Hoy me embarco en la primera parte de mi serie prometida «Por qué no soy». Esta serie fue suscitada por la pregunta acerca de cómo llegué a mis creencias religiosas. ¿Por qué creo tan firmemente en la existencia de un Dios en lugar de dudar o negarlo? ¿Por qué soy protestante en lugar de ser católico romano? Comencé a pensar en estas preguntas y en muchas más, y, naturalmente, mis pensamientos se plasmaron por escrito. Hoy quiero comenzar con la pregunta más amplia de todas y exponer por qué no soy ateo. Mi objetivo no es primero persuadir, sino simplemente explicar.

Mis creencias sobre la existencia y la identidad de Dios se originaron en mi infancia. Nací de padres cristianos y me crié en un hogar cristiano donde me enseñaron los fundamentos de la fe cristiana. Nada es más fundamental para el cristianismo que la existencia de un Dios. De niño memoricé la cuarta respuesta del Catecismo Menor de Westminster, que proporciona una conmovedora introducción a este Dios: «Dios es un Espíritu, infinito, eterno e inmutable, en Su ser, sabiduría, poder, santidad, bondad, justicia y verdad». Nunca hubo un momento en mi vida en el que no reconociera la existencia de un Dios, e incluso de un Dios muy parecido a éste. Lo que fue asumido en mi corazón y mente de niño, luego echó raíces más profundas en mi corazón y mente de adulto.

Nunca hubo un momento en que negara la existencia de Dios. No sólo eso, sino que nunca hubo un momento en que ni siquiera lo dudara. Ni una sola vez he tenido pensamientos inquietantes mientras estaba despierto por la noche; ni una sola vez he tenido luchas intelectuales con la idea de que quizás Dios no exista. Eso no quiere decir que nunca haya interactuado con ateos o me haya encontrado con sus afirmaciones. He leído las obras de muchos de los ateos más destacados de la actualidad: Dawkins, Harris y Hitchens. He visto «The God Who Wasn’t There» (El Dios que no estuvo allí). Sé lo que dicen estas personas y por qué lo dicen. Pero ninguna de sus afirmaciones ha resonado en mí. De hecho, sus afirmaciones solo han servido para profundizar mi fe. Nunca he dudado de la existencia de Dios, como tampoco he dudado de la mía. Simplemente esa es la verdad.

Entonces, ¿por qué no soy ateo? Quiero dar dos respuestas.

Primero, según la Biblia, no soy ateo porque Dios determinó que no lo fuera. Mira, no es que tenga alguna inclinación espiritual, intelectual o filosófica dentro de mí que me empuje hacia Dios. Más bien, tengo todos los rasgos de un ateo muy convencido—una inclinación a alejarse de la autoridad y dirigirse hacia la independencia, una mente cuestionadora y un espíritu inquieto. Pero Dios eligió revelarse a mí y atraerme hacia Él mismo. A Su manera y para Sus propios propósitos se reveló a sí mismo, Su existencia, Su bondad, Su poder; y yo respondí con fe, con creencia. En última instancia, pues, no soy ateo porque Dios se ha mostrado a sí mismo a mi persona.

Esa es la primera respuesta y la segunda no puede separarse de ella: No soy ateo por las cosas que creo y las decisiones que he tomado. Dios obra a través de la capacidad y la agencia humanas, no aparte de ellas. Y de esa manera no soy ateo sobre la base de la evidencia que he observado y las conclusiones que he sacado.

Veo evidencia de Dios en existencia. La pregunta fundamental que todo ser humano debe responder es ésta: ¿Cómo es que hay algo en lugar de nada? Todos tenemos que lidiar con la cuestión de la existencia, con la realidad de que hay un mundo, de que hay un universo, de que hay algo. La existencia es imposible, o por menos tan improbable, que toda persona debe considerar al menos que tal vez la existencia se deba a alguien que  preexiste a ella, alguien que trasciende el espacio y el tiempo. Por mucho que lo intente, no puedo explicar la existencia de otra manera que no sea a través de la existencia previa de un Dios.

Veo evidencia de Dios en el diseño. Veo evidencia de Dios en la existencia, y más evidencia en el orden de lo que existe. Este universo sigue leyes y patrones, se comporta de manera consistente. No veo ninguna razón para permitir o incluso imaginar que algo tan ordenado como este universo haya llegado a existir sin algún tipo de agencia, sin que un ser ordenado extienda su orden en él. Cuando miro las estrellas, las criaturas y los cromosomas, no puedo evitar ver las huellas de Dios. Cuando miro la pura maravilla de un sol resplandeciente, de una flor en plena floración, de un ojo humano, no veo casualidad ni azar, sino diseño, orden y propósito. Donde hay arte hay un artista, donde hay algo hay un alguien, y donde hay diseño hay un diseñador.

Veo evidencia de Dios en la humanidad. Cuando miro todo lo que existe y todo lo que refleja el diseño, está claro que una cosa, una criatura, está por encima de todo. Los seres humanos trascienden todo lo demás en pura maravilla y capacidad. Sólo los seres humanos hacen grandes preguntas sobre el significado y el propósito y lo que hay más allá. Sólo los seres humanos se asombran y se maravillan. Sólo los seres humanos anhelan la trascendencia y reconocen un alma trascendente, una parte de ellos que no puede verse ni tocarse ni cuantificarse, pero que sigue siendo tan real. Me parece claro que los seres humanos fueron hechos para reflejar a alguien o algo más, para existir con un propósito más elevado y más grande. Me parece claro que los seres humanos fueron hechos por y para Dios.

Veo la evidencia de Dios en la Biblia. Y luego veo la evidencia de Dios en un libro, en la Biblia. Lo veo en sus palabras, en su sabiduría, en su forma, en su coherencia, en su franqueza, en su veracidad. He leído textos sagrados de otras religiones—el Bhagavad Gita, los Upanishads, el Corán, el Libro de Mormón. Son tan poco sorprendentes, tan poco satisfactorios, tan humanos. He leído la Santa Biblia y he encontrado un libro tan inesperado, tan profundamente desafiante, tan completamente distinto. La Biblia es tan diferente de todo lo demás, de cualquier otro libro, de cualquier forma de sabiduría humana, que tengo que concluir que vino de más allá de los humanos. La Biblia muestra la mente y el corazón de Dios y, de esa manera, proporciona a este mundo una sabiduría de más allá de este mundo.

No soy ateo porque no puedo serlo. Tanto la evidencia como Dios mismo me han alejado de ello. Tanto la evidencia como Dios mismo me han llevado a declarar que Dios existe y que Su Hijo, Jesucristo, es el Salvador de este mundo.

Espero que me acompañen la próxima vez cuando hable de por qué no soy católico romano.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.challies.com/articles/why-i-am-not-atheist/

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.