Vivimos en una época de analfabetismo sobre el evangelio. La gente que no va a una iglesia nunca ha escuchado su mensaje y es probable que tampoco lo hayan escuchado muchos de los que sí van a una iglesia. Pero siempre ha sido así. La recuperación de las buenas nuevas por parte de los reformadores no fue un asunto de una sola vez. Diariamente corremos el peligro de sufrir amnesia del evangelio, por lo que debemos estar siempre recuperando el asombroso anuncio de la gracia.

Incluso en la iglesia primitiva, en los días de la novedad histórica del evangelio había mucha confusión. Si lo pensamos lo suficiente, podemos sentir, por ejemplo, la exasperación de Pablo con los gálatas. “Me asombra la rapidez con que habéis abandonado este mensaje”, dice en la introducción de su carta. Y así dispara todos sus cañones en esta breve carta, reprendiendo la herejía farisaica de los judaizantes, que insisten en que la buena nueva es Jesús MÁS algo –a saber, la circuncisión– y llamando a la iglesia de Galacia a volver a la verdad pura y nítida. Al entrar en el capítulo 5 de esa carta, hace un trabajo meticuloso de lo que podríamos llamar “distinciones del evangelio”.

Esto nos dice Gálatas 5:13-25:

“Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solo que no uséis la libertad como pretexto para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros. Porque toda la ley en una palabra se cumple en el precepto: AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO. Pero si os mordéis y os devoráis unos a otros, tened cuidado, no sea que os consumáis unos a otros. Digo, pues: Andad por el Espíritu, y no cumpliréis el deseo de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, pues éstos se oponen el uno al otro, de manera que no podéis hacer lo que deseáis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley. Ahora bien, las obras de la carne son evidentes, las cuales son: inmoralidad, impureza, sensualidad, idolatría, hechicería, enemistades, pleitos, celos, enojos, rivalidades, disensiones, sectarismos, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes, contra las cuales os advierto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley. Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”.

Mucha gente trata las buenas nuevas de Jesús como una especie de abstracción ideológica, como un shibboleth, como algo amorfo, ambiguo, un sentimiento bíblico de bienestar al que podemos atribuir cualquier significado. Por eso es importante no solo entender el evangelio por sus afirmaciones, sino también por sus negativas. Aquí, extraído de Gálatas 5, hay tres cosas que el evangelio no es.

  1. El evangelio no es licencia

Parece claro que Pablo se está dirigiendo a una suposición algo común de que como la gracia es gratuita, no debe costar mucho, que es como decir que no importa mucho. La buena noticia es un anuncio de gran libertad, que incluye, aparentemente, la libertad de no tomarla demasiado en serio. Lo aborda en algunas de sus cartas y utiliza un poco de tinta sobre esa idea también aquí, como en el versículo 13: “solo que no uséis la libertad como pretexto para la carne”.

O, como en los vv.16-17, cuando expone el peso de la gracia. Debido a que el evangelio viene por el Espíritu, se opone a los apetitos carnales. Los deseos de la carne están en contra del Espíritu. La idea en la que insiste es similar al punto en Romanos 6, cuando trae la hipótesis: Si la gracia abunda más de lo que abunda el pecado, “¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde? ¡De ningún modo!“, dice. ¿Cómo puedes seguir viviendo en algo a lo que has muerto?

En Gálatas 5:24 dice: “Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos”.

En resumen, la buena nueva no solo nos da el perdón, sino que nos da a Cristo MISMO, es decir, nos da una vida nueva.

En su obra “Sobre los Concilios y las Iglesias”, Martín Lutero aborda este tipo de antinomianismo y lo expresa así:

En verdad, esto equivale a que Cristo sea despojado y desvalorizado en el mismo aliento con el que se le ensalza. Significa decir sí y no en el mismo asunto… Según la lógica de Nestorio y Eutiques, esta gente, de forma magistral, predica un Cristo que es y no es el Redentor. Son excelentes predicadores de la verdad pascual, pero miserables predicadores de la verdad de Pentecostés. Porque no hay nada en su predicación sobre la santificación del Espíritu Santo y sobre la vivificación a una nueva vida.

Es apropiado ensalzar a Cristo en nuestra predicación; pero Cristo ha adquirido la redención del pecado y de la muerte con este mismo propósito de que el Espíritu Santo cambie a nuestro viejo Adán en un hombre nuevo, para que estemos muertos al pecado y vivamos para la justicia, pues Cristo nos ha ganado no solo la gracia (gratiam), sino también el don (donum) del Espíritu Santo, de modo que obtenemos de Él no solo el perdón de los pecados, sino también el cese del pecado. Por lo tanto, cualquiera que no cese de su pecado, sino que continúe en su anterior camino de maldad, debe haber obtenido un Cristo diferente”.

Cristo es demasiado precioso para vivir como si no lo fuera. Pero vivimos como si no lo fuera, ¿no es así? Todos los días lo hacemos. De hecho, a menudo parece que no podemos evitarlo. Por eso la segunda negativa en realidad es un consuelo:

  1. El evangelio no es ley

El evangelio no es licencia, pero tampoco es ley. Pablo escribe en 5:18: “Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley”. Este es el punto principal de Gálatas, de hecho. (Véase el versículo 13: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados”). Anteriormente en el capítulo, en los vv.1-3, dice:

Para libertad fue que Cristo nos hizo libres; por tanto, permaneced firmes, y no os sometáis otra vez al yugo de esclavitud. Mirad, yo, Pablo, os digo que si os dejáis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley”.

