Los cristianos típicamente identifican dos maneras de responder a Dios: seguirlo y hacer Su voluntad, o rechazarlo y hacer lo nuestro. En último término es verdad, pero hay en realidad dos maneras de rechazar a Dios que deben distinguirse la una de la otra. Se puede rechazar a Dios rechazando Su ley y viviendo a nuestro antojo. Y también puede rechazarse a Dios abrazando y obedeciendo Su ley como manera de ganar la salvación. El problema es que la gente de este último grupo –la que rechaza el evangelio en favor del moralismo– da la impresión de que está tratando de cumplir la voluntad de Dios. En consecuencia, no hay solo dos formas de responder a Dios, sino tres: irreligión, religión y el evangelio.

La irreligión es evitar a Dios como Señor y Salvador ignorándole del todo. La “religión” o moralismo es evitar a Dios como Señor y Salvador desarrollando una rectitud moral para presentársela a Dios en un esfuerzo por mostrar que nos “debe”. El evangelio, sin embargo, nada tiene que ver con desarrollar una justificación que le damos a Dios para que Él nos deba; es Dios quien la desarrolla y nos la da a través de Jesucristo (1Co 1:30; 2Co 5:21). El evangelio se diferencia de la religión y de la irreligión, del moralismo y del relativismo.

Este tema corre a lo largo de la Biblia. Cuando Dios libera a los israelitas de la esclavitud en Egipto, primero los saca y luego les da la ley para que la obedezcan. La obediencia a la ley es el resultado de Su liberación y elección, no la causa de ella (Éx 19:4–5; Dt 7:6–9). Cuando Dios hace el pacto con los israelitas, les advierte que todavía es posible que sean incircuncisos de corazón (Lv 26:41; Dt 10:16; 30:6; Jer 4:4), aun cuando acaten y obedezcan todas las leyes, observancias y rituales del culto. Fue necesario el Nuevo Testamento para describir lo que significa la verdadera circuncisión (Fil 3:3). Pablo nos dice que el circuncidado de corazón no depende de guardar la ley para su seguridad ante Dios. Y Pablo explica las tres maneras de vivir de acuerdo con el Antiguo Testamento: (1) literalmente incircunciso (paganos e incrédulos que no se someten a las leyes de Dios); (2) circuncidado únicamente en la carne (sometido a la ley de Dios, pero confiando y dependiendo de ella) y (3) circuncidado en el corazón (sometido a la ley de Dios como respuesta a la gracia salvífica de Dios).

En el Nuevo Testamento estas tres maneras aparecen visiblemente en Romanos 1–4. Comenzando en Romanos 1:18-32, Pablo muestra cómo los paganos, los gentiles inmorales, están perdidos y alienados de Dios. En Romanos 2:1–3:20, Pablo, en contra de lo que podía esperarse, afirma que los judíos morales, creyentes en la Biblia, también están perdidos y alienados de Dios. “¿A qué conclusión llegamos? ¿Acaso nosotros somos mejores? ¡De ninguna manera! Ya hemos demostrado que tanto los judíos como los gentiles están bajo el pecado. Como está escrito: “No hay un solo justo, ni siquiera uno; no hay […] nadie que busque a Dios”” (Ro 3:9-11). La última parte de esta afirmación es especialmente asombrosa, porque Pablo concluye que miles de hombres y mujeres que diligentemente obedecían la Biblia y creían en ella no estaban buscando a Dios, ni siquiera dentro de su religión. La razón es que, si buscas estar bien con Dios por medio de tu moralidad y religión, no estás buscando a Dios para salvación; estás usando a Dios como un medio para lograr tu propia salvación. Pablo prosigue en el resto de Romanos para explicar que el evangelio es buscar a Dios en Cristo para salvación mediante la sola gracia y mediante la sola fe.

En todos los Evangelios se describen estas tres maneras –religión, irreligión y el evangelio– repetidamente en los encuentros de Jesús. Ya fuera un fariseo o un cobrador de impuestos (Lc 18), un fariseo o una mujer pecadora (Lc 7), una multitud respetable o un hombre poseído del demonio (Mr 5), en cada instancia la persona menos moralista, menos religiosa, conecta más fácilmente con Jesús. Incluso en Juan 3 y 4, donde ocurre un contraste parecido entre un fariseo y una mujer inmoral samaritana, esta recibe el evangelio con alegría, mientras que Nicodemo el fariseo tiene que volver, evidentemente, a casa para pensárselo. Aquí tenemos la versión del Nuevo Testamento de lo que vimos en páginas anteriores de la Biblia: que Dios escoge las cosas necias para vergüenza del sabio, las débiles para avergonzar al fuerte, para mostrar que su salvación es por gracia (ver 1Co 1:26–31).

Es mucho más fácil pasar del evangelio a la religión y no al contrario. Una de las ideas fundamentales de Martín Lutero es que la religión es el modo por defecto del corazón humano. Hasta las personas irreligiosas logran su aceptación y autoestima viviendo según su escala de valores. Y los efectos del sistema “obras-religión” persisten de forma tan obstinada en el corazón, que los cristianos que creen en el evangelio a un nivel continuarán volviéndose a la religión y operando a niveles más profundos como si se salvaran por sus obras. Richard F. Lovelace elabora esta línea de pensamiento:

Apenas una fracción del actual cuerpo de los que se confiesan cristianos se apropia sólidamente de la obra justificadora de Cristo en sus vidas. Muchos […] tienen un compromiso teórico con esta doctrina, pero en el diario existir dependen de su santificación por justificación […] y adquieren la garantía de su confianza ante Dios de su sinceridad, de su experiencia pasada de conversión, de su reciente desempeño religioso o de la relativa irregularidad de su desobediencia consciente y voluntaria. Son pocos los que saben lo suficiente como para comenzar cada día descansando totalmente en la plataforma de Lutero: eres aceptado mirando hacia afuera en fe y reclamando la misteriosa y completa justicia de Cristo como la única base de aceptación, descansando en esa calidad de confianza que producirá una creciente santificación de una fe que es activa en amor y gratitud […]

Mucho de lo que hemos interpretado como un defecto de santificación en la gente de la iglesia es realmente una extensión de la desorientación con respecto a la justificación. Los cristianos que dejan de estar seguros de que Dios los ama y los acepta en Jesús, aparte de sus logros espirituales actuales, son de manera inconsciente personas radicalmente inseguras […] Esa inseguridad se muestra en orgullo, en una fiera afirmación defensiva de su rectitud y la crítica defensiva de los demás. Llegan naturalmente a odiar otros estilos culturales y a otras razas para reforzar su propia seguridad y descargar su ira reprimida.

Moldeados por el evangelio

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Páginas 114-116

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