La vida cristiana consiste en crecer continuamente en la obediencia a Dios y en trabajar diligentemente en la salvación que Cristo logró en nuestro nombre. Esta obra de santificación comienza en el momento de la justificación y sólo termina en el momento de la glorificación final. Entre estos momentos, estamos comprometidos en lo que un autor ha llamado sabiamente “una larga obediencia en la misma dirección”. Esta obediencia comienza primero en nuestras mentes y luego se extiende a nuestros corazones y manos porque para tener deseos renovados y acciones renovadas, primero debemos tener mentes renovadas.

Continuamos con nuestras “8 reglas para crecer en piedad“, una serie de instrucciones para crecer en conformidad con Jesucristo. Hemos visto que Dios nos llama a confiar en los medios de gracia para nuestra santificación y nos dice que debemos luchar fuertemente contra la mundanalidad si queremos alcanzar alguna medida de piedad. Nuestra tercera regla para crecer en piedad es: Tener Pensamientos santos. Como veremos, debemos tener un tipo concreto de pensamiento santo si queremos experimentar un gran progreso en nuestra santificación.

Pensamientos impíos

En nuestra condición naturalmente pecaminosa, nuestros pensamientos son siempre impíos y opuestos a Dios. La acusación condenatoria de Dios contra la humanidad fue que “toda intención de los pensamientos de su corazón era solo hacer siempre el mal” (Génesis 6:5). El apóstol Pablo, al trazar el descenso de la humanidad hacia profundidades cada vez mayores de depravación, lo describió de esta manera: “Pues aunque conocían a Dios, no le honraron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se hicieron vanos en sus razonamientos y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se volvieron necios” (Romanos 1:21-22). Incluso los pensamientos más sabios son insensatos cuando no reconocen a Dios.

En nuestra condición natural, no tenemos esperanza porque “el dios de este mundo ha cegado el entendimiento de los incrédulos, para que no vean el resplandor del evangelio de la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4). Con nuestras mentes cegadas, no tenemos ningún deseo ni capacidad de hacer aquellas cosas que honran a Dios. Por el contrario, servimos a nuestro amo, el “dios de este mundo”, en continuos actos de rebeldía.

Por el poder de Dios, el evangelio rompe nuestros duros corazones con una luz gloriosa. “Pues Dios, que dijo que de las tinieblas resplandeciera la luz, es el que ha resplandecido en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Cristo” (2 Corintios 4:6). Cuando la luz de Dios atraviesa las tinieblas de nuestras mentes oscurecidas, empezamos a entender y a creer en la verdad. Así pues, la vida cristiana depende en primer lugar de una mente renovada. “Por tanto no desfallecemos, antes bien, aunque nuestro hombre exterior va decayendo, sin embargo nuestro hombre interior se renueva de día en día” (2 Corintios 4:16). A medida que ese yo interior se renueva en el transcurso de la vida, acumulamos un creciente deseo de conocer la voluntad de Dios y una mayor capacidad para cumplirla.

Pensamientos santos

Si queremos vivir una vida santa, debemos tener pensamientos santos porque la renovación de una vida no puede avanzar más allá de la renovación de la mente que la informa y la guía. Es beneficioso tener toda clase de pensamientos santos y reflexionar sobre todo lo que es bueno y hermoso. Pablo dice: “Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra” (Colosenses 3:2). Debemos elevar nuestras mentes y apartarlas de las cosas menores para ponderar a Cristo y lo que ha hecho. En otro lugar, Pablo dice: “Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad” (Filipenses 4:8). Toda nuestra vida hemos de deleitarnos en pensar lo que le  agrada a Dios.

Pero aquí hablamos de una manera y un método particular de pensamiento santo: reservar un tiempo en el que deliberadamente consideremos nuestra mente, nuestros motivos, nuestros deseos, nuestras acciones y nuestra santificación. Guiados por la Biblia y ayudados por la oración, dedicamos tiempo a pensar en nuestras vidas y a considerar si están alineadas con una vida digna del Evangelio. Reflexionamos sobre Cristo y discernimos si nuestras vidas han sido transformadas a Su imagen o conformadas al mundo. Es demasiado fácil que caigamos en la complacencia, que nos dejemos llevar por la misma mundanidad y apatía que caracteriza al mundo. Esta práctica de tener pensamientos santos nos permite detenernos, examinarnos a nosotros mismos y dirigir nuestro rumbo hacia el camino de la santidad y del gozo de Dios.

