Vivimos en una época de gran inmoralidad pública, una época en la que lo único vergonzoso es la propia vergüenza. La inmoralidad es sinónimo de entretenimiento y las más bajas perversiones sexuales se exhiben en la pantalla para que todos las vean. Los programas de televisión compiten entre sí para explorar y transgredir cualquier límite. Las mismas cosas que calificaban a un hombre como respetable hace unos años, hoy lo califican como intolerante o reprimido. La sociedad está tan saturada de inmoralidad que es imposible evitar que nos inunde.

En medio de este caos, a los cristianos se les da un mandato que puede parecer imposible. Se nos dice que debemos tener mentes puras, mentes santas, mentes que han sido sobrenaturalmente renovadas por el Espíritu de Dios para que ahora atesoren lo que Dios atesora y aborrezcan lo que Dios aborrece. No es suficiente con que nos neguemos a practicar el mal, sino que no debemos fijarnos en él ni siquiera pensar en él. Algunas cosas son tan vergonzosas, tan opuestas al propósito y al plan de Dios para la humanidad, que no debemos ni siquiera considerarlas, ni siquiera hablar de ellas, ni mucho menos reírnos de ellas. Las obras de las tinieblas deben dejarse para los que tienen un corazón de tinieblas.

En un contexto tan difícil, es crucial que evitemos lo que es vil y persigamos lo que es hermoso. Debemos ser disciplinados en guardar nuestros corazones de lo que es odioso para Dios y, por lo tanto, debería ser odioso para nosotros. Guardamos nuestros corazones guardando nuestras mentes, y guardamos nuestras mentes guardando nuestros oídos y ojos. Nuestro corazón tiende a no desear lo que a nuestra mente no le interesa, y nuestra mente tiende a no apreciar lo que nuestros oídos no oyen y nuestros ojos no ven. Por eso la Biblia nos advierte específicamente que debemos dirigir nuestra mente hacia las cosas que agradan a Dios. El apóstol Pablo lo dice así: «Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad. Lo que también habéis aprendido y recibido y oído y visto en mí, esto practicad, y el Dios de paz estará con vosotros» (Felipenses 4:8-9). La paz divina fluye hacia aquellos cuyas mentes no han sido tocadas ni manchadas por la depravación que nos rodea. Fluye hacia aquellos que disciplinan sus mentes para meditar en todo lo que es hermoso y agradable a Dios.

A veces es sabio que veamos las promesas de la Biblia, que examinemos las condiciones que conducen a ellas, y que luego revirtamos esas condiciones para ver qué sucederá si adoptamos el enfoque contrario. Si la gran promesa al final de este pequeño pasaje es la presencia pacífica de Dios, la advertencia implícita es la falta de esa presencia pacífica. Los que obedecen estas palabras tendrán a Dios cerca, pero los que las desobedecen lo tendrán lejos.

¿Qué significa desobedecerle en esto? Podemos darle la vuelta al pasaje para averiguarlo. «Por lo demás, hermanos, todo lo que es falso, todo lo que es inmoral, todo lo que es prejuicioso, todo lo que es sucio, todo lo que es ruin, todo lo que es reprensible, si hay alguna bajeza, si hay algo digno de censura, en esto meditad. Lo que también habéis aprendido y recibido y oído y visto en la televisión: esto practicad, y el Dios de paz se alejará de vosotros». Si la paz divina fluye hacia aquellos que disciplinan sus mentes para fijarse en todo lo que es hermoso y agradable a Dios, la paz divina fluye lejos de aquellos que permiten que sus mentes se fijen en todo lo que no es hermoso y en todo lo que es desagradable a Dios.

Y así vemos el desafío que tenemos ante nosotros. Puede que en el pasado hubiera momentos en los que había que hacer un esfuerzo conjunto para ver y experimentar la inmoralidad; hoy hace falta un esfuerzo conjunto para evitar verla. Por eso debemos hacer un gran esfuerzo para alejar nuestras mentes de lo que desagrada a Dios y dirigirlas hacia lo que Él ama. Debemos disciplinarnos deliberadamente para considerar únicamente lo que honra a Dios, lo que le agrada, lo que produce Su dulce paz.

Este artículo se publicó originalmente en  Challies.