Quiero tener un 10 por ciento de grasa corporal. Me fijé esa meta hace un tiempo e incluso me las arreglé para estar muy cerca de alcanzarla. Pero finalmente descubrí que realmente quiero tener 10% de grasa corporal en menor intensidad de lo que quiero tener 13% de grasa corporal. Hay una diferencia clave entre los dos: mientras que el 13 por ciento requiere un esfuerzo moderado en alcanzarlo y mantenerlo, el 10 por ciento requiere una disciplina estricta. Pronto aprendí que no anhelaba el objetivo lo suficiente como para esforzarme en alcanzarlo. No cumplí mi deseo con disciplina.

La mayoría de nosotros podemos pensar en una larga lista de sueños y metas que nunca hemos alcanzado y en deseos que nunca hemos realizado. A veces las circunstancias intervinieron para alejarnos de ellos, pero la mayoría de las veces, una evaluación honesta muestra que simplemente no queríamos esas cosas lo suficiente como para esforzarnos en tenerlas. Soñábamos con servir a la iglesia tocando el piano, pero el sueño no era lo suficientemente fuerte como para obligarnos a poner en práctica lo requerido. Queríamos empezar un blog para servir a otros cristianos pero no lo suficiente para disciplinarnos en escribir día tras día y semana tras semana. Sentimos el deseo de mejorar en la cocina o aprender un idioma o manejar una cámara en modo manual. Las primeras lecciones fueron emocionantes, pero rápidamente nos ocupamos, nos distrajimos y nunca volvimos a ello. Toda la vida es una batalla del deseo contra el deseo. Es una batalla por probar nuestros sueños y deseos con hábitos y disciplinas.

Tengo un profundo deseo de ser piadoso. Esta es la única cosa en la vida que más anhelo. Al menos, creo que lo es. Pero me pregunto ¿qué me dicen mis hábitos? ¿Prueban o niegan mi deseo? ¿Estoy realmente disciplinándome lo suficiente para lograr lo que digo que quiero? ¿O es posible que me esté conformando con un mero 13 por ciento sólo porque es mucho más fácil?

A menudo considero a personas que he conocido, que dan un ejemplo de piedad inusual. Pienso en hombres cristianos conocidos que vivieron vidas piadosas a la vista del público y que llevaron a cabo ministerios intachables. Pienso en mujeres desconocidas y desapercibidas que vivieron vidas igualmente piadosas, lejos de la mirada pública. ¿Qué tenían en común? ¿Cuál era la clave de su santidad? Creo que era su disciplina. Se disciplinaban a sí mismas por la más alta piedad. Eran atletas espirituales que se aseguraban de que sus deseos más elevados suplantaran a los más bajos. Alcanzaban la santidad porque tenían como objetivo la santidad.

Sin embargo, no fue el hacer grandes obras lo que los llevó a caminar de cerca con Dios. No fue un destello místico de visión espiritual o una milagrosa dispensación de sabiduría divina. Era mucho más simple que eso, mucho más alcanzable. Obtuvieron la piedad a través de una relación con Dios. Su piedad fue un regalo de Dios que Él dispensó mientras ellos buscaban una relación con Él. Se comprometieron con la Palabra y la oración.

Se disciplinaron para pasar tiempo con Dios diariamente, leyendo su Palabra y meditando diligentemente en ella. Se disciplinaron para orar seriamente y ayunar regularmente. Lo que sea que estas personas piadosas hayan hecho, buscaron a Dios. Cualquier otra cosa que estas personas sabían, conocían a Dios. Su noble deseo motivó una disciplina minuciosa.

Y es justo aquí donde me pregunto: ¿Estoy logrando el deseo con la disciplina?

Siento un profundo deseo de ser piadoso. Siento un profundo aprecio por aquellos que veo y conozco que son inusualmente piadosos. Quiero ser como ellos. Pero cuando realmente busco en mi corazón y examino mi vida, veo que me gustaría tener el fin sin los medios. Quiero tener lo que ellos tienen pero no quiero hacer lo que ellos hacen. Quiero su piedad sin su disciplina, su comunión con Dios sin su compromiso con Dios. Quiero ser realmente piadoso, pero no en la misma medida en la que quiero ser tan solo un poco piadoso. Quiero el 10 por ciento, pero no tanto como quiero el 13 por ciento. Quiero alcanzar la meta en menor medida de lo que quiero hacer el esfuerzo necesario para conseguirlo.