No podemos entender realmente una historia, sino cuando se lee hasta el final. Muy a menudo, sólo en las últimas páginas de un relato, el autor da la gran sorpresa, une los hilos sueltos, explica el significado y el propósito de sus narraciones entrelazadas. Si nos damos por vencidos demasiado pronto, si sacamos nuestras conclusiones antes del final, nunca entenderemos la intención del autor ni apreciaremos su habilidad.

Lo mismo ocurre con Dios, el Autor de la gran historia que se cuenta a nuestro alrededor e incluso dentro y a través de nosotros. Especialmente en lo que se refiere a la historia de nuestras propias vidas, somos propensos a sacar demasiadas conclusiones a partir de una lectura demasiado limitada a pesar de que, deberíamos saberlo porque a menudo vemos a Dios tejiendo narraciones que sólo tienen sentido a la luz de las páginas finales. Vemos la importancia de leer hasta el último capítulo a través de las palabras del Libro de Dios y de la historia Su Iglesia. Y es entonces, hasta el final cuando vemos la obra de Dios y exclamamos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

En las páginas de la Biblia, vemos a José vendido y esclavizado, acusado y encarcelado, y pensamos que no hay esperanza para él. Seguramente su historia ya ha sido contada y ha terminado en desastre. Pero a medida que continuamos leyendo, lo vemos liberado de su esclavitud y elevado a puestos de poder sobre Egipto. Le vemos salvar la vida de su pueblo y preservar el linaje de Abraham. Leemos hasta el último capítulo y sólo podemos decir: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Vemos a Noemí desconsolada y a Rut viuda, las vemos regresar a la Tierra Prometida con gran dolor y angustia. Asentimos con conocimiento de causa cuando Noemí dice: “Llámenme ‘amarga’, porque el Señor me ha tratado con amargura”. Podríamos pensar que su historia ha llegado a su fin. Pero entonces vemos que el noble Booz entra en la historia y redime a Rut, vemos a Rut dar a luz a Obed, aprendemos que “era el padre de Jesé, el padre de David”. Asombrados, llegamos al final de la historia y gritamos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Vemos al pueblo de Dios en cautiverio y nos enteramos de una terrible conspiración para erradicarlos de la tierra. Vemos cómo la joven Ester es obligada a ser la novia de un rey persa, una chica judía empujada al lecho de un pagano incircunciso. Todo parece perdido. Pero entonces, pasamos la página. Ester encuentra el favor del rey y, como reina, aboga por su pueblo. Pronto, el malvado Amán cuelga de la horca y el pueblo judío celebra una gran liberación. Al llegar a la última página de la historia decimos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Vemos a Jesús, el Hijo de Dios, injustamente arrestado, brutalmente maltratado y horriblemente azotado. Vemos con horror cómo le clavan las manos y los pies en una cruz, nos lamentamos cuando una lanza atraviesa Su costado, nos afligimos cuando le bajan de esa cruz y le depositan en una tumba. Cuando el cielo se oscurece, también lo hace nuestro corazón. Pero la historia no ha terminado. Al tercer día entramos en la tumba con los discípulos y nos alegramos de encontrarla vacía, porque ¡Cristo ha resucitado! La muerte no pudo retenerlo. Con alegría leemos el último capítulo de los evangelios y gritamos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Y así continúa la historia de la Iglesia cristiana. Los cristianos judíos son expulsados de Jerusalén, pero al dispersarse, se llevan el evangelio con ellos. “¡Mira lo que ha hecho Dios!” Pablo es encarcelado, pero descubre que su encarcelamiento está al servicio del Evangelio. “¡Mira lo que ha hecho Dios!”. Juan es confinado en Patmos, pero es en el exilio donde recibe la gran revelación de Jesucristo. “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Al pasar de las Escrituras a la historia, vemos a San Patricio secuestrado y esclavizado en Irlanda, y podríamos creer que ese es el final de su historia. Pero es cuando se convierte en un pastor esclavizado que consagra su vida al Señor. Luego, tras escapar de su cautiverio, vuelve a Irlanda como un gran evangelista y allí ve a muchos creer en Cristo. Llegamos al capítulo final de su vida y gritamos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”. Vemos a Amy Carmichael navegando desde Irlanda hasta Japón para comenzar la misión que tanto ha anhelado y por la que ha orado. Pero pronto cae enferma y debe volver a casa. ¿Ha terminado su historia? No, porque se recupera y se dirige al sur de la India, donde funda un gran ministerio que rescata a cientos de niñas de la crueldad de la prostitución en los templos. El capítulo final es el mejor de todos. “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Vemos cómo John y Betty Stam, en los primeros días de su ministerio, caen en manos de soldados comunistas saqueadores. Pronto son asesinados a espada, sus vidas terminan casi antes de haber comenzado. ¿Se ha apagado su luz? No, porque en el último capítulo de su vida, su historia se cuenta en todo el mundo y vemos a cientos, pronto miles, unirse a la causa de las misiones. Gritamos: “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Vemos a Susanna Spurgeon confinada en su cama, pero convirtiendo esa habitación en una oficina para poder enviar libros a los pastores necesitados de todo el país. “¡Mira lo que ha hecho Dios!”. Vemos a Joni Eareckson Tada sufrir un terrible accidente y hundirse en el abatimiento. Pero luego vemos a Dios rescatándola para que desde su silla de ruedas comience un ministerio que ha dado luz y esperanza a tantos. “¡Mira lo que ha hecho Dios!”.

Con estas historias, y tantas otras, necesitamos leer hasta el final. Tenemos que leer no sólo la introducción, no sólo los capítulos iniciales, no sólo el punto álgido de la acción y el conflicto, sino toda la historia tal y como se cuenta de principio a fin. Sólo a través del clímax y sólo en la conclusión podemos esperar entender la historia que Dios está escribiendo.

Y así es con nuestras historias también. Lo que vemos a través del tiempo en las vidas de otros, sirve también para la nuestra. A veces nos enfrentamos a circunstancias que parecen marcar el acto final. En ocasiones nos encontramos con providencias que nos hacen creer que el libro se ha cerrado y que todo está perdido. Sin embargo, incluso cuando estamos bajo presión, no debemos pensar que hemos sido abatidos, sino creer que Dios aún puede llevar a cabo una gran redención. Cuando somos golpeados, no debemos pensar que hemos sido destruidos, sino tener confianza en que estamos siendo preparados para alguna gran bendición. Cuando somos perseguidos no debemos pensar que hemos sido abandonados, sino saber que estamos siendo preparados para ser de gran utilidad en los planes y propósitos de Dios. Debemos esperar, debemos detener cualquier juicio, debemos ¡leer hasta el final! Porque ninguna historia, y menos la nuestra, tiene sentido hasta que hayamos leído hasta la última página. Sólo entonces, a la luz de la totalidad, vemos la destreza, la habilidad, el genio del Autor.