Jesus es la persona más bella y dulce que jamás he conocido. Conocerle, admirarle, valorarle y deleitarse en Él es lo más noble y elevado que puede hacer el alma humana.

Por eso, querido lector, te invito a examinar nuestros corazones a la luz de estas tres preguntas hechas por Jesús:

  • “¿Cuál es vuestra opinión sobre el Cristo?” (Mt 22:42)
  • “¿Crees tú en el Hijo del Hombre?” (Jn 9:35)
  • “¿Me quieres?” (Jn 21:17)

Me inquieta reflexionar en la posibilidad de que la iglesia de Cristo no esté amándolo como Él es digno. Quizás a algunos de nosotros Jesús nos diga: “…has dejado tu primer amor…arrepiéntete.” (Ap 2:4-5).

Querido lector, ¿Haz estado pensando en Cristo últimamente? ¿Cuándo fue la ultima vez que dedicaste todo un día a meditar en la belleza, bondad, sabiduría, misericordia, compasión, justicia, amor y soberanía de Cristo? Es posible que algunas personas nunca lo hayan hecho. Y esta es una de las causas de nuestra decadencia espiritual, de la cual la frialdad de corazón es solo un síntoma.

Entonces, ¿cómo podemos reavivar nuestro amor por Cristo?

Un camino apropiado para la restauración

La respuesta a esta pregunta abarca más de lo que puedo expresar aquí. Pero hay un camino apropiado para comenzar la restauración de nuestra comunión con el Señor.

La Escritura enseña en numerosos lugares que, dónde enfocamos los pensamientos, allí enfocaremos nuestros afectos.  Somos adoradores por naturaleza. Admiramos aquello en lo que pensamos, y luego nos asemejamos al objeto de nuestra admiración. La salud de nuestra vida espiritual está conectada con el contenido de nuestros pensamientos. Por esta razón, propongo que el principio de la solución a nuestra apatía espiritual, empieza centrando nuestros pensamientos en la gloriosa persona de Cristo.

Hace tiempo, leyendo el comentario de W. MacDonald, recibí un valioso consejo basado en Filipenses 4:8:

«Una persona no puede tener a la vez malos pensamientos y pensamientos acerca del Señor Jesús. Así, si le sobreviene un mal pensamiento, debería inmediatamente librarse de él meditando en la Persona y obra de Cristo. Los más ilustrados psicólogos y psiquiatras de nuestro tiempo han llegado a un acuerdo acerca de esta cuestión con el Apóstol Pablo: destacan los peligros del pensamiento negativo. No se tiene que ir demasiado a fondo para descubrir al Señor Jesucristo en el v. 8.»

Desde ese día aprendí dos cosas: 1) Que debo hacer de Cristo el objeto de mis pensamientos diarios. 2) Que tengo en Filipenses 4:8 un método  efectivo para meditar en la dulzura de Cristo.

Un pasaje apropiado para la restauración

Este pasaje es recitado de memoria casi por cualquier cristiano. Pero lo interesante en la reflexión de MacDonal es que lo aplica por entero a la persona y obra de Cristo.

Leamos el texto:

“Por lo demás, hermanos, todo lo que es verdadero, todo lo digno, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo honorable, si hay alguna virtud o algo que merece elogio, en esto meditad.”

Filipenses 4:8

Desglosemos el versículo para ayudarnos a comprender mejor la reflexión de MacDonald:

Meditad en: Esto señala que el camino a la restauración es la renovación de nuestro entendimiento (Ro 12:2). Es probable que otras cosas estén ocupando nuestra mente, cargando el alma de ansiedad. Esas cosas desplazan a Cristo de nuestros pensamientos. Por lo tanto, hagamos de Cristo el objeto intencional de nuestras meditaciones.

Todo lo verdadero: Nadie más real que Cristo. Nadie más seguro. Nadie mas sincero. Él es “la verdad” (Jn 14:6). Piensa en Su Palabra, Su consejo, Sus promesas, Sus juicios, Sus advertencia. Nada más firme que lo que sale de Su boca.

Todo lo digno: Nadie mas noble que Cristo. Nadie más honorable. Nadie mas digno de nuestra devoción. Podemos decir lo que la mujer dijo a su amado: “Él es deseable en todo sentido.” (Can 5:16 NTV).

Todo lo justo: Por naturaleza nadie posee la justicia del Padre, excepto Cristo. Nadie es aprobado por Dios fuera de Cristo. Él es el Justo” (Is 53:11). Incluso cuando buscaron injusticia en Él, no la hallaron. Por eso dice Pedro que Cristo padeció “injustamente” (1Pd 2:19) de los hombres.

Todo lo puro: Cuándo el Padre miró el corazón de Su Hijo comentó: “HAS AMADO LA JUSTICIA Y ABORRECIDO LA MALDAD” (Heb 1:9). Esa es la pureza del corazón de Cristo. Solo ama lo bueno, santo y puro. Adora a Cristo “en la hermosura de la santidad” (Sal 96:9 RV60).

