“Dios resiste a los soberbios, pero da gracia a los humildes” (1 Pedro 5:5).

El 3 de junio de 1741, Jonathan Edwards escribió una carta a Deborah Hatheway. Ella era una joven de 18 años recién convertida al evangelio que le pidió a Edwards consejo espiritual. El pastor de Northhampton, le envió una carta con “instrucciones sobre cómo conducirte en tu carrera cristiana”. De los 17 consejos que Edwards listó, el número 8 dice:

Recuerda que el orgullo es la peor víbora que hay en el corazón, el mayor perturbador de la paz del alma y de la dulce comunión con Cristo: fue el primer pecado cometido, y yace en lo más bajo de los cimientos de todo el edificio de Satanás, y es desarraigado con la mayor dificultad, y es el más oculto, secreto y engañoso de todos los deseos, y a menudo se arrastra sigilosamente en medio de la religión, incluso, a veces, bajo el disfraz de la misma humildad.[1]

Con toda seguridad, Edwards tomó este concepto de la Biblia misma. El escritor del Salmo 19 sabía que el orgullo es un pecado engañoso, destructivo y difícil de matar. Él clamó a Dios rogándole: “Guarda también a Tu siervo de pecados de soberbia; que no se enseñoreen de mí. Entonces seré íntegro, y seré absuelto de gran transgresión” (Salmos 19:13).

El pecado del orgullo es tan ofensivo delante de Dios que con toda claridad afirma que lo odia (Proverbios 6:16-17; 8:13; Amós 6:8). Dios abate y humilla a los soberbios (Isaías 2:12; Daniel 4:37; 5:20). La Biblia no deja lugar a dudas o especulación en cuanto a la opinión de Dios acerca del orgullo, la soberbia, la arrogancia, la jactancia: “Los ojos altivos y el corazón arrogante… son pecado” (Proverbios 21:4).

Una definición

Pero ¿qué es el orgullo? Generalmente, en las Escrituras se encuentran diez palabras hebreas y dos griegas que se refieren al orgullo (o sus sinónimos). Estos términos describen a personas elevadas o exaltadas en actitud.[2] La palabra hebrea ge’a, traducida “orgullo” en Proverbios 8:13 (NBLA), viene de una raíz que significa “elevarse”.[3] La palabra juperéfanos, traducida “soberbios” en Lucas 1:51, significa “mostrarse sobre los demás”. Esta palabra está compuesta por dos términos: juper, que significa “encima”, “sobre”, y fainesthai, que significa “mostrarse”.[4] Juan Calvino dice que esta palabra se refiere a “los que están levantados, por así decirlo, en lo alto, [y] miran hacia abajo a los que están, por así decirlo, debajo de ellos con desprecio”.[5]

Pero el orgullo tiene también otra dimensión. No solamente describe la actitud de una persona hacia otra, sino también la actitud de una persona hacia Dios. El orgulloso piensa que es independiente de Dios, que no lo necesita, incluso se cree mayor que Él. En Daniel 5:20-21, el profeta expresa cómo el corazón de Nabucodonosor “se enalteció y su espíritu se endureció en su arrogancia”. ¿Cómo humilló Dios a este rey? Él “fue depuesto de su trono real y su gloria le fue quitada. Fue echado de entre los hombres, su corazón se hizo semejante al de las bestias y con los asnos monteses tuvo su morada. Se le dio a comer hierba como al ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, hasta que reconoció que el Dios Altísimo domina sobre el reino de los hombres y que pone sobre él a quien le place” (énfasis añadido). Nabucodonosor creyó que era independiente de Dios, incluso superior a Él. Por eso fue humillado.

Podemos, entonces, definir el orgullo como la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. El orgullo es pensar más alto acerca de ti mismo, percibirte arriba, independiente de Dios y por sobre otras personas.

Algunos ejemplos bíblicos

Esa actitud de independencia de Dios y superioridad hacia otros ha sido la característica del ser humano a lo largo de la historia. En las Escrituras vemos muchos ejemplos de orgullo. Aquí algunos:

Adán y Eva fueron tentados por Satanás con estas palabras: “el día que de él coman [del árbol que Dios les había prohibido], se les abrirán los ojos y ustedes serán como Dios” (Génesis 3:5). Ellos comieron del fruto porque creyeron que serían “como Dios”, y ¿quién necesita a Dios cuando puedes ser como Él?

Después del diluvio, los hombres se unieron para construir una torre, la Torre de Babel. Ellos dijeron: “Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre cuya cúspide llegue hasta los cielos, y hagámonos un nombre famoso, para que no seamos dispersados sobre la superficie de toda la tierra” (Génesis 11:4). Si nosotros podemos hacernos nuestro propio reino, ¿quién necesita el señorío de Dios y vivir bajo Su gobierno?

