Finalmente, temprano esta mañana terminé mi lectura lenta y reflexiva de La disciplina de la gracia de Jerry Bridges. Rara vez me detengo tanto en un solo libro, pero debido a la gran cantidad y calidad de enseñanza basada en la Biblia dentro de este libro, me sentí obligado a leerlo lenta y meditadamente. Valió la pena el esfuerzo y el tiempo invertido.

Ayer leí sobre la importancia de disciplinarme para tomar decisiones que glorifiquen a Dios. Bridges dice que “la práctica de despojarse de actitudes y acciones pecaminosas para revestirse del carácter de Cristo implica una constante serie de decisiones. En cada situación, elegimos qué dirección tomar. Es a través de estas elecciones que desarrollamos hábitos de vida como los de Cristo”. Esto me intrigó. Rápidamente pensé en una época, hace un par de años, en la que descubrí, para mi sorpresa, que sobresalía en el don no muy espiritual del desánimo. Me di cuenta, a través de la obra de Dios en mi corazón, que a menudo estaba siendo de desánimo para otras personas.

Solía ser pesimista y sarcástico, y rara vez buscaba motivar. Así que me esforcé en cultivar un espíritu de motivación. Al principio me pareció una tarea difícil. Uno no pensaría que motivar es difícil, pero descubrí que lo realmente difícil es cambiar de rumbo. Me animaba durante un corto periodo de tiempo, pero pronto volvía a caer en los viejos patrones. Seguía siendo un desalentador.

Un día se me ocurrió que iba a tener que disciplinarme para motivar a los demás. Así que tomé la extraña y aparente medida artificial de programar tiempo para motivar a los demás. Suena extraño, lo sé, pero abrí mi calendario de Outlook y creé una cita de 5 minutos que se repetía cada tres días. La cita decía simplemente “¡Animar!”. Y así, cada tres días, mientras estaba trabajando duro, un pequeño recordatorio aparecía en mi pantalla.

“¡Animar!”, decía. Y lo hacía. Aprovechaba la oportunidad para llamar rápidamente a un amigo o enviar un correo electrónico a alguien que creía que necesitaba ánimos. Esto me parecía muy artificial. Me sentía como un fraude cuando, con un corazón desanimado, intentaba animar a los demás. Pero con el paso del tiempo, empezó a ser bastante natural. Pronto descubrí que ya no sentía el mismo espíritu de desaliento dentro de mí. Poco a poco, el estímulo se convirtió en algo más natural. Lo que había comenzado como una disciplina que se sentía artificial, pronto se convirtió en un hábito que se sentía natural.

Ahí había una lección para mí. Estoy de acuerdo con Bridges que a menudo dice que “la disciplina sin dirección es un trabajo pesado”. Si me hubiera disciplinado para ser un motivador sin haber sido convencido primero por el Espíritu, sobre mi pecado, y si hubiera intentado ser un motivador sin establecer primero una dirección que honrara a Dios, dudo que Él hubiera bendecido mis esfuerzos. Pero creo que sí los bendijo.

Todavía puedo ser tan desalentador como cualquiera que conozca, pero también creo que el desánimo ya no surge tan rápido como antes. Cada vez me parece que tiendo más al ánimo que al desánimo. Después de un par de meses pude eliminar la cita recurrente de mi de Outlook, ya que el ánimo empezó a surgir de forma natural.

Bridges escribe: “Los hábitos se desarrollan por repetición, y es en el ámbito de las elecciones morales donde desarrollamos patrones de hábitos espirituales”. Creo que esto se comprobó en mi experiencia. “Es a través de las acciones justas que desarrollamos un carácter santo. La santidad de carácter, entonces, se desarrolla una elección a la vez mientras elegimos actuar rectamente en todas y cada una de las situaciones y circunstancias que encontramos durante el día”.

Creo que hay quienes piensan que la disciplina trae consigo la santidad. Hay hombres y mujeres increíblemente disciplinados. Se levantan de la cama a la misma hora cada día, dedican 22 minutos a orar y 17 a leer la Biblia. Sienten que esta disciplina les lleva más cerca de Dios. Pero yo no estoy de acuerdo. No es la disciplina o el compromiso o la convicción lo que nos hace santos. Más bien, “nos volvemos más santos por la obediencia a la Palabra de Dios, al elegir obedecer su voluntad tal como se revela en las Escrituras en todas las diversas circunstancias de nuestra vida”. La convicción, el compromiso y la disciplina son necesarios para tomar las decisiones correctas, pero el verdadero crecimiento espiritual sólo puede venir cuando elegimos obedecer los mandamientos de Dios, uno a la vez.

La disciplina, el compromiso, la convicción y los hábitos piadosos están estrechamente relacionados. Es importante que seamos disciplinados, pero sólo después de haber sido convencidos y de haber establecido una dirección hacia la piedad. En este momento la disciplina y el compromiso pueden ser usados por Dios para trabajar en nosotros su santidad. La disciplina no es más que un medio para un fin mucho más elevado, más parecido a Cristo. Es un amo cruel pero un siervo maravilloso.

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