Todo lo amable: ¿Existe alguien más  adorable que Cristo? ¿Alguien que enamore el alma como Él? ¿Alguien más deseable? Meditar en Cristo es grato al corazón. Pensar en Él es despertar el amor en el alma. Podemos decir como la mujer de cantares: “Cuán hermoso eres, amado mío, y tan placentero.” (Can 1:16).

Todo lo honorable: Cristo es el Hombre cuyo nombre a resonado en toda la tierra. Su fama y reputación se han extendido por las naciones. Pensemos en Su vida perfecta, Su compasión hacia los pobres, las prostitutas y los enfermos. Todo lo que se dice de Él es digno de alabar. Incluso sus enemigos dan buen testimonio de Cristo. Uno de los resúmenes de Su vida es: “Vosotros sabéis cómo Dios ungió a Jesús de Nazaret con el Espíritu Santo y con poder, el cual anduvo haciendo bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él.” (Hch 10:38)

Es claro como la luz del día que en este ejercicio de meditación el alma encontrará cada día alguna virtud o algo que merece elogio. De ese modo, los afectos del corazón serán encendidos en deleite y amor por Cristo. Esto nos llevará a la admiración y adoración de Su gloriosa persona.

Querido lector, ¿Cuántas veces haz buscado a Cristo en estas descripciones? Si tomase una hoja en blanco y te pidiera que escribas aquellas virtudes de Cristo que enamoran tu corazón ¿podrías hacerlo?

Un ejemplo apropiado para la restauración

Hace años atrás, antes de estar casado, nos juntábamos entre amigos a leer la Biblia, orar y reflexionar en los escritos de los puritanos. Uno de esos jueves por la noche, nos tocó leer un sermón de William Plumer (1802-1880) titulado: “Cristo es todo en todo”. Uno de nosotros leía y los demás  escuchábamos con gran atención. Este es un extracto de lo que oímos:

“[…] ¡Jesucristo es maravilloso, es glorioso! Restarnos importancia a nosotros mismos y a nuestra propia labor para ir a Cristo es tener vida eterna. La seguridad consiste en acudir a Él y permanecer en Él. Cuando Su espíritu nos llena, la noche se aleja y amanece totalmente despejado. Sus nombres y títulos son tan importantes como significativos. Cada uno de ellos es un bálsamo derramado sobre nosotros. Sus labios son como panal de miel. Miel y leche hay debajo de Su lengua, y el olor de Sus vestidos como el olor del Líbano… por los suyos es bien amado (Cant. 4:11; 5:16).

Él es su defensor, el ángel del pacto, el autor y consumador de la fe. Es como el manzano entre los árboles del bosque; el Alfa y la Omega; el amado, el Pastor y Obispo de almas, el pan de vida, renuevo justo, el esposo, el resplandor de la gloria de Dios, y la fiel imagen de lo que Él es. Él es un manojito de mirra.

Sus santos le reconocen como Creador, Capitán, Consejero, pacto, piedra angular, refugio en la tempestad, señalado entre diez mil. Él es para ellos como el rocío, la puerta hacia el rebaño, mediador, estrella de la mañana, libertador, diadema, el deseado de las naciones, las categorías y generaciones de hombres piadosos.

Ante sus ojos, él es el elegido, Emmanuel, el Padre eterno y la vida eterna. Él es la fuente de agua viva para las almas sedientas, de gozo para las almas atribuladas, de vida para las almas moribundas. Es el cimiento sobre el cual Su pueblo construye sus esperanzas en el cielo. Es el Padre de la eternidad, el árbol de ciprés bajo cuyas sombras se regocijan los santos, el Principio y el Fin, el primer fruto de la cosecha más grande jamás reunida, el primogénito entre muchos hermanos y el unigénito de entre los muertos.

Para Sus escogidos, él es como el oro más fino, un guía, Soberano, glorioso Señor, Dios, Dios verdadero, Dios sobre todo y bendito por siempre. Él es la cabeza de la Iglesia, salud, esperanza, esposo, herencia, morada de Su pueblo. Es su poderoso Salvador. ¡Cabalga sobre los cielos por Su nombre YAH! Es Jehová, herencia, Juez y Rey de Sus santos. Es su luz, vida, Señor, líder, legislador, Cordero Redentor, lirio del valle, León de la tribu de Judá. […]”

Cuándo terminó la lectura el silencio llenaba el lugar y las lagrimas corrían por las mejillas. De pronto, y con la voz quebrantada, un amado hermano dijo: “esas fueron las palabras más dulces que escuché en mi vida sobre Jesús”. Y todos dijimos: “Amén”.

Querido lector, sigue el ejemplo de los puritanos. Ve a tu Biblia y busca a Cristo a través de ella. Piensa en Sus nombres, Sus títulos, Sus oficios, Sus promesas, Su obra redentora, Su vida en el cielo, Su corazón, Su pacto, Su encarnación, Su vida, Su muerte, Su cruz, Su resurrección, Su gloria. Piensa en Él. Te insto ¡piensa en Cristo! Entonces, pronto volverás a reavivar tu amor por Él.