Nota editorial: Este artículo pertenece a una serie titulada Proyecto Reforma, 31 publicaciones de personajes que fueron instrumentos de Dios durante la Reforma Protestante. Puedes leer todos los artículos aquí


Cuando el rey Enrique VIII yacía en su lecho de muerte, quiso que un hombre lo acompañara y que sostuviera su mano. Sorprendentemente, ese hombre fue uno de los mayores defensores de la Reforma Protestante.

Aunque Thomas Cranmer ayudó a liderar la Reforma en Inglaterra, es un héroe atípico si se compara con Lutero, Calvino y los otros reformadores. No escribió ningún libro de teología ni pastoreó ninguna iglesia importante. Tampoco adoptó ninguna de las verdades centrales de la Reforma hasta una época relativamente tarde en su vida. Sin embargo, durante los años de la Reforma Protestante, forjó la teología inglesa más que ninguna otra persona que haya vivido.

La semilla de la separación

Cranmer nació en 1489 en el pequeño pueblo de Aslockton y creció cerca del mismo Bosque de Sherwood donde Robin Hood se escondiera siglos antes. Era un lector lento, tomándole ocho años terminar el estudio de grado de cuatro años de la universidad de Cambridge. Perseveró en sus estudios, completó una maestría, fue ordenado como ministro y elegido para enseñar en Cambridge. Logró una reputación por impulsar a sus alumnos a estudiar la Biblia por sí mismos.

Mientras Cranmer pasaba sus días sirviendo pacíficamente en comités académicos, la agitación reinaba en Inglaterra. Enrique VIII deseaba anular su matrimonio con Catalina de Aragón. A través de una extraña combinación de circunstancias, Cranmer le sugirió a algunos de los asesores de Enrique que el Rey de Inglaterra, en última instancia, no estaba sujeto al dominio del Papa (para gran deleite del rey). Así que, involuntariamente, el consejo de Cranmer plantó la semilla para la separación entre la Iglesia de Inglaterra y el catolicismo romano.

El político reformado

Cranmer intercambió el catolicismo romano por la doctrina reformada al final de su vida, una transformación que reflejó la agitación y la división de la Reforma Inglesa. Aunque había leído a Martín Lutero con escepticismo mientras estudiaba en Cambridge, se entusiasmó con el pensamiento reformado luego de trabar amistad con Simon Grynaeus y con Andreas Osiander. Eventualmente rechazó la doctrina de la transustanciación luego de conversaciones con su amigo Nicholas Ridley. Después Cranmer aclaró sus reformas litúrgicas mediante conversaciones con el reformador italiano Peter Martyr y el alemán Martín Bucer.

La teología de Cranmer cambió dramáticamente para los ingleses católico romanos, y muy lentamente para los evangélicos con mente reformada. Para algunos (incluso al día de hoy), las reformas de Cranmer parecían demasiado personales y motivadas por la política. Sin embargo, él no tuvo el lujo de elaborar sus creencias abstractas en compañía de académicos imparciales. Su teología se formó en medio de hervidores políticos y de crisis pastorales.

El padre de la iglesia anglicana

Los más grandes logros ministeriales de Cranmer tuvieron lugar durante el reinado de Eduardo VI, cuando reescribió las litúrgicas públicas, los sermones pastorales (u homilías), las oraciones privadas y los principios de fe. Esos escritores definen el marco doctrinal y la piedad personal que posteriormente se desarrollarían en la Iglesia Anglicana, por lo cual es recordado.

Cranmer deseaba que todos en las iglesias inglesas abrazaran la justificación por la fe sola. Escribió:

Esta proposición—que somos justificados por la fe sola, libremente y sin las obras—es declarada con el fin de eliminar todo mérito en nuestras obras, como insuficientes para merecer nuestra justificación de manos de nuestro Dios; y por lo tanto, expresa claramente la debilidad del hombre y la bondad de Dios, la imperfección de nuestras obras y la más abundante gracia de nuestro Salvador Cristo; y por lo tanto atribuye completamente el mérito de nuestra justificación únicamente a Cristo y a su precioso derramamiento de sangre (The Works of Thomas Cranmer [Las obras de Thomas Cranmer], 131).

Doble retractación

Cuando la reina católica romana María I—la Sanguinaria— llegó al poder, las convicciones reformadas de Cranmer le costaron la vida. Durante un agonizante período de tres años, fue encarcelado, aislado, humillado, interrogado y torturado. Fue obligado a mirar mientras quemaban vivos a sus amigos Nicolás Ridley y Hugh Latimer.

Más tarde, en su propia ejecución, Cranmer casi sucumbió y se retractó de sus creencias; sin embargo, este usualmente quieto y dubitativo hombre de estado demostró con poder su fe en Cristo mientras era quemado vivo en la estaca.

El ladrón en el trono

No obstante, el momento que mejor ilustra el legado duradero de Cranmer no fue el día de su propia muerte, sino un día nueve años antes, cuando estaba junto al lecho de muerte del rey Enrique VIII. El 27 de enero de 1547, el rey Enrique agonizaba. Un cortesano le preguntó que a quién deseaba tener a su lado. El rey pidió a Thomas.

Cuando Cranmer llegó, ya el rey Enrique no podía hablar. Foxe cuenta la historia.

Entonces el arzobispo lo exhortó a poner su fe en Cristo y a clamar por misericordia, y que aunque no podía hablar, diera alguna señal con sus ojos o con su mano de que confiaba en el Señor. Luego el rey, con su mano entre las suyas, las apretó lo más fuerte que pudo (Foxe’s Book of Martyrs [El libro de los mártires de Foxe], 748).

La escena acentúa con dulzura la amistad más importante de la Reforma Inglesa. Independientemente de lo que el rey Enrique creyó ese día cuando apretó la mano de Cranmer, Dios usó el lazo entre ellos para liberar a Inglaterra del catolicismo romano y para que recobrara el verdadero y único evangelio.