Lo que decidimos en nuestros veintes, para bien o para mal, inevitablemente determinan lo que nos volvemos, para bien o para mal.

Si estás en tus veintes ahora, trazarás rutas de tu propia historia –gozo o dolor, éxito o fracaso, gratitud o reproche– en los caminos que escojas en el terreno, intersecciones inciertas en tu vida. Vas a reflexionar sobre amistades que hiciste y mantuviste (y perdiste), donde pasaste más tiempo y dónde gastaste más dinero, con quiénes saliste (tal vez te casaste), dónde y cómo trabajaste, y, sobre todo, qué clase de relación tuviste con Jesús (o no).

Nuestros veintes no deciden cómo se vivirá el resto de nuestras vidas, pero sin importar de cómo muchos viven esa época, sí pesan esos días. En la paciencia, misericordia y poder de Dios, ninguno de nosotros puede arrepentirse y dramáticamente cambiar durante el curso de la vida ya sea a los 35, a los 55, incluso a los 75. Cualquiera que sea la decisión que hemos tomado hasta ahora, el Espíritu Santo todavía sigue diciéndonos a cada uno, “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” (Hebreos 3:7-8). El mejor día para acabar con el pecado, dejar al lado la complacencia espiritual, el estar postergando cosas y cambiar las trayectorias de nuestro futuro, siempre será hoy.

Qué misericordia y bondad cuando Dios ablanda nuestros corazones siendo jóvenes, para permanecer firmes, seguros y en un cimiento satisfactorio en Cristo por las décadas que vendrán.

Cuando las cimentaciones fallan

Muchos de nosotros fallamos en darnos cuenta de que estamos construyendo un cimiento en nuestros veintes, cuando asumimos que nos vamos a establecer y en unos años tomaremos con más seriedad la vida. Pensamos que podemos rentar algo de vida por un tiempo.

Nuestras vidas espirituales no son apartamentos que ocupamos o desocupamos cuando nos sentimos listos para un cambio. Nosotros siempre nos volvemos lo que hemos de ser (Romanos 6:19; Proverbios 4:18-19), incluso cuando somos jóvenes. Tal vez, especialmente cuando somos jóvenes, porque los cambios en la vida solamente se vuelven más difíciles. Lo que hacemos hoy o solidifica el cimiento debajo nuestro o lo daña y lo debilita. Y como casi cualquier arrendador te diría, los cimientos son obviamente muy difíciles de reparar (una lección que muchos aprenden demasiado tarde).

Jesús nos advierte sobre los peligros de fracasar en construir buenos cimientos. Él nos dice de dos casas, una construida sobre algo más fuerte que la casa misma, la otra construida sobre algo menos resistente y suave, como la arena. Ambas construidas ladrillo por ladrillo, día a día, decisión por decisión. Ambas ciertamente construidas con confianza, ambas construidas con anticipación y muchos grandes años por venir, pero luego las lluvias vinieron.

¿Qué pasó con la vida construida sobre una débil cimentación? “Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina” (Mateo 7:26-27). Hay muchas más maneras de arruinar nuestras vidas a los veinte que maneras de fortalecerla y establecerla. El camino es ancho y lleva a caer.

Pero con esta advertencia, Jesús nos hace la promesa a los fieles: “Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca” (Mateo 7:24-25). Nadie se jacta en una buena cimentación (o si quiera piensa en la cimentación), hasta que el viendo y la lluvia vienen a derrumbar la casa. Para esos que construyeron bien en sus veintes, los vientos de la adversidad y las lluvias de la decepción y los truenos de la realidad igual vendrán, pero nuestra esperanza en Dios no se desmoronará.

Seis lecciones para nuestros veintes

Entonces ¿cómo construimos una buena cimentación en nuestros veintes? Después de años de buen consejo, humillante experiencia personal, y después caminar y guiar a otros, he tratado de juntar unas pocas, especiales y fructíferas lecciones.

  1. Asegura tu cimentación con devoción

Asegúrate que tu devoción al Señor no se divida. Muchos de nosotros nos casamos y comenzamos a tener hijos en nuestros veintes, y cuando lo hacemos, nos convertiremos en hombres y mujeres divididos. El apóstol pablo dice, “El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” (1 Corintios 7:32-34). Dios posiblemente te llame pronto a cuidar de una esposa e hijos en maneras que inevitablemente dividirán tu corazón, tiempo y devoción. Así que, Pablo anima a los creyentes a aprovechar la oportunidad de los solteros para “vivir en devoción sin división” (1 Corintios 7:35). La soltería tiene sus pesares únicos y sus desafíos. La soltería no es fácil para muchos (no lo fue para mí). Pero no dejes que las dificultades de la soltería te roben las oportunidades de la soltería, para enfocarte en el ministerio, disfrutar a Jesús y construir cimentaciones.

