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    Por qué no soy igualitario

    Sólo me quedan dos artículos de esta serie que he titulado «Por qué no soy…». Semana tras semana voy describiendo por qué he rechazado algunas posturas teológicas a favor de otras y mi propósito no es tanto persuadir, sino explicar. Hay una historia detrás de cada postura a la que me adhiero y cada uno de estos artículos cuenta una de esas historias. Ya he contado por qué no soy ateo, católico romano, liberal, arminiano, paedobaptista o dispensacionalista. Hoy quiero contar por qué no soy igualitario.

    Es necesario comenzar con un par de definiciones clave. El igualitarismo es «la visión teológica de que no sólo todas las personas son iguales ante Dios en su personalidad, sino que no hay limitaciones basadas en el género de las funciones o roles que cada uno puede cumplir en el hogar, la iglesia y la sociedad». Esa postura se contrasta con el complementarismo «que sostiene el punto de vista teológico de que aunque los hombres y las mujeres han sido creados iguales en su ser y en su personalidad, han sido creados para complementarse el uno al otro a través de diferentes roles en la vida y en la iglesia».[1] Ambas posturas afirman la absoluta igualdad del hombre y la mujer en su ser, personalidad, dignidad y valor, pero difieren cuando se trata de determinar si existen roles y funciones distintos otorgados por Dios a cada género, especialmente en lo que respecta al hogar y la iglesia.

    Yo no soy igualitario y nunca lo he sido, pero eso no quiere decir que no haya sido desafiado por los puntos fuertes de la postura o los excesos de algunas definiciones del complementarismo. He examinado cuidadosamente lo que creo sobre la masculinidad y la feminidad. He leído ampliamente y tanto como sea posible, con una mente abierta y una Biblia abierta. He estudiado cuidadosamente los textos bíblicos relevantes. A medida que he hecho todo esto, me he ido convenciendo cada vez más de la posición complementaria, pero también me han preocupado cada vez más los que hacen un mal uso o un abuso total de ella. De esa manera, no sólo he tenido que definirme como complementarianista, sino también, definir qué tipo de complementarianista soy.

    Déjame retroceder apenas un poco. Aileen y yo crecimos en hogares canadienses tradicionales de clase media en los que los padres proveían a sus familias mientras las madres se enfocaban en cuidar el hogar y criar a sus hijos. No habíamos oído a menudo palabras como «liderazgo» y «sumisión», sino que las vimos vividas en silencio y sin problemas en un contexto de amor y respeto mutuos. Crecí asistiendo a varias iglesias y éstas eran, asimismo, siempre muy tradicionales en su entendimiento de los roles complementarios de hombres y mujeres en el hogar y la iglesia.

    Cuando Aileen y yo comenzamos a considerar nuestro futuro juntos, asumimos que seguiríamos patrones similares a los que habíamos experimentado en nuestra niñez. Según recuerdo, nuestra primera discusión real se produjo al elegir nuestros votos matrimoniales. Queríamos utilizar los votos anglicanos tradicionales, en gran medida por su orgullosa tradición y su hermosa redacción. Pero tuvimos que discutir la palabra «obedecer». Estos votos me hacían prometer que «amaría y cuidaría» a Aileen, mientras que ella prometería que me «amaría, cuidaría y obedecería». Aunque no nos gustaba la palabra «obedecer», tampoco teníamos fuertes objeciones a ella ni queríamos romper con la tradición. Esos son los votos que nos hicimos el uno al otro.

    A pesar de nuestros votos, no tuvimos un buen comienzo como pareja complementaria, y estoy convencido de que fue en gran parte culpa mía. Yo era pasivo e inmaduro y me dejaba intimidar fácilmente incluso por mi dulce esposa. Una pareja mayor nos había dicho que el papel de liderazgo del esposo implica poco más que ejercer su autoridad como medida de desempate. Como rara vez estábamos en desacuerdo sobre algo importante, no vi ninguna razón ni oportunidad para liderar. Me tomó años entender que el liderazgo pasivo es un oxímoron. Me tomó aún más tiempo entender que el liderazgo de un esposo no es primero una cuestión de romper empates o resolver impases, sino una cuestión de ser el primero en amar, el primero en servir, el primero en arrepentirse, el primero en perdonar. El llamado a liderar es el llamado a mostrar la humildad y el amor de Cristo. Aunque con demasiada frecuencia he fracasado en esto, al menos se ha convertido en mi objetivo.

    Hubo algunos libros que reforzaron mis convicciones: Recovering Biblical Manhood and Womanhood (Recuperando la masculinidad y la feminidad bíblica) por John Piper y Wayne Grudem, fue uno de los que consulté muchas veces mientras que El ministerio de mujeres en la iglesia local por Ligon Duncan y Susan Hunt también resultó especialmente útil. Hubo otros más, aunque ahora sus títulos se me escapan. Al mismo tiempo, el crecimiento del movimiento del patriarcado bíblico me desafió y rápidamente me di cuenta de que en muchos aspectos va más allá de lo que la Biblia enseña y desempodera peligrosamente a las mujeres. Aunque esto no hizo sacudir mi convicción en el complementarismo, sí me alertó sobre una de las formas en que incluso la buena teología puede ir mal cuando se extiende más allá de los buenos límites de la Biblia. Hay peligros en ambos lados de la verdad.

    ¿Por qué, entonces, no soy igualitario?

    La razón principal por la que no soy igualitario es porque creo que la postura fracasa en resistir un escrutinio bíblico serio. Ciertamente, puede prevalecer en un nivel popular o emocional, pero no veo la manera de que pueda triunfe en un nivel bíblico. La complejidad de palabras como ezer y frases como sumisión mutua son mucho más fáciles de resolver para los complementarianistas que «yo no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre» para los igualitarios. Las apelaciones de Pablo a la prioridad de Adán en el orden de la creación, el enfoque claramente masculino en las calificaciones de un anciano, la extensa enseñanza sobre el matrimonio en Efesios 5, el profundo misterio y la metáfora dentro del matrimonio, todo esto proporciona desafíos a la posición igualitaria que considero insuperables.

    En segundo lugar, no soy igualitario porque el complementarismo se me ha probado. En el contexto de la comunidad cristiana, tanto Aileen como yo hemos podido ver e imitar a parejas y mentores piadosos. La teología que puede ser difícil de describir en abstracto a menudo se muestra maravillosamente en la vida de otros cristianos. Y en nuestro propio matrimonio, hemos visto que el complementarismo funciona, que pone orden, que aporta consistencia, que nos libera para servir el uno al otro en maneras que parecen ser muy consistentes con el diseño de Dios para todo el mundo. Puede ser que yo haya aprendido más sobre el complementarismo de Aileen que de cualquier otra persona, simplemente por haber vivido estos dieciocho años a su lado.

    Soy complementarianista, pero mucho mejor, somos complementarianistas. Confío en Aileen, busco su sabiduría, escucho sus consejos. Soy alegre y desvergonzadamente dependiente de ella y no querría que fuera de otra manera. Al mismo tiempo, trato de guiarla buscando e imitando a Aquel que me guía.

    Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.challies.com/articles/why-i-am-not-egalitarian/

    [1] https://www.theopedia.com/egalitarianism (información en inglés)