“Ni se enciende una lámpara y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mat. 5:15-16).

Hemos notado una tendencia en las mujeres cristianas que nos tiene preocupadas: la admiración excesiva por mujeres mundanas exitosas, aunque sus valores son totalmente opuestos a los nuestros.   

Cada persona nacida, merece respeto por ser creada a la imagen de Dios independientemente de sus creencias; hay logros que deben ser reconocidos y hasta aplaudidos. Sin embargo, caminamos sobre una línea muy fina cuando estamos tomando decisiones a favor de ellas, decisiones que afectan el rumbo de nuestro país simplemente porque son mujeres o porque se parecen a nosotras físicamente. Esto demuestra la falta de una cosmovisión bíblica debido a una falta del entendimiento del carácter de Dios y Su Palabra, que es donde este carácter está demostrado. 

¿Cuáles son algunos de los atributos que quisiéramos ver en nuestras líderes? Para comenzar:  humildad, honestidad, sabiduría, reconocimiento de la santidad por la vida, dominio propio, y el deseo de trabajar para el bien de todos y no solamente por algunos grupos con intereses personales. 

Como cristianas debemos vivir de una manera digna de la vocación con que hemos sido llamadas (Ef. 4:1), no podemos parecernos al mundo porque siendo así, no seremos la sal y la luz de este.  Juan nos dice claramente en su primera carta 2:15: “No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él”.

El problema radica en que no se puede amar al mundo y a Dios al mismo tiempo, porque uno reemplaza al otro. Cristo lo dijo bien claro en Mateo 6:24, “Nadie puede servir a dos señores; porque o aborrecerá a uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro”. ¡Nuestros corazones engañosos nos hacen sentir que podemos amar a los dos, cuando la realidad es que mientras amamos al mundo estamos alejándonos poco a poco de nuestro Salvador! 

Si seguimos leyendo en 1 Juan 2, la razón por la cual eso ocurre se hace obvia en el versículo 16: “Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida no proviene del Padre, sino del mundo”. ¿Quién es el príncipe del mundo (Ef. 2:2)? ¿Quién ha cegado las mentes de aquellos que no creen en Cristo (2 Cor. 4:4)? Santiago fue aún más claro cuando nos dice: “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios? Por tanto, el que quiere ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios” (Stg. 4:4). 

Nosotras tenemos la morada del Espíritu Santo (1 Cor. 3:16) que nos guía en toda la verdad (Jn. 16:13); sin embargo, podemos apagar El Espíritu (1 Tes. 5:19) si no estamos caminando con Él.  Jesús nos enseñó diciendo: “aquél que me ama me obedece” (Jn. 14:21), luego entonces, obedecer a lo que el mundo cree, será obedecer a Satanás y no a Jesús. 

Los doce apóstoles cambiaron al mundo, ¿Apoyando a Cesar y sus oficiales o predicando y viviendo la verdad?  Si doce hombres llenos del Espíritu y viviendo la verdad cambiaron el mundo, ¿Cuánto más pudiéramos hacer nosotras hoy?  Si cada una de nosotras brillamos con la luz de Cristo, ¿Cómo serían nuestros pueblos? 

Oremos que seamos como Pablo en Efesios 6:19 y oremos: “para que me sea dada palabra al abrir mi boca, a fin de dar a conocer sin temor el misterio del evangelio”. Que Dios nos llene de sabiduría y valor, abriendo puertas para que Su Evangelio se expanda hasta el fin del mundo.

Bendiciones

Cathy.