Pablo reconoce el gran peligro que supone no hacer la debida distinción entre la ley y el evangelio. Es el mismo peligro que enfrenta la iglesia en cada época. Es el mismo peligro al que nos enfrentamos tú y yo cada día y supone la mayor diferencia entre ver la vida cristiana –el camino de Jesús mismo– como una carga o como una liberación. En cierto modo, la carta de Pablo a los romanos trata del evangelio para el mundo. Gálatas es el evangelio para la iglesia.

Crecí en la iglesia oyendo hablar de personas que habían “caído” en pecado, personas que se habían “alejado”, y normalmente se refería a personas que se habían entregado al pecado sexual o a algún tipo de inmoralidad o libertinaje. Pero ese no es el peligro que Pablo está enfatizando aquí en absoluto. No, en el v.4 él define “caer” como aquellos que se apartan de la verdad de la gracia. No los que se dedican al pecado licencioso, sino los que adoptan el legalismo. ¡Son los legalistas los que se han alejado!

Tanto la licencia como el legalismo son proyectos de autosalvación. ¿Qué puede salvarnos? ¿El verdadero evangelio? El Espíritu Santo trabajando a través del anuncio de la obra terminada de Cristo.

No, el evangelio no es ley. No es un consejo. No son instrucciones, mandamientos o exhortaciones. No es una elevación moral. No es una máxima inspiradora ni un aforismo religioso. No es un imperativo espiritual. No es algo que hagamos. A veces oímos a la gente decir cosas como “Solo tenemos que ‘ser’ el evangelio para la gente”. Mira, si pudieras ser el evangelio, no necesitarías el evangelio.

No, no es nada que tú o yo hagamos. Es una declaración de algo que YA SE HA HECHO. Es un titular de periódico. Es un anuncio. Es una buena noticia de gran alegría. Es una proclamación de algo que ha sucedido. El evangelio no exige “Ponte a trabajar” sino que anuncia “Está terminado”.

Porque el evangelio no es ley, tú no eres tu pecado. No eres tu peor día. O tu mejor día. Porque el evangelio no es ley, el llamado no es a venir a probarte a ti mismo, sino a venir a SER tú mismo.

¿No es increíble? Para calificar para el evangelio, todo lo que debes ser es un pecador. ¿Quién no podría calificar para eso? Tú calificas. Si no está por debajo de ti admitirlo.

La gratuidad del evangelio les parecía a los gálatas demasiado buena para ser cierta, lo que es una forma de decir que ellos eran demasiado buenos para ser verdad… Decir la verdad sobre ellos mismos. El gran problema del legalismo es, de hecho, no pensar demasiado en la ley, sino no pensar lo suficiente en ella. Pensar demasiado bien de nosotros mismos que creemos que es manejable, alcanzable, pero somos unos miserables pecadores. Esa es la verdad. Y debido a ello, el evangelio nunca puede ser ley.

Pero lo que no pueden hacer ni la licencia ni el legalismo, lo puede hacer el evangelio. Lo que nos lleva a la tercera negativa.

  1. El evangelio no es ausencia de poder

La licencia pretende hacer mucho de la gracia, pero la menosprecia; dice que el evangelio es grande, pero no lo suficientemente grande como para dar poder para la obediencia. El legalismo pretende hacer mucho de la ley, pero la menosprecia; dice que la ley es en última instancia manejable, factible. Por lo tanto, la licencia y el legalismo son más parecidos de lo que a menudo pensamos. Básicamente, ambos son proyectos de autosalvación. Uno busca liberar al yo a través de la alimentación de la carne y el otro busca elevar el yo a través del mérito religioso. Ambos son viajes en tren bala hacia las duras paredes del desfiladero.

Si quieres verdadera liberación y verdadera superación, solo pueden venir a través de la gracia no filtrada, no adulterada y no diluida de Jesús. Solo la gracia tiene el poder de salvar. Solo la gracia tiene el poder de transformar.

Así que miramos esas dos listas que Pablo contrasta entre sí en los vv.19-23 bajo una nueva luz. Notamos una diferencia. La primera lista (en los vv.19-21) es en gran medida una lista de acciones, aunque sean mentales. La segunda lista (el fruto del Espíritu en los vv.22-23), por el contrario, es una lista de condiciones, cualidades. ¿No es interesante? Pablo no contrasta una lista de cosas malas que hacemos con cosas buenas que hacemos, sino que contrasta una lista de cosas malas que hacemos con cosas buenas que debemos ser.

Debido a que el fruto del Espíritu no puede ser fingido, porque es el resultado no de un cambio de comportamiento religioso sino de una transformación espiritual del corazón, solo puede florecer en nosotros a través del evangelio de Jesús. Solo el evangelio tiene el poder de afectar un cambio real y profundo del corazón. Ese es el verdadero poder.