población para aceptarlo como normal”. No solo eso, sino que la Alta Tecnología no solo detecta lo que nos gusta y nos da más, sino que también intenta dar forma a lo que nos gusta, a lo que pensamos, a lo que creemos. Lo hace en gran medida según los principios de la justicia social. Si llega y cuando llegue el totalitarismo, la infraestructura de vigilancia ya estará en marcha y ya habremos llegado a depender de ella.

La pregunta es, entonces, ¿podría esto ocurrir realmente en Estados Unidos (y, por extensión, en otras naciones occidentales)? ¿Está Dreher siendo pesimista, alarmista, un catastrofista? Eso lo decidirán los lectores cuando evalúen sus afirmaciones. Pero en cuanto a mí, creo que él tiene un argumento convincente. Y aunque tiene claro que el totalitarismo aún no es inevitable, advierte que “como los rusos imperiales, nosotros los estadounidenses podemos estar viviendo en una niebla de autoengaño sobre la estabilidad de nuestro propio país” y “es muy difícil para los americanos que nunca han vivido este tipo de niebla ideológica reconocer lo que está pasando”. Como dicen: “estar prevenido es estar preparado”.

La creciente resistencia

La segunda mitad del libro explica los métodos, formas y fuentes de resistencia que evitarán que los cristianos se rindan y se comprometan. Debido a que los regímenes totalitarios dependen de un sinfín de mentiras, tanto para su construcción como para su continuidad, la mayor resistencia es simplemente creer en lo que es verdad y decir lo que es verdad, o al menos negarse a decir lo que sabemos que no es verdad. Debemos, en palabras de Aleksandr Solzhenitsyn, no vivir de mentiras. “Hoy nos toca a nosotros aceptar este desafío”, dice Dreher, “de no vivir en la mentira y decir la verdad que derrota al mal. ¿Cómo hacemos esto en una sociedad construida sobre mentiras? Aceptando una vida fuera de la corriente principal, defendiendo valientemente la verdad y estando dispuestos a soportar las consecuencias. Estos desafíos son desalentadores, pero somos bendecidos con ejemplos de santos que han actuado así en el pasado”.

Y aquí, en este asunto de los que han actuado en el pasado, debo señalar que Dreher es mucho más ecuménico que yo. Sus “santos” abarcan las tradiciones católica romana, ortodoxa rusa y protestante, todas ellas con interpretaciones muy diferentes e incluso contradictorias del mensaje central de la fe cristiana, el Evangelio de Jesucristo. Él ve más unidad entre las tradiciones de lo que yo puedo. Sin embargo, en su mayor parte, estas importantes distinciones en la doctrina tienen poco impacto en sus llamados a la acción, aunque, para ser justos, su teología ortodoxa a veces se manifiesta. Es en esta sección donde Dreher se basa en mayor medida en sus entrevistas con personas que sufrieron regímenes comunistas. Basándose en su sabiduría colectiva, anima a los cristianos a hacer lo siguiente:

  • No valores nada más que la verdad (“Tienes que vivir en un mundo de mentiras, pero es tu elección si ese mundo vive en ti”);
  • Cultiva la memoria cultural (“La memoria, histórica y de otro tipo, es un arma de autodefensa cultural. La historia no es solo lo que está escrito en los libros de texto. La historia está en las historias que nos contamos sobre quiénes fuimos y quiénes somos. La historia está incrustada en el lenguaje que usamos, las cosas que hacemos y los rituales que observamos. La historia es cultura”);
  • Priorizar la familia como células de resistencia (“En el totalitarismo blando que se avecina, los cristianos tendrán que considerar la vida familiar de una manera mucho más enfocada y seria. La familia cristiana tradicional no es solo una buena idea, sino también una estrategia de supervivencia para la fe en un tiempo de persecución. Los cristianos deben dejar de dar por sentada la vida familiar, en lugar de abordarla de una manera más reflexiva y disciplinada”);
  • Comprender que la religión es el cimiento de la resistencia (“Un credo que uno sostiene como declaración no de sus sentimientos subjetivos, sino como descripción de la realidad objetiva, es una posesión invaluable. Te dice cómo distinguir la verdad de las mentiras. Y para aquellos cuyo credo es el cristianismo, entonces frente al odio y la crueldad omnipresentes, la fe es la evidencia de que la verdadera verdad, la verdadera realidad, es el amor eterno de Dios”);
  • Permanecer en solidaridad (“Lo que nos dice la experiencia de la iglesia bajo el comunismo, y una lectura perspicaz de los signos de los tiempos hoy en día, es que todos los cristianos de cada iglesia deberían empezar a formar estas células [de grupos pequeños], no sólo para profundizar en la vida espiritual de sus miembros, sino para entrenarlos en la resistencia activa. Solo en la solidaridad con los demás podemos encontrar la fuerza espiritual y comunitaria para resistir”);
  • Aceptar el sufrimiento como un don (“Reconocer el valor del sufrimiento es redescubrir una enseñanza central del cristianismo histórico y ver claramente el camino de peregrinación recorrido por cada generación de cristianos desde los Doce Apóstoles. No hay nada más importante que esto al construir la resistencia cristiana al totalitarismo que se avecina”.)

Conclusión

Sea cual sea la verdad, esto está fuera de toda duda: La sociedad occidental en general, y Estados Unidos en particular, no es hoy lo que era hace unas décadas o incluso unos años atrás. Los principios del liberalismo clásico que construyó y sostuvo a las naciones occidentales se están reformulando lentamente como la causa del sufrimiento humano en lugar de la solución al mismo. La visión judeocristiana del mundo que dio origen a su moralidad se describe como la causa dominante de la pena, el sufrimiento y la opresión. Mientras tanto, los principios de justicia social, una forma renovada de marxismo, comienzan a ser considerados como una alternativa superior, y esto a pesar de un siglo en el que ninguna ideología causó más dolor o destruyó más vidas.

No vivas de las mentiras sirve a dos propósitos y, en mi evaluación, tiene éxito en ambos. Hace sonar la alarma, advirtiendo a la gente que despierte para ver que el enemigo ya se está acercando a las puertas. Y, en la eventualidad o incluso la probabilidad de que ya sea demasiado tarde para mantener a raya los ejércitos, transmite la sabiduría duramente ganada por aquellos que se han enfrentado y superado un enemigo totalitario muy similar. Puede que hayan sufrido a lo largo del camino, pero al menos mantuvieron su integridad. Y de manera similar, puede que no seamos capaces de derrocar el totalitarismo “ahí afuera”, pero al prestar atención a su consejo, y buscar en las Escrituras más cosas similares, podemos al menos derrocarlo “aquí dentro”, dentro de nosotros mismos. Podemos vivir con dignidad, sin lamentarnos. En una sociedad que se ahoga cada vez más en maquinaciones y falsedades, nosotros, entre todos los hombres, no debemos ni podemos vivir de mentiras.