Si nosotros no podemos dedicarnos a Jesús cuando somos solteros, ¿qué te hace pensar que lo harás cuando tu vida se vuelva más complicada y tus responsabilidades se multipliquen? Ahora es tiempo de anclar nuestros corazones, nuestras prioridades y nuestros planes al propósito por el cual fuimos creados y salvados: para glorificar a Dios disfrutándolo hoy, mañana y para siempre. Así que muchos trágicamente pierden de vista su llamado a los veintes, y nunca vuelven a recuperarlo completamente.

  1. Aprende a leer tu Biblia

Quizá hayas pensado que aprendiste a leer en el bachillerato o en la universidad, pero leer la Palabra de Dios es diferente a cualquier otra lectura. Y muchos de nosotros nunca hemos aprendido a leer realmente. Muchas clases nos enseñaron a leer rápido para poder recitar algo de la lectura y así contestar un examen. Escuchar al Dios del cielo, es un tipo de lectura completamente diferente. Así que, no es sorpresa que muchos de nosotros tratemos de leer la Biblia en nuestros veintes y lo encontremos difícil, confuso y a menudo sin ningún tipo de recompensa. Muchos de nosotros nos rendimos y terminamos dependiendo de alguien para saber lo que Dios nos dice.

Dios dice, “toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16,17). Para que estés enteramente preparado para toda buena obra en tus veintes, treintas y más allá. Y cuando te sientas confundido, desanimado o abrumado, recuerda lo que Pablo prometió: “Considera lo que digo, y el Señor te dé entendimiento en todo” (2 Timoteo 2:7).

Si te dedicas a este libro, día a día sobre muchos años, orando y pidiendo a Dios por ayuda, verás a Dios intervenir una y otra vez para darte entendimiento.

Una de las mejores maneras de aprender a leer la Biblia por ti mismo es empezar a leer la Biblia en voz alta con alguien más, especialmente si encuentras a alguien que ya lee y ha disfrutado la Biblia por años. Pero incluso si es alguien que básicamente está donde estás tú, leer la Biblia consistentemente a través de los ojos de alguien más, ampliará tu visión. Ya sea por ti mismo, o con un amigo, puedes empezar con solo un capítulo al día, tal vez empezar por el evangelio según Juan, después ir a Efesios, y finalmente a todo el Nuevo Testamento empezándolo de principio a fin. Desde ahí, yo personalmente disfruto un plan de lectura que incluye lecturas del Antiguo Testamento y del Nuevo (e incluye muchos días cada mes para recuperar lectura atrasada o memorización).

  1. Siéntete cómodo de rodillas

La oración, como cualquier otro aspecto de la vida cristiana, no se logra fácilmente para nadie de nosotros. La gente joven yo he conocido, luchan con leer la biblia; y he conocido el doble aún que luchan con la oración, especialmente solos, pero también en grupos.

Si Dios no es real y Cristo no se levantó de los muertos, entonces la oración es realmente extraña y digna de conmiseración. Dios es real, y realmente escucha, la oración es la actividad más importante y productiva que podamos desarrollar cada día. Y Dios quiere que oremos persistente y confiadamente, no de manera ocasional y dubitativa. “Acerquémonos confiadamente al trono de gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro” (Hebreos 4:16). No es un trono para quienes son perfectos, para quienes lo merecen, los que hablan bien y los que hacen bien. Un Padre está sentado en este trono, lleno de paciencia, misericordia y gracia para aquellos quienes confían en Él lo suficiente como para orar.

Necesitamos de Dios en y por medio de la oración más de lo que necesitamos cualquier otra cosa. Nosotros no haremos nada real ni de valor durable sin Dios (Juan 15:5), lo que significa que no haremos nada real ni de valor duradero sin la oración. Así que, pide a Jesús cómo orar (Lucas 11:1-4), practica algunas oraciones sencillas en la Biblia y aparta tiempo suficiente para esperar, experimentar y persistir. Nos sentimos más cómodos en nuestras rodillas cuando pasamos más tiempo ahí.

  1. Prepárate para la guerra contra el pecado

Mientras puede que haya miles de caminos para arruinar nuestras vidas a los veintes, pueden ser trazados hacia un gran enemigo en común: nuestro propio pecado. Seguramente Satanás tentará, amenazará, y nos atacará, y otros pecarán contra nosotros, y el sufrimiento estropeará o cambiará el curso de nuestros planes, pero el pecado puede destruirnos.

Pablo escribe, “porque si vivís conforme a la carne, moriréis; más si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis” (Romanos 8:13). Muchos aprenden a luchar y a unirse a esa guerra en sus veintes. Muchos más evitan la batalla y pagan su complacencia tiempo después. Los sabios aprenden a discernir el pecado, apresúrate a confesar su pecado o confrontarlo, descansan en el perdonador y purificador poder de Cristo y después va y hacen todo lo posible para no pecar más.

Una de las primeras cosas que hay que aprender sobre esta guerra es que nadie debería pelearla solo. Dado que el necio y peligroso pecado sigue en nuestros corazones, necesitamos de otros para que peleen con y por nosotros. Hebreos 3:12-13 dice, “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo; antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado”. El pecado apunta a nuestras debilidades particulares con las mentiras a las que somos más susceptibles de creer, a menudo necesitamos a alguien sin nuestras mismas debilidades y luchas para que nos recuerde de manera consistente lo que es verdaderamente cierto.

