No todo el que se identifica como pastor o maestro religioso debe ser escuchado. Pedro le advirtió a los creyentes de su época: “Pero se levantaron falsos profetas entre el pueblo, así como habrá también falsos maestros entre vosotros, los cuales encubiertamente introducirán herejías destructoras…” (2 Pd. 2:1). La iglesia actual necesita pastores que representen fielmente a Cristo en sus enseñanzas y en sus vidas. Si te encuentras bajo este tipo de ministerio, da gracias a Dios. Si no estás seguro si lo es, aquí hay seis características de pastores que debes evitar:

1. Confiar más en la intuición personal y los sentimientos que en la Palabra de Dios

Dios habló a través del profeta Jeremías, diciendo, “No escuchéis las palabras de los profetas que os profetizan. Ellos os conducen hacia lo vano; os cuentan la visión de su propia fantasía, no la de la boca del Señor.” (Jer. 23:16; ver Ez. 13:3). Los pastores a los que les gusta compartir “lo que está en su corazón” y “cómo se sienten” cada domingo pueden estar muy cerca de hablar las visiones de sus propias fantasías. No importa cuán interesante es la vida personal de tu pastor, Dios le ha encargado proclamar la vida de alguien más, la de Jesús. Tu pastor tiene la importante misión de hacerte oír la voz de Dios a través de las Escrituras cada domingo. Cuando los pastores pasan más tiempo compartiendo sus pensamientos de lo que pasan compartiendo las Escrituras, sofocan la voz del cielo. Cualquier pastor que ministra como si sus palabras fueran más importantes que las de Dios, deben ser evitados a cualquier costo.

2. Autoproclamarse pastor sin ser enviados por Dios o la iglesia

El apóstol Pablo asumía que aquellos llamados por Dios a ministrar fueron enviados por iglesias locales que habían observado su integridad y fidelidad a la Palabra de Dios (1 Tim. 3:1-7). Él escribió, “¿Y cómo predicarán si no son enviados?” (Rom. 10:15). En la Biblia, el llamado de Dios en la vida de un pastor se confirma mediante la afirmación externa de creyentes dentro de una iglesia local. Los maestros religiosos autoproclamados pueden sentirse “llamados por Dios,” pero si un cuerpo de creyentes no está afirmando ese llamado, ahí hay una razón para preocuparse. Generalmente, Dios llama a las personas a través de la iglesia, no lejos de ella. Los autonombrados maestros religiosos pueden caer bajo la categoría de Jeremías 14:14: “Mentira profetizan los profetas en mi nombre. Yo no los he enviado, ni les he dado órdenes, ni les he hablado; visión falsa, adivinación, vanidad y engaño de sus corazones ellos os profetizan” (ver Jer. 23:21).

3. No hablar sobre el pecado, o tratarlo con ligereza

A través de la Biblia entera, ésta es una de las claves para identificar a un falso maestro. Tu pastor podrá tener una gran sonrisa, y ser alentador, pero si teme hablar del pecado, es un pastor pobre. Ésta fue la contención principal de Dios con los profetas en los tiempos de Jeremías. “Y curan a la ligera el quebranto de mi pueblo, diciendo: «Paz, paz», pero no hay paz. ¿Se han avergonzado de la abominación que han cometido? Ciertamente no se han avergonzado, ni aun han sabido ruborizarse” (Jer. 6:14-15).

He observado que hay dos maneras de tratar el pecado levemente en la iglesia hoy en día. Primero, está el intento de algunos pastores de captar la atención del mundo exterior teniendo una visión liviana acerca del pecado. La iglesia, en este caso, no solo le da la bienvenida a los pecadores, sino al pecado mismo. El estilo de vida de una persona es aceptado ya sea que sea o no contrario a la Palabra de Dios, y sin importar cómo una persona vive, es tratado como un miembro en buena posición en la iglesia. El mantra que se repite es “Dios es amor” y “¿Quién soy yo para juzgar?” Esto es atractivo a nuestra sociedad pluralista, pero al final, solo dice “Paz, paz!” donde no la hay. Encuentras este error en muchas denominaciones principales, así como también a las iglesias progresistas autoproclamadas.

