No estén unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad? ¿O qué comunión la luz con las tinieblas?

2 Corintios 6:14

Hoy en día hay un vacío de enseñanza seria acerca de la santidad en la vida. Por supuesto, hay una enseñanza general sobre la santidad en la que todos están de acuerdo. “Seamos santos”, dicen, “necesitamos ser más santos. ¿Por qué no tener una conferencia sobre la santidad?” Pero cuando especificas lo que eso significa, todo se desborda.

“Busquen la paz con todos”, el autor de Hebreos nos dice, “y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Heb 12:14). ¿Alguien cree esto? Un pastor dice, “Lo que pasa es que a menudo me culpan por enseñar una religión de ‘obras’”. Y esto nos lleva de regreso al principio de la regeneración y la providencia de Dios. Si Dios en verdad convierte a un hombre, Él continuará obrando en ese hombre, a través de la enseñanza, la bendición, la amonestación y la disciplina. Él se asegurará que la obra que ha iniciado sea terminada. Y por eso el autor dice que, sin santidad, “nadie verá al Señor”. ¿Por qué? Porque si no hay un crecimiento en santidad, entonces Dios no está obrando en tu vida. ¡Y si Él no está obrando en tu vida, es porque no eres Su hijo!

Mira la diferencia entre Jacob y Esaú. “A Jacob amé… a Esaú aborrecí” (Ro 9:13). Sin embargo, Dios cumplió todas Sus promesas a ambos. Jacob fue bendecido; Esaú fue bendecido. ¿Cómo demostró Dios Su juicio e ira contra Esaú y Su amor hacia Jacob? Primero, dejó que ambos anduvieran con libertad, pero no hubo obra de disciplina con Esaú, ninguna obra de corrección piadosa, nada. ¡Esta fue la ira de Dios sobre él! En cambio, Dios disciplinó severamente a Jacob, casi todos los días de su vida. ¡Este fue el amor de Dios sobre él! Le dio su disciplina amorosa, y su corrección para llevarlo a la santidad. Y funciona igual para todos los verdaderos creyentes hoy.

Además, el Señor dice a través de Pablo:

Por tanto, hermanos, les ruego por las misericordias de Dios que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes. Y no se adapten a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno y aceptable y perfecto. (Ro 12:1-2)

¿Por qué dice “presenten sus cuerpos”? Creo que la razón es para evitar toda la “súper espiritualización” de hoy. Dices: “Le he entregado mi corazón a Jesús y no puedes juzgar un libro por su portada. No puedes juzgar mi condición interior por mis obras exteriores”. Pero, en realidad, sí se puede juzgar un libro por su portada. Jesús nunca dijo que no puedes juzgar la condición interior de un hombre por sus obras exteriores. Él específicamente dijo que: “por el fruto se conoce el árbol” (Mt 12:33).

Si crees que le has entregado tu corazón a Cristo, entonces Él tendrá tu cuerpo también. Y te diré por qué. El corazón, mi amigo, no es solo un músculo que bombea sangre o un producto de la imaginación de un poeta. En la Biblia, el lenguaje de “el corazón” se refiere a la esencia misma o el centro de tu ser. No me digas que Jesús tiene la esencia misma o el centro de tu ser y que eso no afecta a todo tu cuerpo y tu vida. ¡Simplemente no sucede así!

Necesitamos ir a las Escrituras sin ser legalistas y sin sacar conclusiones, sino más bien manteniéndonos firmes en sus claros mandamientos. ¿Mandamientos acerca de qué? ¿Qué tipo de mandamientos nos guían?

No estoy de acuerdo con todo lo que decían los puritanos, pero amo a los puritanos. Una de las razones por las cuales los amo es porque creo que honestamente hicieron un intento por poner todo en sus vidas bajo el señorío de Jesucristo. Todo, ¡así como sus mentes! Escribieron libros de ochocientas páginas sobre lo que deberíamos pensar de acuerdo con las Escrituras y lo que no debería entrar en nuestras mentes de acuerdo con las Escrituras. Escribieron sobre lo que deberíamos hacer con nuestros ojos. Escribieron acerca de lo que debería entrar en nuestros oídos y lo que no debería entrar en nuestros oídos. Enseñaron acerca de cómo se debe gobernar la lengua. Hablaron acerca de toda la dirección de nuestra vida y sus detalles.