Unos 600 años antes de Cristo vivió un rey que gobernó el imperio más grande de su tiempo, el imperio de Babilonia. Este rey se llenó de orgullo. Por eso Dios envió un mensaje acerca de él por medio del profeta Isaías. Esta profecía la encontramos en Isaías 14:12-15: “¡Cómo has caído del cielo, oh lucero de la mañana, hijo de la aurora! Has sido derribado por tierra, tú que debilitabas a las naciones. Pero tú dijiste en tu corazón: ‘Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios levantaré mi trono, y me sentaré en el monte de la asamblea, en el extremo norte. Subiré sobre las alturas de las nubes, me haré semejante al Altísimo’. Sin embargo, serás derribado al Seol, a lo más remoto del abismo”.[6]¿Quién necesita a Dios cuando tiene como meta ser semejante a Él? Juan Calvino, exponiendo sobre este pasaje, dice que “todos los que se atreven a atribuirse más de lo que Dios permite son culpables de exaltarse a sí mismos contra Dios, como si le declararan la guerra; porque donde hay orgullo, ahí también hay desprecio contra Dios”.[7]

Cuando llegamos al Nuevo Testamento, encontramos a dos de los discípulos de Jesús haciendo una petición. Días antes de la crucifixión de Cristo, Jacobo y Juan se le acercaron para pedirle los puestos más altos, las posiciones de mayor poder y autoridad en Su reino. En Marcos 10:37 leemos cuál fue esa petición: “Concédenos que en Tu gloria nos sentemos uno a Tu derecha y el otro a Tu izquierda”. Ellos no querían estar debajo de nadie, no querían las posiciones más bajas. Ellos querían estar elevados por sobre todos, en las posiciones de mayor honor.

En la tercera carta de Juan leemos de un líder de una iglesia a quien le gustaba “ser el primero” (v. 9). Diótrefes —junto con Adán, Eva, los hombres de la Torre de Babel, el rey de Babilonia, Jacobo y Juan— llenan la descripción de orgullo: ellos tuvieron la actitud pecaminosa del corazón humano de independencia de Dios y superioridad hacia los demás. Ellos pensaron altas cosas acerca de sí mismos, se percibieron arriba, independientes de Dios y por sobre otras personas.

¿Qué de nuestro orgullo?

No podemos dejar de darnos por aludidos cuando hablamos del orgullo. ¿Acaso no nos hemos pensado superiores a otros e independientes de Dios? Si somos honestos, debemos responder con un rotundo: “Sí, por supuesto”. Podemos dar por hecho que nosotros hemos sido orgullosos y luchamos con ese pecado cada día. Seguimos en la misma tradición de Adán y Eva, Jacobo y Juan, el rey de Babilonia y Diótrefes.

Charles Spurgeon dijo que el orgullo “nació con nosotros y no morirá ni una hora antes que nosotros”.[8] El puritano Thomas Brooks escribió lo siguiente sobre este pecado tan propio de la naturaleza humana caída: “El primer mal que más acompaña a la juventud es el orgullo. Orgullo del corazón, orgullo por la vestimenta, orgullo por las posiciones (1 Timoteo 3:6). Los jóvenes son susceptibles de enorgullecerse por la salud, la fuerza, las amistades, las relaciones, la inteligencia, la riqueza y la sabiduría. [Es muy raro] encontrar a un joven humilde”.[9]

La pregunta no es, entonces: ¿soy yo orgulloso? Más bien, debemos preguntarnos: ¿en qué áreas de mi vida puedo detectar el orgullo y cómo está siendo expresado? No podemos hacer morir ese pecado que ofende tanto a Dios y nos pone en enemistad con nuestro prójimo si no lo reconocemos primero. Medita en las palabras de John Stott: “En cada etapa de nuestro desarrollo como cristianos y en cada esfera de nuestro discipulado cristiano, el orgullo es nuestro más grande enemigo y la humildad nuestro más grande amigo”.[10]

En las próximas semanas continuaremos considerando con más detalle el orgullo y la humildad, con aplicaciones específicas a los hombres cristianos. ¡Que Dios nos ayude a hacer morir cada día el pecado del orgullo en nosotros!


[1] Jonathan Edwards, Jonathan Edwards’ Resolutions and Advice to Young Converts [Las resoluciones de Jonathan Edwards y el consejo a nuevos creyentes], (versión Kindle sin datos de publicación), ubicación 132 de 164.

[2] Walter A. Elwell y Barry J. Beitzel, “Pride” [“Orgullo”], Baker Encyclopedia of the Bible [La encyclopedia bíblica Baker] (Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1988), 1752.

[3] Alfonso Lockward, Nuevo Diccionario de La Biblia (Miami: Editorial Unilit, 1999), 775.

[4] William Barclay, Palabras griegas del Nuevo Testamento: Su uso y significado (El Paso, TX: Casa Bautista de Publicaciones, 1977), 103.

[5] John Calvin y John Owen, Commentary on the Epistle of Paul the Apostle to the Romans [Comentario sobre la epístola de Pablo el apóstol a los Romanos] (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 82.

[6] Algunos teólogos afirman que este pasaje es también una descripción de la rebelión y la caída de Satanás. Ver, por ejemplo, el capítulo 20 de la Teología sistemática de Wayne Grudem (Miami, Florida: Editorial Vida, 2007).

[7] John Calvin y William Pringle, Commentary on the Book of the Prophet Isaiah [Comentario sobre el libro del profeta Isaías] vol. 1 (Bellingham, WA: Logos Bible Software, 2010), 445.

[8] En su sermón predicado el 4 de octubre de 1857, titulado “Fear Not” [“No teman”].https://www.spurgeongems.org/sermon/chs156.pdf, accesado el 14 de julio de 2020.

[9] Thomas Brooks, Manzanas de Oro, ed. David Vela, trad. Samuel Ortiz, vol. II (Bellingham, WA: Editorial Tesoro Bíblico, 2018).

[10] John Stott, “Pride, humility, and God” [“Orgullo, humildad y Dios”] en J. I. Packer y Loren Wilkinson, eds., Alive to God: Studies in Spirituality [Vivo para con Dios: estudios acerca de la espiritualidad] (Vancouver, BC: Regent College Publishing, 2000), 119.