Recuerdo cuando abrí mi cuenta de Facebook. En aquel momento todavía no era ni la sombra de lo que hoy conocemos. Me resultó emocionante poder conectarme otra vez con amistades a las que hacía años no veía, sobre todo porque la mayoría de nosotros ahora vive en países distintos. Sin saberlo, estaba comenzando a formar parte del mundo de relaciones virtuales en que ahora vivimos.

Avanza rápido a 2020 y ese mundo se ha hecho más patente que nunca. Una pandemia ha obligado al mundo a volverse a las pantallas, nos guste o no. Si te digo la verdad, a estas alturas ya estoy bastante hastiada de ellas.

Lo cierto es que el mundo virtual existe, llegó para quedarse; y sin darnos cuenta, nos está cambiando. Está cambiando la manera en que vemos las relaciones y, en gran medida, no para bien. Me gustaría invitarte a considerar por qué lo digo de esa manera.

En el mundo virtual somos menos auténticos unos con otros

Solo mostramos lo bueno. ¿A quién le gusta poner fotos cuando desaprueba un examen, se queda sin trabajo, se termina la relación sentimental? Todas las fotos, por lo general, son de los buenos momentos: restaurantes, carros, paseos, ropa nueva, vacaciones, etc. Fotos que además tenemos la capacidad de editar. De modo que el producto final casi nunca es un reflejo genuino de la realidad.

Poco a poco nos podemos convertir en gente que vive una vida editada, y eso pasa a todos los aspectos: en nuestro trato con otros, en el trabajo, en la familia. Nos acostumbramos a no ser auténticos. Y con tal de mostrar esa vida «perfecta», de fantasía, poco a poco nos mudamos a vivir en la vieja naturaleza de mentira que Pablo nos dice en Colosenses 3 que ya hemos desechado en Cristo: «Dejen de mentirse los unos a los otros, puesto que han desechado al viejo hombre con sus malos hábitos, y se han vestido del nuevo hombre, el cual se va renovando hacia un verdadero conocimiento, conforme a la imagen de Aquel que lo creó» (9-10).

En el mundo virtual vivimos comparándonos

¿Sabías que uno de los problemas que han generado las redes sociales es la depresión? Un estudio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pittsburgh concluyó que mientras más tiempo pasan los jóvenes en redes sociales, más propensos son a la depresión. Y yo me atrevo a decir que no es problema único de los jóvenes.

¿Cómo están ligadas estas dos cosas? El estudio lo plantea así: «Las representaciones altamente idealizadas de sus pares en las redes sociales provocan sentimientos de envidia y la creencia distorsionada de que otros llevan vidas más felices y exitosas».  Lo peor es que además se ha comprobado que el uso de las redes es adictivo: mientras más se usan, más se «necesitan».

El asunto es que nos olvidamos del punto anterior, lo que estamos viendo es solo un lado de la moneda, una parte de la vida de esa otra persona. La comparamos con la nuestra y nos hace creer que nuestra vida es inferior, más aburrida, etc. De hecho, ya le han puesto nombre a este fenómeno, «comparación social». Una investigación de la Universidad de Michigan concluyó que mientras más la gente usaba Facebook, más infeliz se sentía.

Amiga lectora, lo que sucede es que la comparación es un ladrón de gozo. Y quita nuestra mirada de las bendiciones que Dios nos ha dado y de quién Él es. Este fenómeno es muy viejo, tan viejo como Eva, quien quitó los ojos de todo lo que tenía para ponerlo en una sola fruta.

Y luego de la envidia, llega la ingratitud. Ambas cosas revelan un corazón rebelde que no reconoce que nada merece y que todo es por pura gracia y misericordia de Dios.

El mundo virtual nos crea un concepto erróneo de identidad

¿Cómo? Al creer que lo que somos depende de cuántos likes o me gusta reciban mis publicaciones; o cuántos seguidores tiene mi cuenta. La verdad es que esto no es nuevo, ya lo hemos escuchado, pero vivimos de manera que indica lo contrario. Sin percatarnos esta mentalidad nos va consumiendo porque constantemente estamos chequeando las redes, nuestros posts, para ver a quién le gustó, quién comentó, quién lo compartió. A así va la cadena, al punto de convertirse en un ídolo, algo a lo cual le dedicamos demasiado tiempo, y que determina cómo nos sentimos y qué hacemos. La pregunta obligada es, ¿de quién buscamos la aprobación?

Identidad es quién soy, lo que me hace diferente. Para el cristiano, identidad es lo que Dios me ha hecho en Cristo, como nos enseña Efesios 2:10: «Porque somos hechura Suya, creados en Cristo Jesús para hacer buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviéramos en ellas».

El mundo virtual nos desconecta de la realidad

Es más fácil tener amigos virtuales que solo ven las fotos editadas que publicamos. Tener relaciones a distancia hace que nos enfoquemos solo en nosotros, para evitar el roce, evitar que la gente se inmiscuya en nuestra vida. Y, poco a poco, nos alejamos de los amigos de verdad, los de carne y hueso, para vivir en un mundo irreal de supuesta perfección. En el mundo virtual nadie nos ve cuando hemos pecado y necesitamos que nos ayuden a levantarnos y, a la vez, nos resulta más cómodo porque no nos confrontarán. ¿Por qué? Porque no conocen la realidad, solo nuestra vida virtual. La sabiduría de Proverbios 27:17 sigue estando vigente hoy:

«El hierro con hierro se afila, y un hombre aguza a otro».

Cristo vino para rescatarnos del mundo del yo, del mundo de la mentira y la falsedad, del mundo de fingir y quedarnos en lo superficial. El Evangelio nos muestra una vida nueva, una vida transformada que incluye relaciones auténticas, reales, el verdadero «face time» que nos recuerda que somos uno en Él. Y por eso, aunque las redes pueden ser muy útiles y beneficiosas, y aunque vivimos en un mundo completamente diferente al de muchas generaciones anteriores, Dios y Su Palabra no cambian.

Tampoco cambia lo que Él nos dice acerca de nuestras relaciones con los demás. Aunque el mundo sea digital, y en estas circunstancias en particular nos ha resultado muy útil, no fuimos creadas para las pantallas. Dios nos creó para vivir en comunidad, con Él y con otros. No podemos crecer ni desarrollarnos de otra manera. Usemos el mundo virtual, pero vivamos en el mundo físico y real donde Él nos ha puesto, para Su gloria.