Servimos a un Dios que olvida. Este olvido no refleja ninguna falta en Él, ninguna debilidad de su mente o de su memoria. Por el contrario, refleja el poder de su misericordia y su gracia, porque sólo olvida lo que nos separaría de Él y lo que alejaría a los humanos pecadores de un Dios Santo. Es nuestra pecaminosidad la que Él quita de su mente, nuestra maldad la que Él no recuerda más. Aunque ha visto todo el mal que hemos hecho y todo el bien que hemos dejado de hacer, aun así, lo ha desterrado todo de su mente. Nos considera como si nunca hubiéramos pecado, se relaciona con nosotros como si sólo hubiéramos sido tan justos como Cristo.

Ese olvido es intencionado, no involuntario; una decisión, no un error. Es una prueba del carácter de Dios, una manifestación de su misericordia. Y esto nos reta a todos con una pregunta: ¿Por qué deberíamos recordar lo que Dios olvida?

¿Por qué hemos de insistir en los pecados que hemos cometido y que Dios mismo ha olvidado? ¿Por qué hemos de vivir en un pasado vergonzoso que Dios ya ha borrado de su mente intachable? No importa el objeto de nuestro pecado, no importa la gravedad de nuestras transgresiones, cada una de ellas ha sido dirigida en última instancia contra Dios. Contra Él, sólo contra Él hemos pecado y hemos hecho lo que es malo ante sus ojos, incluso cuando hemos afligido nuestra propia conciencia o cuando hemos atentado contra nuestros semejantes. En cada caso, Dios ha sido víctima y testigo, pero también abogado y juez. En cada caso nos ha declarado inocentes, porque ha dirigido esos pecados en contra de Cristo y ha acreditado la justicia de Cristo hacia nosotros.

Ha hundido esos pecados en las profundidades del océano, los ha arrojado a sus espaldas, los ha apartado tan lejos como el este está del oeste. Los ha olvidado todos. Y si hemos de ser santos como Dios es santo, entonces debemos imitar a nuestro Padre en su olvido. Debemos recibir su perdón, olvidar lo que hemos hecho, avanzar en su misericordia y no pecar más.

Y entonces, ¿por qué hemos de recordar las ofensas que otros han cometido contra nosotros cuando Dios ha olvidado las ofensas que nosotros hemos cometido contra Él? El que ha sido perdonado mucho, ama mucho, y el que ama mucho, olvida mucho. Si Dios no guarda registro de las ofensas, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros? ¿Qué derecho tiene un marido de llevar la cuenta de los pecados y ofensas de su mujer, o una mujer de los defectos y fracasos de su marido, cuando Dios ha mirado en lo más profundo de sus corazones, cuando Dios ha sido testigo de los motivos ocultos detrás de cada una de sus acciones, y cuando ha olvidado toda la depravación que ha visto allí?

¿Qué beneficio hay en que un pastor guarde una lista de los defectos de un miembro de la iglesia cuando tanto el pastor como el feligrés han pecado profundamente y han sido perdonados gratuitamente? ¿Cómo podríamos nosotros, que hemos recibido la dulce misericordia del olvido, no concederla a otro? ¿Acaso albergar los pecados de otro y contarlos contra él no sería pedirle a Dios que se acuerde de nuestros pecados y los cuente contra nosotros? Es la gloria de un hombre pasar por alto cualquier ofensa porque es la gloria de Dios olvidar toda ofensa.

Dios demuestra su amor por nosotros en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Y Dios sigue demostrando su amor por nosotros al proveer el olvido necesario que amerite nuestro pecado. Cuando nos apartamos de nuestros pecados, Él los olvida. Su olvido es inseparable de su perdón, es la prueba del mismo. Y si estamos llamados a ser imitadores de Dios como hijos queridos, entonces debemos olvidar lo que queda atrás—todos los pecados que hemos cometido, todas las ofensas que hemos sufrido—y esforzarnos siempre y sólo por lo que está por delante. Debemos aprender a olvidar como Dios olvida.