“Predicación es la comunicación en forma de discurso oral de un mensaje extraído de las Sagradas Escrituras a través de una exégesis cuidadosa, transmitido con autoridad, convicción, denuedo, pasión, urgencia y compasión, a través de toda la personalidad de un hombre llamado y calificado por Dios, bajo la influencia y el poder del Espíritu Santo, con el fin de suplir las necesidades de un auditorio”[1]

Esta es una definición de predicación dada por el pastor Sugel Michelén y la suscribo completamente, sobre todo porque se ocupa del mensajero y también del contenido y propósito del mensaje.

No cabe duda que la predicación debe suplir una necesidad, a los creyentes y a los no creyentes que sean expuestos a ella y es precisamente por eso que aplicar el sermón es una de las partes más importantes de predicar aunque no siempre sea la más fácil.

Aplicar el sermón es tomar las verdades expuestas con claridad desde las Escrituras y hacerlas útiles a las necesidades de los oyentes. Es el arte de convertir la complejidad de la interpretación de un pasaje de las escrituras en un llamado a ponerlo en práctica en las distintas áreas de la vida de los oyentes.

Un sermón sin aplicación es como comprar un aparato electrónico desarmado y no tener las instrucciones para ponerlo en funcionamiento; podrá ser el aparato más sorprendente del mundo, pero si no sabemos como ponerlo en funcionamiento no sirve más que para ser apreciado de lejos.

Es por eso que quiero dedicarme en este artículo a hablar de la necesidad de nunca dejar nuestros sermones sin aplicación.

Predicar no es un mero ejercicio académico

La predicación se diferencia de cualquier otra forma de discurso porque no solo es la presentación de un conjunto de verdades sino de las instrucciones implícitas en el mensaje y que son útiles para la vida.

Muchos predicadores son sorprendentemente audaces para encontrar los más recónditos significados de palabras no conocidas, manejan con habilidad la semántica, las realidades históricas y gramaticales alrededor de un pasaje bíblico e incluso las apreciaciones de pensadores y teólogos a lo largo de la historia de la iglesia, pero tristemente eso es todo lo que su predicación es: una buena catedra académica sobre una porción de las Escrituras.

Lo que muchos oyentes pueden decir de este tipo de predicación es que quien expone es una persona muy inteligente, pero nada de eso resulta útil para su vida real.

No estoy diciendo que se debe sacrificar la rigurosidad en la exégesis y la interpretación de un texto a fin de hacerlo liviano y relevante, ni más faltaba, se trata de ser equilibrados, encontrar el sentido del texto para la audiencia original y luego traer dicho sentido con utilidad a la audiencia presente.

De hecho, predicar es también el arte de tener toda la información posible acerca de un pasaje de la Biblia y llevar al púlpito solo lo que es necesario para el ánimo, la exhortación y la edificación de los oyentes.

La aplicación no es un mero ejercicio moral

Pero el otro extremo también es dañino. Si bien, los sermones no son un ladrillo de conocimiento e intelectualismo, tampoco han de ser una gelatina, tan blandos y alejados de el significado de las Escrituras que sean meros discursos de motivación moral.

Aplicar un sermón no es terminar diciendo: debemos hacer esto y debemos dejar de hacer esto otro. La biblia no es un manual de moralidad, no es acerca de como comportarnos principalmente sino de la realidad de nuestro pecado, la necesidad del arrepentimiento y la ayuda que viene del Salvador, así que, más que un instructivo moral, la aplicación de un sermón debe orientarnos a reconocer nuestra insuficiencia y cuánto necesitamos de Jesús y el Evangelio en general.

Nosotros somos incapaces de vivir a la altura de las demandas divinas por nuestra propia cuenta, de hecho es imposible, pero el llamado es a confiar en el que es nuestra justicia, en Jesús, finalmente es de él de quién se trata toda la Escritura y hacia él a donde debe apuntar cada exposición de ella.

La aplicación debe ser útil a la audiencia

Imagina a un predicador que hablando sobre mayordomía cristiana, dice a sus oyentes que deben ser cuidadosos acerca de cómo administrar bien lo que Dios pone en sus manos y que eso debe verse reflejado en la manera en que invierten su dinero, especialmente considerando las dinámicas cambiantes de la bolsa y el mercado. El único problema es que está hablando a una audiencia de personas en una aldea recóndita compuesta por personas pobres que no tienen ni idea de qué son las dinámicas macroeconómicas y menos las variaciones de la bolsa.

La aplicación de los sermones no solo debe ser pertinente sino relevante al contexto de los que escuchan. El significado de un pasaje de las Escrituras no debe variar si se predica en Colombia o en China, pero la manera en que esas verdades pueden ser aplicadas sí debe ser acorde con el entorno propio de cada audiencia.

La aplicación no debe dejar sin esperanza

Finalmente, la aplicación de un sermón nunca debe dejar a los oyentes sin esperanza. Es posible que el pasaje conduzca a una aplicación de exhortación y un llamado al arrepentimiento; debemos asegurarnos entonces que quienes escuchan puedan correr a Jesús, no dejarlos destruidos en su propia frustración, sino mostrarle los brazos abiertos del Salvador esperando a todos los trabajados y cargados que vayan a él.

Nunca permitas que tus aplicaciones sean como golpes de los cuales tus oyentes no puedan levantarse, nunca permitas que se vayan a sus casas sin la esperanza que hay en Jesús, nunca sabes si los volverás a ver, nunca permitas que se vayan sin Cristo.

Salomón destiló sabiduría en cuanto esto, uno de sus proverbios cita:

Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada;
Mas la lengua de los sabios es medicina. (Prov 12:18)

No pierdas esto de vista mientras oras fervientemente al Señor por los que se exponen y se expondrán a tu predicación.


[1] Sugel Michelén; https://www.coalicionporelevangelio.org/entradas/sugel-michelen/que-es-predicacion/