El temor de Jehová es el principio de la sabiduría. No sólo eso, sino que el temor de Jehová es el principio de la vida cristiana. La Biblia deja claro que para amar a Dios, para honrar a Dios, para obedecer a Dios, debemos temer a Dios. Pero “temor” es una palabra con muchas dimensiones, muchas definiciones. ¿En qué sentidos debemos temer a Dios?

Mucho de lo que conozco sobre el temor a Dios lo aprendí de R.C. Sproul. Remontándose a Lutero, Sproul distinguió entre el temor servil y el temor filial. El temor servil es la ansiedad de un hombre que está aterrorizado por lo que una persona malvada puede hacer para dañarlo, el temor de un esclavo que está a punto de enfrentarse al látigo, el temor de un prisionero que está a punto de enfrentarse al patíbulo. El miedo servil, dice, “se refiere a una postura de servidumbre hacia un propietario malévolo”. Nosotros, que somos amados por Dios, no tenemos que temerle de esta manera, porque Él no tiene ninguna hostilidad hacia nosotros.

Pero el temor filial es muy diferente. Es el temor de un hijo hacia un padre, un hijo honorable hacia un padre amable y cariñoso. Su motivación no es el miedo a las consecuencias, sino el deseo de no traer deshonra o vergüenza a los seres queridos. Tal persona “tiene un miedo o una preocupación de ofender a quien ama”, dice Sproul, “no porque tenga miedo de la tortura o incluso del castigo, sino porque tiene miedo de desagradar a quien es, en el mundo de ese niño, la fuente de seguridad y amor”.

He temido a Dios de esta manera desde que era joven. Desde que era un niño mis padres hicieron que los Proverbios formaran parte de mi dieta espiritual, y siempre he conocido la importancia de tener un sano temor a Dios. He enseñado a mis propios hijos que “¡Bienaventurado el hombre que teme a Jehová, que se deleita en sus mandamientos” (Salmo 112:1)! Para honrar a Dios debemos temerle, tener un sentido profundo y permanente del poder de Dios, de su majestuosidad, de su santidad, de su pura naturaleza. Vivimos mejor cuando vivimos con un sano temor a Dios.

Por lo tanto, sí tengo temor de Dios. Pero estos días también he tenido miedo de Dios. me encuentro temiendo a Dios. Le temo en el sentido de valorar correctamente su poder, sus capacidades, su soberanía. Pero también tengo miedo de las formas en que puede ejercerlas. Al fin y al cabo, hace apenas unos meses que Dios ejerció su soberanía llevándose a mi hijo. Mi vida de comodidad y privilegios se vio interrumpida por una pérdida tan grande que nunca habría siquiera imaginado. En un momento, Dios infligió un golpe que me hizo tambalear, que casi me destruyó.

Fue, por supuesto, el derecho de Dios de llevarse a Nick. Lo sé. Esto lo afirmo yo. El Dios con la capacidad de dar es el Dios con el derecho de quitar. Por muy dispuesto que estuve en recibir a Nick como un regalo de la mano de Dios, no puedo ni quiero reprocharle al mismo Dios por habérselo llevado. Como Job, bendeciré el nombre del Señor en el dar y en el quitar.

Pero es la capacidad y la voluntad de Dios en quitar lo que me deja temeroso. Porque si la vida de Nick era tan frágil que podía terminar en un instante, sin causa aparente o explicación obvia, ¿por qué no las vidas de otros que también son preciados para mí? Si Dios me ha llamado a sufrir este golpe, ¿por qué no podría llamarme a sufrir otro? Si Dios se llevó a mi amado hijo con tal rapidez, con tal facilidad, con tal propósito, ¿qué más podría llevarse? ¿A quién más podría llevarse? ¿Y cómo podría yo soportar semejante pérdida?

No soy especialmente propenso a la ansiedad, a la inquietud, a los miedos irracionales, pero en estos días me encuentro viviendo con la sensación de que algo malo está a punto de suceder. O, de cualquier manera, de que algo malo podría ocurrir. No quiero perder de vista a mis hijas. No quiero que Aileen se aventure sola a ningún sitio. No quiero que ninguna de ellas se exponga al más mínimo riesgo. Estoy nervioso. Tengo miedo. Estoy vigilando continuamente sobre mis hombros.

Todo eso es una tontería, por supuesto. Nick era el más precavido de nuestros hijos y no estaba tomando ningún riesgo cuando su vida se apagó. No había ninguna conexión entre lo que estaba haciendo y por qué o cómo se lo llevó Dios. Pero aun así tengo miedo. Y, cuando me sincero conmigo mismo, admito que es a Dios a quien le tengo miedo. Tengo miedo de lo que pueda llamarme a hacer. Tengo miedo de las otras formas en que podría ejercer su soberanía. Tengo miedo de lo que pueda querer que padezca. No es que le guarde rencor o desconfíe de él. Al menos, no lo creo. Me asombra su habilidad y su disposición a hacer su voluntad. Pero también me intimida, me asusta lo que pueda tomar de mí.

Quizás la realidad es que temo a Dios de una manera nueva. Antes entendía que Dios tenía poder, pero ahora sé que tiene poder. Antes sabía que Dios ejercía su poder al darme lo que amo, pero ahora sé que Dios también ejerce su poder al quitarme lo que amo. Antes la vida era fácil porque la soberanía de Dios siempre parecía inclinarse hacia las cosas que, de cualquier modo, yo quería, pero ahora la vida es dura porque veo que la soberanía de Dios también puede inclinarse hacia las cosas que yo temo, las cosas que no desearía que ocurrieran. He elegido someterme a esa soberanía, seguir orando “que se haga tu voluntad”. Pero incluso mientras oro, me acobardo un poco. Pronuncio las palabras con poca fe y con cierta vacilación. Incluso mientras oro siento algo de temor, al menos por ahora. Porque sé que Él hará su voluntad -su buena voluntad- sin importar lo que me dé o lo que me quite. Es el hecho de tomar lo que temo. Y detrás del tomar, está el Tomador.

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de tres niños. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.