Ahora estoy bien metido de lleno en una serie titulada «Por qué no soy…». En una época en la que muchos consideran que las creencias religiosas son subjetivas e irracionales, estoy convencido de que cualquier convicción que merezca la pena debe resistir el escrutinio. Así que entonces, ¿cómo llegué a mi fe? ¿Por qué confío en mis creencias más profundas? Estas son las preguntas que estoy intentando responder, y lo hago analizando algunas de las creencias que he sopesado, pero que las hallé insuficientes. Ya he contado por qué no soy ateo y por qué no soy católico romano. Hoy quiero contarte por qué no soy liberal teológico.

Necesito definir lo que quiero decir con el término. El liberalismo teológico surgió cuando los cristianos profesantes se esforzaron por reconciliar las mentes modernas con las creencias antiguas. Encontraron aparentes conflictos entre la ciencia y las escrituras, por ejemplo, y se esforzaron por reconciliar las dos. Los cristianos habían profesado tradicionalmente que la inerrante e infalible Palabra de Dios es la «norma normativa», el estándar que está por encima de todos los demás. Los liberales, sin embargo, empezaron a poner mucho más énfasis en la mente humana y estaban dispuestos a invalidar las interpretaciones de las escrituras que se habían sostenido durante mucho tiempo para hacer las paces con los descubrimientos y las sensibilidades modernas. En el fondo, pues, el liberalismo era una cuestión de autoridad—la autoridad de la Biblia contra la autoridad de la mente humana. Una tendría que tener prioridad sobre la otra.

Aunque la terminología del liberalismo teológico se ha desvanecido, su espíritu sigue vivo. Para dar un ejemplo, el movimiento de la iglesia emergente era poco más que un liberalismo moderno disfrazado de ropa posmoderna. Y es en este contexto en el que lo encontré por primera vez. Como muchos otros, me encontré investigando la teología reformada en el mismo momento en que la iglesia emergente estaba en su apogeo. Cada uno de estos movimientos que competían entre sí tenía su propia atracción, pero eran incompatibles debido a sus puntos de vista opuestos de las escrituras.

Creo que los movimientos reformado y emergente ganaron prominencia como alternativa al movimiento de crecimiento de la iglesia. El crecimiento de la iglesia había dominado el panorama evangélico durante muchos años, pero mucha gente se había desilusionado con su marca de gran cristianismo, con tanto énfasis en la forma y el estilo, pero tan poco en el contenido y la ortodoxia. Ambos movimientos ofrecían una alternativa convincente. El movimiento reformado ofrecía una teología protestante histórica llevada a cabo a través de la predicación expositiva, mientras que el movimiento emergente ofrecía una autenticidad relacional llevada a cabo a través de la comunidad y la defensa. Ambos eran atractivos para la gente que estaba cansada de otro programa, de otra «próxima gran cosa».

La iglesia a la que asistía en aquel momento fue descrita una vez por un visitante sarcástico como «otra mera imitación de Saddleback/Willow Creek», aunque eso no significaba nada para mí en aquel momento. Con el paso de los años, la iglesia empezó a utilizar los vídeos de Nooma de Rob Bell, que habían empezado como una inteligente investigación teológica, pero que pronto se acercaron terriblemente al liberalismo. Algunos de los líderes de la iglesia empezaron a leer y distribuir libros de Brian McLaren y otros escritores emergentes. Al mismo tiempo, me enteré de que un amigo cercano estaba incursionando en formas más antiguas de liberalismo, primero leyendo libros que había tomado prestados de la biblioteca pública local y luego revocando por completo la fe.

Entre la iglesia y mi amigo tenía razones para investigar el liberalismo tanto en sus formas clásicas como contemporáneas. Lo hice leyendo libros. Leí a James White, James Montgomery Boice, R.C. Sproul, John MacArthur, Michel Horton, Wayne Grudem y otros también. Pocos de estos libros, si es que alguno, trataban el liberalismo de frente, pero tampoco  era necesario. Estos autores presentaron un frente unido cuando se trataba de una teología de la Biblia, y entre ellos renovaron y reforzaron mi comprensión de la inerrancia, infalibilidad, claridad, necesidad, suficiencia y autoridad de las escrituras. Crecí en mi convicción de que la Biblia es inerrante, que, como dice Grudem, «la escritura en los manuscritos originales no afirman nada que sea contrario a la verdad». O, mejor aún, como dice la Biblia, «Probada es toda palabra de Dios» (Pr. 30:5) y «Las palabras del SEÑOR son palabras puras, plata probada en un crisol en la tierra, siete veces refinada» (Sal. 12:6).

Detrás de la doctrina de la inerrancia estaban la doctrina de la suficiencia (que Dios ha dicho a través de las escrituras todo lo que tiene que decir para que lo honremos y lo obedezcamos), la doctrina de la claridad (que el mensaje central de la Biblia y la respuesta apropiada a él quedan claros en sus páginas) y la doctrina de la necesidad (que dependemos totalmente de la revelación que Dios hace de Sí mismo). Y de ahí no fue más que un sólo pequeño paso hacia la dulce doctrina de la autoridad de la Biblia (que «descreer o desobedecer cualquier palabra de la escritura es descreer o desobedecer a Dios»). Vi que Dios me llamaba a reconocerlo y obedecerlo de forma voluntaria, libre, gozosa e inmediata, reconociendo y obedeciendo Su Palabra.

Cuando volví a mirar a la iglesia emergente o al liberalismo clásico de mi amigo, vi que en el centro de todo ello estaba la negación de la autoridad de la Palabra de Dios. Estas personas leían la Biblia, predicaban la Biblia, escribían sobre la Biblia y profesaban honrar la Biblia, pero todo el tiempo negaban la plena autoridad de la Biblia. Aceptaron la Palabra de Dios en sus propios términos. Pero Dios no nos da esa opción. Tomar la Biblia en cualquier término que no sea el suyo propio es rechazar la Biblia por completo.

No soy liberal teológico y nunca lo seré. En cambio, soy evangélico y afirmo con gozo la autoridad de la Biblia mientras intento vivir de acuerdo con ella. Mis investigaciones sobre el liberalismo me llevaron a salir de la iglesia a la que pertenecía y a entrar en una iglesia que era tanto evangélica como reformada. Y esto sirve como una transición apropiada a mi próximo artículo en el que discutiré por qué no soy arminiano.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.challies.com/articles/why-i-am-not-liberal/

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.