Escuché decir a un psicólogo que el 2020 es el año del miedo. Desde que inició la pandemia del COVID-19 el temor es la emoción dominante en el corazón de millones de personas alrededor del mundo. Sus temores más grandes son contagiarse con el virus y morir, perder la seguridad laboral, y que el mundo haya cambiado tanto que ya no puedan vivir con la relativa normalidad que disfrutaban antes de la pandemia.

Como creyente, yo llamaría al 2020 el año de la confianza. Porque durante las crisis nos damos cuenta de si realmente confiamos en Aquel que confesamos con nuestros labios. La confianza inquebrantable en un Dios bueno y justo que tiene el control absoluto sobre todos los sucesos que ocurren debajo del sol, nos anima a permanecer serenas mientras pasan los quebrantos.

El mayor problema que tenemos los creyentes es pasar de oír la Palabra a ponerla en práctica. Durante las crisis sufrimos de amnesia cristiana y sucumbimos al miedo. Se nos olvida la advertencia de Jesús: “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo” (Jn. 16:33).

¿Dónde has puesto tu confianza?

Nuestros miedos más profundos pueden ayudarnos a descubrir dónde hemos depositado nuestra confianza. Si tememos perder la salud, el salario, los bienes materiales, estamos paradas sobre arena movediza, porque todas esas cosas son fluctuantes. Pero si realmente confiamos en Dios, viviremos arraigadas y cimentadas en un terreno firme. Pues, “el que no eximió ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos concederá también con Él todas las cosas?” (Ro. 8:32).

Puede que durante este tiempo de pandemia estés tratando de razonar con Dios y le hayas preguntado: “¿Por qué está pasando esto?” “¿¡Hasta cuándo, Dios mío!?” “¿Cuándo acabará esta crisis de salud?” Pero si confías plenamente en Su voluntad no necesitas conocer las respuestas, Dios sabe lo que está haciendo y Su voluntad siempre es buena, aunque nosotras no la podamos comprender por completo (Ro. 12:2).

Jesús dijo: “No se angustien. Confíen en Dios, y confíen también en mí (Jn. 14:1 NVI). No debería haber temor en el corazón del creyente que ha depositado su confianza en Dios. El Señor jamás nos abandona. Su Espíritu Santo está con nosotras ayudándonos a llevar nuestras cargas (Mt. 11:28); proveyendo para nuestras necesidades (Fil. 4:19); consolándonos en los sufrimientos e intercediendo por cada una con gemidos indecibles (Sal. 34:18; Ro. 826). Y no solo el Espíritu, Cristo mismo vive perpetuamente intercediendo a favor nuestro (Heb. 7:25).

Canten salmos, himnos y canciones espirituales

Algunos creyentes, conociendo las preciosas y maravillosas promesas del Señor, aún luchamos con el miedo. Nos cuesta mantener nuestro enfoque en Cristo. El apóstol Pablo enseñó en Colosenses 3:16 lo que podemos hacer para mantenernos firmes en la fe: “Que la palabra de Cristo habite en abundancia en vosotros, con toda sabiduría enseñándoos y amonestándoos unos a otros con salmos, himnos y canciones espirituales, cantando a Dios con acción de gracias en vuestros corazones”.

Pablo no decía estas cosas de la boca para afuera. Él era un hacedor de la Palabra. Estando encarcelado con su compañero Silas en un lóbrego calabozo en Filipos, y después de que ambos fueron despojados de sus ropas, azotados, torturados y forzados a permanecer con los pies sujetos a un cepo, adoraron con himnos y cantos espirituales al Dios de su salvación (Hch. 16:25).

“Bendito es el hombre que confía en el Señor, cuya confianza es el Señor” (Jer.17.7).

La noche antes de su crucifixión y muerte, durante la última cena con sus discípulos, Jesús alabó a Dios con un salmo (Mr. 14:26). ¿Te das cuenta? ¡Cristo cantó en medio de su profunda agonía! Según algunos eruditos, nuestro amado Salvador cantó el salmo 118, el cual se acostumbraba a recitar durante la Pascua. El primer verso dice: “Con todo mi corazón te daré gracias; en presencia de los dioses te cantaré alabanzas”.

Eso es lo que nosotras debemos hacer en las circunstancias atemorizantes. ¿Hay algún salmo que te produzca profundo gozo? A mí me encanta el salmo 27. Es llamado el himno de la confianza. Al inicio, el rey David hace una declaración de fe: “El Señor es mi luz y mi salvación; ¿a quién temeré? El Señor es la fortaleza de mi vida; ¿de quién tendré temor?” (Sal. 27:1).

David conocía a Dios, por eso confiaba en Él. Su confianza provenía de su tiempo de oración y meditación en Sus promesas. Él Sabía que nada de lo que pudiera padecer lo podría separar de Su gran amor e infinita misericordia. Los que no conocen a Dios dudan de su bondad, no pueden depositar su confianza en Aquel que no conocen. El antídoto contra el temor y la desesperanza es conocer a Dios.

Nosotros creemos conocer al Señor, decimos que confiamos en Él, pero nuestra manera de vivir con ansiedad y duda grita lo contrario. Necesitamos orar persistentemente por un mayor conocimiento de Dios (Ef. 1:17). Solo los que conocen a Dios rebozan de una esperanza segura mediante el poder del Espíritu Santo (Ro. 15:13).

Aunque David enfrentó a lo largo de su vida muchísimo sufrimiento, él se deleitó en el Dios de su salvación. En la hora de la angustia, clamó diciendo: “Una cosa he pedido al Señor, y esa buscaré: que habite yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor, y para meditar en su templo” (Sal. 27:4).

Si nuestras temblorosas almas aprenden en medio de la debilidad a buscar el rostro del Señor y a deleitarse en la alegría de Su salvación, podremos soportar con paciencia y gozo en el espíritu las leves y pasajeras aflicciones de esta vida (2 Cor. 4:17).

La esperanza de David no era el deseo etéreo de que mejorara su situación o que su vida se tornara más fácil. Si bien él oró por esas cosas, su verdadera esperanza era la seguridad deslumbrante de que viviría para siempre en la presencia del Señor.

¡Regocijémonos!, porque nuestras vidas están guardadas en Cristo. No existen problemas, dolencias, enfermedades, pandemias que puedan robarnos la esperanza gloriosa que tenemos en Cristo Jesús. Y esta esperanza no es solo para la vida futura, sino para hoy.

Tan seguro estaba David de la bondad del Señor que al salir del más oscuro abismo de la desesperación exclamó: “Hubiera yo desmayado, si no hubiera creído que había de ver la bondad del Señor en la tierra de los vivientes” (Sal. 27:13).

Piensa y reconoce que en medio de esta peste que azota al mundo has experimentado de multiformes maneras la bondad de Dios. Por lo tanto, si hoy te sientes amenazada por las circunstancias, no temas. Sigue el ejemplo de nuestro Señor Jesucristo, Pablo y David: canta un himno a tu Dios, ríndete a Su voluntad y “espera al Señor; esfuérzate y aliéntese tu corazón. Sí, espera al Señor” (Sal. 27:14).