Nota editorial: Este es el octavo artículo de la serie devocional titulada: Amor hasta el extremo del pastor John Piper, publicada también en inglés.

Los hombres que tenían a Jesús bajo custodia, se burlaban de Él y le golpeaban; y vendándole los ojos, le preguntaban, diciendo: Adivina, ¿quién es el que te ha golpeado? También decían muchas otras cosas contra Él, blasfemando. (Lucas 22:63-65)

Al leer estas terribles palabras, me encontré diciéndole a Jesús: “Lo siento. Lo siento, Jesús. Perdóname”. Me sentí como si yo fuera un participante de la escena, no como un simple espectador. Formaba parte de aquella pandilla tan fea y sabía que era tan culpable como ellos. Sentí que si la ira de Dios se derramaba sobre aquellos soldados y me arrastraba también a mí, se habría hecho justicia. Yo no estaba allí, pero su pecado era mi pecado. No habría sido injusto que yo cayera bajo su condena.

¿Te ha molestado en alguna ocasión que a veces en el Antiguo Testamento, cuando un hombre peca, muchos son arrastrados por el castigo que Dios trae? Por ejemplo, cuando David pecó haciendo un censo del pueblo (2 Samuel 24:10), “murieron del pueblo desde Dan hasta Beerseba 70.000 hombres (2 Samuel 24:15). En otro ejemplo, Acán se quedó con parte del botín de Jericó y toda su familia fue apedreada (Josué 7:25). Tal vez mi experiencia al leer Lucas 22 sea una pista de la justicia divina en esto.

El volcán de mi rebelión

Me vino a la mente una analogía. Los corazones de la humanidad son como un manto fundido bajo la superficie de toda la tierra. La lava fundida bajo la tierra es la maldad universal del corazón humano; la rebelión contra Dios y el egoísmo hacia las personas. Aquí y allá erupciona un volcán de rebelión que Dios considera oportuno juzgar inmediatamente. Puede hacerlo haciendo que la lava abrasadora y destructiva fluya no sólo por la montaña que hizo erupción, sino también por los valles que no entraron en erupción, pero que tienen la misma lava fundida del pecado bajo la superficie.

La razón por la que confieso el pecado de golpear a Jesús, aunque no estaba allí, es porque la misma lava de rebelión está en mi propio corazón. He visto lo suficiente como para saberlo. Así que aunque no estalle en una atrocidad tan volcánica como la crucifixión, sigo mereciendo el juicio. Si Dios hubiera elegido hacer llover la lava de su maldad sobre sus propias cabezas y parte de ella me consumiera incluso a mí, no podría culpar a la justicia de Dios.

Podemos preguntarnos por qué Dios elige juzgar inmediatamente algunos males y no otros. Y podemos preguntarnos cómo decide a quién barrer en el juicio. ¿Por qué setenta mil? ¿Por qué no cincuenta mil, o cien, o diez? ¿Por qué la mujer de Acán y no el vecino codicioso dos tiendas más allá? Dudo que las respuestas estén disponibles para nosotros ahora. Nos queda confiar en que estas decisiones provienen de una Sabiduría tan grande que puede discernir todos los efectos posibles en todos los tiempos, lugares y personas posibles. La amplitud de la lava de la rebelión y el juicio de una persona estarán únicamente en manos de Dios.

Y creo por Romanos 8:28 que, aunque la lava de la recompensa me alcance a distancia del volcán, hay misericordia en ella. No merezco escapar, pues conozco mi propio corazón. Pero confío en Cristo, y por eso sé que el juicio se convertirá en alegría. Aunque me mate, confiaré en Él. Porque la muerte de sus santos es preciosa a los ojos del Señor.