  1. Compromete tu vida a la iglesia local

Si me obligaras a escoger solo una lección de esta lista, sería sorprendente mi elección: únete a una iglesia local saludable, y construye tu vida en y alrededor de ese cuerpo de creyentes. Encuentra una iglesia que exalte a Jesús, crea en la Biblia, predique el evangelio, odie el pecado, que practique la disciplina de la iglesia, que haga discípulos y después trátala como a tu propia familia (mateo 12:50). La iglesia suele ser algo secundario para muchos cristianos, y quizá mucho más para aquellos que están en sus veintes, cuando estamos menos establecidos y comprometidos. No esperes a comprometerte con la iglesia hasta que estés más establecido. Al contrario, establécete en el contexto de gente que ama a Jesús y que te inspira a amarlo, obedecerlo y disfrutarlo.

El Señor del cielo y la tierra ama a la iglesia lo suficiente como para haberla escogido antes de la fundación del mundo, sufrir tortura o muerte por ella, construirla y guiarla por Su propio Espíritu, y después pasar la eternidad con ella. Y aún, qué fácilmente los necios e inmaduros entre nosotros la desprecian y la abandonan. Algunos están fastidiados o no muy seguros por su necesidad, y fatigados por su debilidad. Son fácilmente ofendidos por sus fallas y errores y guardan rencor. Esperan que la iglesia los emocione, los llene y los consuele, pero al mismo tiempo se resisten a sacrificarse para servirla. Nuestros veintes, sin embargo, son una oportunidad para aprender a amar a la iglesia como Cristo lo hizo, para atesorar a la esposa por la que Él murió.

No dejes que la iglesia sea una esquina donde te sientas la mañana del domingo, sumérgete en sus historias, sus dones, sus necesidades, sus vidas. No aparentes que puedes sobrevivir sin la iglesia (1 Corintios 12:21), y no creas que la gente en tu iglesia no te necesita. Compromete tu vida, ahora y por el resto de ella, a la iglesia local.

  1. Prepárate para sufrir bien

¿Por qué muchos cristianos profesantes se alejan de la fe cuando están en sus veintes y treintas? Tal vez porque nunca han entendido el verdadero evangelio, tal vez las preocupaciones de este mundo y los placeres del pecado cautivaron sus corazones. Muchos, sin embargo, a pesar de todo lo que Jesús ha dicho, simplemente no estaban preparados para sufrir. Esperaban que el cristianismo hiciera su vida más fácil, más cómoda y menos dolorosa. Entonces el sufrimiento vino.

Jesús nos advierte acerca de no estar preparados: “Los de sobre la piedra son los que habiendo oído, reciben la palabra con gozo; pero éstos no tienen raíces; creen por algún tiempo, y en el tiempo de la prueba se apartan” (Lucas 8:13). Se apartan porque sus raíces eran superficiales y su “fe” frágil. Ellos no habían oído, “Y también todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución”. No habían aprendido a regocijarse en las pruebas, sabiendo que “la prueba de vuestra fe produce paciencia” (Santiago 1:3). En vez de eso, el sufrimiento los hizo cuestionar a Dios, y después estar resentidos con Él y finalmente dudar de si en verdad existe.

Si nosotros queremos sufrir bien, necesitamos raíces profundad de nuestra fe y perspectiva. Necesitamos aprender acerca del buen Dios en medio del sufrimiento, removiendo nuestra dependencia en nosotros mismos, purificando nuestro orgullo, construyendo resistencia, poniéndole nuestra esperanza y gozo, entrenándonos para cuidar de otros, preparándonos para el “incomparable y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17). En Cristo, no solo debemos esperar sufrir, pero también sabemos que el sufrimiento nos es útil, nos fortalece, nos hace madurar. Nuestros veintes nos dan a muchos de nosotros nuestras primeras probadas de sufrimientos reales, nuestras primeras oportunidades de acercarnos a Dios en medio del fuego o de alejarnos de Él.

Haz de la fidelidad tu cimentación

Un paso por estas lecciones puede ser simplemente esto: ­aprender fidelidad en tus veintes: fidelidad a Cristo, fidelidad a Su palabra, fidelidad a donde sea que te ha puesto. Jesús dice a sus discípulos, “El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel” (Lucas 16:10). El secreto para ser fiel y fructífero en lo mucho es lo poco, a menudo nos olvidamos de la fidelidad en lo que llamamos hoy. Y el camino para arruinar la fidelidad y fructicidad de mañana es la negligencia y la complacencia del hoy.

Busca a Dios para aquello a lo que te ha llamado a hacer con tu vida, y su llamado te mostrará lo que está haciendo en el mundo, y después pídele que te conceda ser fiel. Vive en estos años, y las próximas décadas, para escucharlo decir, “buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré, entra en el gozo de tu Señor” (Mateo 25:21).