En el Salmo 119, David habla de su compromiso con esta práctica. “Consideré mis caminos, y volví mis pasos a tus testimonios. Me apresuré y no me tardé en guardar tus mandamientos” (Salmo 119:59-60). Sin duda, David está reflexionando sobre momentos del pasado en los que se había alejado de la voluntad y los caminos de Dios. Puede que haya violado a propósito los mandamientos de Dios y se haya endurecido en su pecado, o puede que haya transgredido la voluntad de Dios por simple ignorancia o descuido. En cualquier caso, cuando dedicó su mente a evaluar sus actitudes y acciones, pronto vio que había errado. Cuando reflexionó sobre sus caminos, llegó a ver la maldad del pecado y la belleza de la obediencia.

Habiendo visto su error, David respondió sin tardarse. No permitió ninguna complacencia y tampoco ninguna dilación, se enfrentó a su pecado sin miramientos, dándole muerte inmediatamente para poder revivir en la justicia. Y ahora, habla de su determinación de vivir así, de encontrar placer en evaluarse continuamente a la luz de la Palabra de Dios. En otro Salmo, declara su deseo de que cada palabra que pronuncie y cada pensamiento que piense sean aceptables para Dios (Salmo 19:14). Sin embargo, sabe que para que esto ocurra, debe aplicarse diligentemente a la Palabra porque sólo entonces podrá discernir sus errores, librarse  del dominio del pecado y será irreprochable ante Dios (Salmo 19:13-14).

Gran parte de nuestro pecado surge y persiste porque no consideramos seriamente nuestros caminos. No comparamos diligentemente nuestras acciones con la Palabra de Dios. No nos aplicamos a tener pensamientos santos. Y sin tal disciplina, continuamos en nuestro pecado y falta de santidad. Descuidamos esta práctica porque nuestras vidas están ocupadas, nuestras mentes están dispersas y nuestros corazones están cargados con las preocupaciones de este mundo. Pero esta es una razón más para dedicar tiempo a la reflexión, a la meditación y a la autoevaluación.

Conclusión

El cristiano se distingue visiblemente del incrédulo por sus acciones. Por eso, Pedro puede decir: “Mantened entre los gentiles una conducta irreprochable, a fin de que en aquello que os calumnian como malhechores, ellos, por razón de vuestras buenas obras, al considerarlas, glorifiquen a Dios en el día de la visitación” (1 Pedro 2:12). Sin embargo, el cristiano se distingue primero invisiblemente del incrédulo en su mente porque el deseo de hacer obras que logren el bien para otros y traigan gloria a Dios debe surgir de una mente transformada. Sólo una mente que ha sido atravesada por la luz de Dios y deslumbrada por la visión de Cristo puede desear algo tan desinteresado, tan noble. La renovación de la mente depende de la práctica de tener pensamientos santos y de llevar a la práctica deliberadamente la Palabra de Dios para que pueda escudriñar nuestros corazones y nuestras vidas a fin de exponer todo lo que es extraño, pecaminoso, todo lo que no corresponde. Haríamos bien en hacer nuestra la oración y la práctica de David: “Escudríñame, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis inquietudes. Y ve si hay en mí camino malo, y guíame en el camino eterno” (Salmo 139:23-24).

Las “8 reglas para crecer en piedad” se han extraído de la obra de Thomas Watson. Estas son las palabras que inspiraron este artículo: “Dedicaos a los pensamientos santos: la meditación seria representa cada cosa en su color original; muestra un mal en el pecado y un brillo en la gracia. Por medio de los pensamientos santos, la mente se aclara y el corazón mejora, Sal. cxix. 59. ‘Consideré mis caminos, y volví mis pasos a tus testimonios’. Si los hombres se apartaran un poco del ruido y la prisa de los negocios, y dedicaran solo media hora diaria a pensar en sus almas y en la eternidad, se produciría en ellos una maravillosa transformación, y tendería mucho a una conversión real y bendita”.

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.