Aunque no nos hemos conocido, sé al menos una cosa sobre ti. Sé que no entraste en tu matrimonio pensando: “¿Cómo puedo arruinar esto? ¿Cómo puedo traer dolor a este hombre, a nuestras familias y a nuestros amigos?” Empezaste tu matrimonio esperando que se convirtiera en una historia de amor para toda la vida, llena de profundo gozo y satisfacción. Y, sin embargo, aquí estás hoy, pensando en cosas que nunca creíste posibles.

¿Cómo he llegado hasta aquí?

El adulterio a menudo comienza en tu imaginación. Cultivas una aventura emocional y luego fantaseas con las posibilidades sexuales. Todo esto ocurre sin la intención de un arrepentimiento piadoso.

Pronto empiezas a desear la atención de otro hombre. Entonces te encuentras coqueteando con él, desarrollando un apoyo emocional con él.

Siempre tenemos una mayor tolerancia para nuestros propios pecados ocultos, pero ninguna de nosotras puede acariciar un mundo secreto de lujuria y fantasía sin contaminar nuestra alma (Mc. 7:23). En última instancia, el adulterio, como todo pecado, es un asunto del corazón. Aquí es donde inicia todo.

¿Estás decepcionada de tu marido? ¿Su capacidad de ganar dinero, sus pasatiempos que le quitan tiempo, su malestar espiritual, sus momentos de intimidad menos emocionantes contigo? Tal vez sientas que sus expectativas de ti son demasiado altas. O tal vez estés cansada de no sentirte vista ni escuchada y estés deseando que un hombre te preste atención. ¿Está creciendo dentro de ti un anhelo de liberarte de los inevitables límites de esta promesa de vida?

El adulterio trae miseria

La Biblia enseña que el matrimonio es un vínculo sagrado, que debe ser honrado por todos (He. 13:4). El adulterio toma la relación de una sola carne y la destroza con el martillo del egoísmo insensato.

La relación de una sola carne es más que el sexo, y el sexo es más que una mera liberación física que dos personas experimentan juntas. El sexo es una profunda conexión humana que sólo pertenece en el matrimonio. Dios dice que tú y tu esposo son uno, y que Él creó esa unión (Mt. 19:6). La intimidad sexual es un don precioso que debe tratarse con ternura y respeto. A través de ello expones no sólo tu cuerpo, sino tu propia alma. Y la sobreexposición te dañará en maneras que no son percibidas en el momento de la pasión.

El adulterio trae miseria en muchos niveles. Trae al adúltero la vergüenza. Introduce la traición en tu legado. Muestra a tus hijos que tu placer personal es más importante que la seguridad de ellos. Trae dolor a tu comunidad cristiana.

Dios toma muy en serio los pecados sexuales. El adulterio sin arrepentimiento condena el alma (1 Co. 6:9-10: Gá. 5:19-21). Cuando Jesús habla de los pecados sexuales en Mateo 5:27-30, utiliza un lenguaje fuerte: sácate el ojo y córtate la mano. En otras palabras, hay que estar dispuesta a soportar el dolor y la pérdida antes que incurrir en el pecado sexual. El matrimonio debe ser un compromiso implacable con una persona imperfecta. Ese compromiso significa estar dispuesta a ser infeliz a veces.

El adulterio es un pecado mayor, un pecado deliberado. Puedes “enamorarte”, pero te vas a la cama con ese hombre. En todos nuestros años de ministerio, nunca he tenido una mujer que venga a decirme: “Estoy tan feliz por esta aventura. Es incluso mejor de lo que imaginaba”. Así que, como mujer mayor, tengo una palabra para ti: ¡No lo hagas! No vayas allí. No vayas allí en tu mente. No vayas allí en tu corazón. No vayas allí con tu cuerpo.

¿Hay esperanza para renovar mi matrimonio?

Más bien, pídele a Dios que te ayude a ser diligente en tu corazón, “porque de él mana la vida” (Pr. 4:23). Guarda tu espíritu. Atesora el honor eterno que proviene al decir no a los impulsos momentáneos (1Ts. 4:3-4). Huye de las situaciones difíciles o tentadoras. Recuerda que tu cuerpo es el templo mismo del Espíritu Santo que Dios te ha dado a un gran costo para sí mismo (1 Co. 6:18-20).

Piensa en las bendiciones del matrimonio. Tú perteneces en un lugar y con alguien. Alguien te ha elegido y tú has tenido la oportunidad de elegir una persona para ti. Escribirás tu propia historia compartida para dejarla como legado. ¿Qué clase de legado quieres dejar?

La pregunta para cada una de nosotras nunca debería ser: “¿Hasta dónde puedo llegar con una relación -ya sea en la imaginación o en la realidad- antes de que se convierta en un pecado?” Más bien, preguntémonos: “¿Cómo puedo llegar tan profundo con Jesucristo que la pureza sexual sea el resultado gozoso de mi satisfacción en él?” La mejor protección contra el adulterio es un profundo amor y satisfacción sólo en Jesucristo. El alma que está bebiendo profundamente del río de sus delicias (Sal. 36:8) no va a tener sed de falsas alegrías.

La manera de beber profundamente de Jesús es a través del arrepentimiento y la fe. En el arrepentimiento te alejas de todo pecado y te vuelves hacia él. ¿Cómo es este apartarse? Bueno, ¿dónde estás siendo tentada? Tal vez necesites dejar tu programa de televisión favorito, en el que sigues imaginando que eres tú la que está en los brazos de ese guapo actor. Tal vez sea tu material de lectura el que te lleve a la cama de otra persona. ¿Y tu interacción en las redes sociales? ¿Necesitas salir de ciertos sitios? O incluso puede que necesites cambiar de trabajo si una relación allí te está tentando con el pecado sexual.

Entonces, al alejarte de tu pecado, vuélvete hacia Jesús. Búscalo en las Escrituras y en la oración. Con fe, toma esas tentaciones y échalas sobre Cristo. Deja que él se lleve tu carga. Él te dará una nueva y brillante esperanza para el futuro. Él es quien dijo: “Yo tampoco te condeno; vete, y desde ahora no peques más” (Jn. 8:11).

Y, por la gracia de Dios, podrás responderle con una intención renovada: “Me deleito en hacer tu voluntad, Dios mío; tu ley está dentro de mi corazón” (Sal. 40:8). ¡Que Dios te bendiga y te guarde!


Publicado originalmente en Desiring God

Traducido por: Nedelka Medina