La segunda forma en que he visto al pecado ser tratado con liviandad es prominente en círculos cristianos conservadores. Algunos pastores no tienen problema en hablar acerca del pecado de la sociedad en general, pero no desean desafiar los pecados internos. Estos ministros apuntan el dedo al mundo exterior, y crean una cultura enfermiza dentro de la iglesia, cayendo en la comodidad de los pecados de su propia congregación. Ésta es la forma farisea de tomar el pecado a la ligera: hacemos un gran problema del pecado de los demás, pero ignoramos el pecado que está en nosotros y entre los que nos rodean.

Si tus pastores confrontan los pecados de los demás, pero ignoran el pecado de sus propias vidas y de su congregación, es una receta para el desastre. Los buenos ministros no minimizan el pecado, ni dentro ni fuera. Ellos aceptan a pecadores de todo tipo en la iglesia (porque pueden identificarse con ellos), pero reconocen que el Hijo de Dios se dió a Sí mismo para salvarnos de nuestros pecados.

4. Su vida privada no coincide con su persona exterior

Jesús fue muy claro en Su advertencia: “Cuidaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt. 7:15). Los falsos maestros son hipócritas, y en la medida que pretenden ser seguidores de Cristo, son en realidad ministros de Satanás, según Pablo (2 Cor. 11:14-15). Ésta característica es difícil de ver porque no podemos observar lo que pasa dentro del corazón de una persona. Sin embargo, Jesús continuó “Por sus frutos los conoceréis” (Mt. 7:16). En lugar de cultivar los frutos del espíritu (Gál. 5:22-23), los falsos maestros son sensuales, y guiados por los deseos de la carne. Pablo dijo: “cuyo fin es perdición, cuyo dios es su apetito y cuya gloria está en su vergüenza, las cuales piensan sólo en las cosas terrenales” (Fil. 3:19). Aunque estas pasiones pecaminosas no son siempre instantáneamente observables, con el tiempo se hacen evidentes y causan un gran escándalo a la Iglesia de Jesucristo (2 Tim. 3:13).

5. Su doctrina es novela

Cuando se trata de predicar, los pastores deberían basarse en lo que fue conocido históricamente como la Regla de la Fe (del latín Regula Fidei). Éste era el cuerpo de la enseñanza que se les confió a los apóstoles. Pablo le dijo a Timoteo, “Retén la norma de las sanas palabras que has oído de mí, en la fe y el amor de Cristo Jesús. Guarda, mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros, el tesoro que se te ha encomendado” (2 Tim. 1:13-14).

Los pastores de hoy deberían llevar la batuta que Pedro y Pablo sostuvieron: la fe dada al pueblo de Dios una vez y para siempre (Jd. 1:3). Los falsos maestros tiran por la borda la conocida Regla de la Fe, a cambio de nuevas y privadas “revelaciones” de Dios. Si el ministerio de un pastor está marcado por creencias propias que contradicen la Regla de la Fe, o si son conocidos por tener puntos de vista teológicos sin fundamentos, deberíamos estar preocupados. En las palabras de Pablo, “Pero si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciara otro evangelio contrario al que os hemos anunciado, sea anatema” (Gál. 1:8).

6. El enfoque principal de su ministerio no es Jesucristo

El foco central del ministerio de la Palabra es Cristo y éste crucificado (1 Cor. 2:2). Un sello distintivo de estos falsos maestros es que se concentran en cualquier otra cosa menos en la cruz. Estoy convencido de que Satanás está contento con quitar la mira de la iglesia de Jesús de cualquier forma que pueda. Juan advirtió: “En esto conocéis el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne, es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo” (1 Jn. 4:2-3). ¿Cómo podemos distinguir el espíritu de Dios? De acuerdo con Juan, el Espíritu de Dios está presente donde la Persona y trabajo de Cristo son confesados. Si el ministerio de un pastor no es acerca de Jesús, entonces no vale la pena seguirlo.