Hace poco tuve una conversación con un hermano mayor en Cristo al que se le diagnosticó un mieloma múltiple, un cáncer incurable, hace dos años. Me habló de cómo Dios ha usado el cáncer para quitar el pecado de su vida. No era tímido sobre el dolor y el desgaste asociado con el cáncer, pero también emanaba una alegría infantil cuando describió cómo el Señor lo estaba ministrando en este difícil momento. Me sentí como si estuviera en presencia de un ángel que portaba unas gafas de lentes gruesas. Un joven creyente sentado a los pies de un gigante espiritual, estaba tratando de descargar toda la sabiduría que pudiera de él. En un momento dado, dijo: “Sabes, siempre hablamos de cómo queremos crecer en Jesús. Me doy cuenta de que a medida que envejezco, sólo me vuelvo más pequeño, y Dios se hace más grande.” 

Esto me recordó dos cosas. Primero, me recordó las palabras que había leído del libro de J. Todd Billings, Rejoicing in Lament (“Regocijarse en el lamento”). A Billings también le diagnosticaron mieloma múltiple. En el libro, comparte una tarjeta que recibió de una joven de su iglesia: “¡Recupérate pronto! ¡Jesús te ama! ¡Dios es más grande que el cáncer!” Él escribe: 

Mientras que yo había recibido muchas tarjetas en los días anteriores, esta era diferente. “¡Dios es más grande que el cáncer!” Sí. No decía, “Dios te curará de este cáncer”, o “Dios sufrirá contigo”. Dios es más grande que el cáncer. La niebla es espesa, pero Dios es más grande. Mi historia de cáncer ya estaba desarrollando su propio sentido del drama. El cielo se estaba cerrando, envolviendo todo mi mundo para que nada más pudiera entrar. Pero la historia de Dios, el drama de la acción de Dios en el mundo, era más grande. 

Es en nuestra necesidad que Dios se hace más grande

A veces nos perdemos en la niebla de la vida y nos encogemos bajo el dolor de un mundo pecaminoso, pero Dios sigue siendo más grande. 

Las palabras del hombre también me recordaron a Juan el Bautista. A los discípulos de Juan les molestaba que el ministerio de su rabino perdiera número. Las multitudes iban ahora a Jesús, y esto significaba menos notoriedad para su maestro (Jn. 3:27) Juan se estaba encogiendo, pero en medio de su pérdida tenía una alegría sin culpa. “El que tiene la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está allí y le oye, se alegra en gran manera con la voz del novio. Y por eso, este gozo mío se ha completado. Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya”. (Jn. 3:29-30) 

Me llama la atención el hecho de que el crecimiento en la gracia no se parece a que crezcamos en Jesús, sino a que Jesús crezca en nosotros y a través de nosotros. Este es el tipo de crecimiento que muchos de nosotros no queremos. Estamos felices por el crecimiento que nos coloca en un pedestal y muestra nuestros dones. Queremos ser ejemplos de grandeza, incluso de grandeza cristiana. Pero el verdadero crecimiento (y la grandeza) en el reino de Dios a menudo se parece a nuestra disminución para que la luz de Cristo pueda brillar a través de nosotros.  Es en nuestra pequeñez, nuestras debilidades, donde Dios a menudo se muestra con más claridad a nosotros y al mundo. Es en nuestra necesidad que Dios se hace más grande. 

Dios nunca se impresiona por la grandeza humana, pero se deleita en hacerse grande a través de la debilidad humana. Si el evangelio nos enseña algo, es esto: que, en nuestra necesidad más profunda, Dios estaba presente, revelándose crucificado por nosotros, todo glorioso. Es en la cruz donde se revela la verdadera gloria, y todos los que quieren gloria deben abrazar la cruz por sí mismos. A medida que crecemos en la gracia, morimos a nosotros mismos, y la cruz se hace más prominente en nuestras vidas. Encontramos que nos hacemos más pequeños, pero Dios se hace más grande, y una misteriosa alegría florece de nuestra disminución. 

Nunca crecerás en grandeza en Jesús, pero Jesús quiere ser grande en ti.