Nota editorial: Este es el tercer artículo de la serie devocional titulada: Amor hasta el extremo del pastor John Piper, publicada también en inglés


 

Y sucedió que cuando se cumplían los días de su ascensión, Él, con determinación, afirmó su rostro para ir a Jerusalén. Y envió mensajeros delante de Él, y ellos fueron y entraron en una aldea de los samaritanos para hacerle preparativos. Pero no le recibieron, porque sabían que había determinado ir a Jerusalén. Al ver esto, sus discípulos Jacobo y Juan, dijeron: Señor, ¿quieres que mandemos que descienda fuego del cielo y los consuma? Pero Él, volviéndose, los reprendió, y dijo: Vosotros no sabéis de qué espíritu sois; porque el Hijo del Hombre no ha venido para destruir las almas de los hombres, sino para salvarlas. Y se fueron a otra aldea.  (Lucas 9:51-56)

En Lucas 9:51-56 aprendemos como no entender el Domingo de Ramos.

Afirmar el rostro hacia Jerusalén significaba para Jesús algo muy diferente a lo que significaba para los discípulos. Puedes ver las visiones de grandeza que bailaban en sus cabezas en el versículo 46: “y se suscitó una discusión entre ellos, sobre quién de ellos sería el mayor”. Jerusalén y la gloria estaban a la vuelta de la esquina. ¡Oh, lo que significaría que Jesús ocupara el trono!

Pero Jesús tenía otra visión en su interior. Uno se pregunta cómo la cargó Él solo y durante tanto tiempo.

Esto es lo que Jerusalén significaba para Jesús: “Sin embargo, debo seguir mi camino, hoy, mañana y pasado mañana; porque no puede ser que un profeta muera fuera de Jerusalén”. (Lucas 13:33). Jerusalén significaba una cosa para Jesús: una muerte segura. Tampoco se hacía ilusiones de una muerte rápida y heroica. Lo predijo en Lucas 18:31-33: “Tomando aparte a los doce, Jesús le dijo: Mirad, subimos a Jerusalén, y se cumplirán todas las cosas que están escritas por medio de los profetas acerca del Hijo del Hombre. Pues será entregado a los gentiles, y será objeto de burla, afrentado y escupido; y después de azotarle, le matarán, y al tercer día resucitará”.

Cuando Jesús se dispuso a ir a Jerusalén, se dispuso a morir.

Había llegado el momento

Cuando pienses en la decisión de morir que hizo Jesús, recuerda que Él tenía una naturaleza como la nuestra. Se encogió ante el dolor como lo hacemos nosotros. Habría disfrutado del matrimonio, de los hijos y de los nietos, de una larga vida y de la estima en la comunidad. Tenía una madre, hermanos y hermanas. Tenía lugares especiales en las montañas. Dar la espalda a todo esto, y ofrecer su rostro a los latigazos y los golpes, los escupitajos, las burlas y la crucifixión, no fue fácil. Fue difícil.

Tenemos que usar nuestra imaginación para ponernos en Su lugar y sentir lo que Él sentía. No se me ocurre una manera mejor de empezar a conocer lo mucho que nos amaba.

“Nadie tiene un amor mayor que este, que uno dé su vida por sus amigos”. (Juan 15:13).

Si consideramos la muerte de Jesús simplemente como el resultado del engaño de un traidor, de la envidia del Sanedrín, de la cobardía de Pilato y, de los clavos y la lanza de los soldados, podría parecer algo involuntario. Y el beneficio de la salvación que nos llega a los que creemos podría verse como la forma que tiene Dios de hacer una virtud de una necesidad. Pero una vez que se lee Lucas 9:51, todos esos pensamientos se desvanecen.

Jesús no se vio envuelto accidentalmente en una red de injusticia. Los beneficios salvíficos de su muerte para los pecadores no fueron una idea de última hora. Dios lo planeó todo por su infinito amor a los pecadores como nosotros, y designó un tiempo.

Jesús, que era la encarnación misma del amor de su Padre por los pecadores, vio que había llegado el momento y se dispuso a cumplir su misión: morir en Jerusalén por nosotros. “Nadie me la quita (la vida)”, dijo Jesús, “sino que yo la doy de mi propia voluntad” (Juan 10:18).