Puede que te asuste, pero la Biblia también habla de cómo debemos vestirnos. Quiero ser cuidadoso aquí, y no quiero especular. Mi esposa lo dice de esta forma: “Si tu ropa es un marco para tu rostro en el cual la gloria de Cristo se refleja, entonces viene de Dios. Pero si tu ropa es un marco para tu cuerpo, es sensual, y Dios la odia”. La naturaleza de Dios guía nuestras decisiones en cada detalle de nuestra conducta.

El objetivo de este pequeño libro no es abordar todo lo que tiene que ver con nuestra santidad. Sabemos que la santidad no es solo una expresión exterior. Sin embargo, hemos llegado a ser personas que utilizan la obra interior del Espíritu como excusa para decir que no tiene que pasar nada en lo exterior. ¡Eso no es verdad! Puedes clamar que el Espíritu de Dios te llene y obre en ti, pero necesitas solo media hora de televisión para entristecerlo tanto que estará a kilómetros de ti. Si el agua que voy a beber es 99 por ciento pura y solo 1 por ciento agua residual, ¡entonces no la bebo!

En un momento de mi vida me encontraba en una lucha, y un amigo mío se lo hizo saber a Leonard Ravenhill en una conversación. Cuando escuchó de la situación por medio de mi amigo, me envió un tratado. Todavía tengo ese tratado. Nunca lo dejaré. Decía: “Otros pueden; tú no”. Puede que no esté de acuerdo con todo lo que dice, pero esto sé: hay lugares a los que no voy, hay situaciones a las que no me someto, no porque sea más santo que otras personas, ¡sino porque sé lo que soy!

Tal vez conozcas la historia de uno de los mejores violinistas de Europa, tocando su último concierto cuando era anciano. Cuando terminó, un joven, también violinista, se le acercó y le dijo: “Señor, daría mi vida por tocar como usted”. Y el anciano le dijo: “Hijo, he dado mi vida por tocar como yo”.

Dices: “Quiero el poder de Dios sobre mi vida”. ¿En verdad lo quieres? Entonces debes dejar ir algo. “Quiero conocerlo”, dices. ¡Entonces tiene que ocurrir alguna separación del mundo! Todo el mundo está por ahí en sus pequeños retiros, abrazándose y cantando “Kumbayá” o lo que sea. Tal vez tú necesites estar a solas con Dios en la naturaleza, ayunando de rodillas durante siete días y estudiando el libro de los Salmos. Necesitas estar a solas con Dios, pertenecerle a Él. Para ser un hombre de Dios debe haber momentos cuando incluso tu esposa —que es una sola carne contigo— te mire fijamente y sepa que no puede ir contigo a ese lugar escondido al que vas con Dios.

Hoy en día, en nuestras iglesias hay un silencio sobre la separación del mundo. Las Escrituras no guardan silencio al respecto. Demandan de nosotros una respuesta. “No estén unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad?” (2Co 6:14). ¡Ninguna! ¿O qué comunión la luz con las tinieblas (v. 14)? ¡Ninguna! Las tinieblas son lo opuesto a la revelación de Dios. ¿O qué armonía tiene Cristo con Belial (v. 15)? ¡Ninguna! ¿O qué tiene en común un creyente con un incrédulo? ¡Nada!

El Señor dice: “salgan de en medio de ellos y apártense” (v. 17). ¿Salir de en medio de qué? Salir de en medio del desenfreno, las tinieblas, los dispositivos satánicos y la vida y mundanalidad del no creyente. ¡Sal y apártate!

10 acusaciones contra la iglesia moderna

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Páginas 91-98

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