La vida es como un sótano. Es como un sótano que, a pesar de nuestros mejores esfuerzos, no podemos evitar que termine desordenado. Cada cierto tiempo, Aileen y yo debemos bajar y limpiar nuestro cuarto trasero: ese cuarto donde se acumulan las cajas vacías mientras decidimos si conservamos o enviamos de vuelta los productos que hemos pedido por correo, donde las cosas rotas esperan hasta el próximo día de basura a granel, donde las cosas no deseadas o no utilizadas se quedan hasta que son regaladas o reutilizadas. Siempre intentamos mantener el sótano limpio y despejado, pero de alguna manera se sigue llenando y desorganizando. A pesar de nuestros mejores esfuerzos, parece atraer el desorden. Nuestras vidas pueden ser así, al igual que nuestras familias.

A nivel personal, pretendemos vivir vidas con propósito, donde cada actividad tenga un claro propósito y cada compromiso sirva a un objetivo definido. Hemos hecho todo lo posible para decir el “no” de manera rápida y el “sí” de manera lenta y de esa manera tomamos decisiones meditadas sobre dónde centrar nuestro tiempo, energía y atención. Pero en momentos de claridad, nos damos cuenta de que nuestras vidas se han vuelto sorprendentemente ocupadas, incluso desordenadas. Nos damos cuenta de que estamos asistiendo a reuniones, o tomando lecciones, o participando en actividades que pueden no servirnos como alguna vez lo hicieron. ¿Por qué sigo yendo allí? ¿Por qué sigo haciendo eso? ¿Por qué, cuando he hecho todo lo posible para tomar decisiones sabias, mi vida se siente tan ocupada?

En el ámbito familiar, pretendemos vivir una vida más fácil para no tener que pasar todas las noches conduciendo por la ciudad, dejando a nuestros hijos en un sinfín de clubes, clases y lecciones. Nos hemos comprometido a comer juntos siempre que sea posible, a adorar juntos todas las noches, a priorizar las pocas cosas que más importan. Pero en el agotamiento y la frustración tenemos que admitir que nos hemos excedido, que el desorden en nuestra familia ha aumentado al punto de separarnos. Hemos dicho “sí” a mucho y “no” a muy poco. Hemos sido demasiado apresurados para empezar las cosas y demasiado reacios a terminarlas. La vida familiar se ha vuelto tan desordenada como la vida personal.

El hecho es que hay muchas cosas que empezamos en la vida y en la familia, con muy buenos propósitos, pero que con el tiempo sobrepasan esos propósitos. Gran parte del desorden en la vida es causado por sumar sin restar, por comenzar sin terminar. Hay una inercia que puede mantenernos haciendo cosas solo porque siempre las hemos hecho, o solo porque las empezamos por buenas razones, o solo porque tenemos miedo de dejarlas. ¿Qué haremos si no estamos ocupados? ¿Cómo nos sentiremos bien con nosotros mismos si tenemos mucho tiempo en lugar de poco?

Me parece que mientras reflexionamos sobre cuándo y cómo saldremos de nuestras cuarentenas y confinamientos de COVID-19, tendremos una rara segunda oportunidad. Es extremadamente improbable que un día recibamos una señal clara para toda la sociedad y volvamos a la vida tal como era. Lo más probable es que se trate de un enfoque progresivo en el que, con el tiempo, podamos empezar a restablecer algunas de las funciones que hemos tenido que dejar durante un tiempo. Entonces tendremos que decidir cuándo y si volveremos a cada una de estas actividades. Y no hay mejor momento que ahora para reflexionar sobre lo que queremos que sean nuestras vidas. No hay mejor momento que ahora para orar acerca de cómo evitaremos que nuestras vidas pasen de estar demasiado vacías a demasiado llenas.

Un día el gimnasio enviará un correo electrónico para decir que ha reabierto y podrás regresar a este a hacer ejercicio. Hoy es el momento ideal para que evalúes si estás usando la membresía del gimnasio y decidas si te está siendo útil. ¿Qué más podrías hacer con ese tiempo? ¿Qué más podrías hacer con ese dinero? ¡No vuelvas solo porque las puertas se hayan abierto! Regresa porque lo has evaluado cuidadosamente y has determinado que es importante o necesario para tu bienestar. Un día ese lugar de trabajo volverá a abrir sus puertas, un día esa organización tendrá su primera reunión posterior al confinamiento, un día ese club comenzará a reunirse de nuevo. ¿Irás, como lo hiciste unos meses atrás? Antes de volver a lo que era normal, decide si esto es lo que deseas hacer normalmente. ¡Aprovecha la segunda oportunidad! Evalúa, valora, pondera cuidadosamente y en oración el tipo de vida que quieres, el tipo de vida que crees que el Señor te está llamando a vivir.

A nivel familiar, llegará el momento en que las ligas deportivas de tus hijos vuelvan a funcionar, en que su profesor de música vuelva a llamar, en que una sociedad convencida de que necesita llenar cada uno de sus momentos de vigilia se ofrezca de nuevo a hacerlo. No hay tiempo como ahora para decidir si eso es lo que quieres y si eso es lo que ellos necesitan. Como en la vida, también en la familia: ¡Aprovecha la segunda oportunidad! Habla con tus hijos sobre todas sus actividades, considera si estas cosas les están sirviendo bien, si están ayudando a tus hijos a crecer en sabiduría, en estatura, en favor de Dios y de los hombres (Luc. 2:52).

En la providencia de Dios, Él nos ha quitado casi todo por un tiempo. En la soberanía de Dios, Él ha interrumpido muchos de nuestros hábitos, tanto buenos como malos. Es demasiado pronto para tener demasiada confianza en la interpretación de lo que Él está haciendo a través de todo esto, aunque podemos estar seguros de que es para nuestro bien y su gloria. Pero ciertamente no nos hará daño, y de hecho nos hará un mundo de bien, el aprovechar la oportunidad para ponderar cuidadosamente cómo, al volver a la vida normal, podemos desplegar mejor nuestros dones, talentos, tiempo, energía y entusiasmo para el bien de los demás y la gloria de Dios.