La palabra santidad suele ser parte de nuestro vocabulario cristiano pero llegamos a ignorar mucho de lo que la palabra implica. Recuerdo que tenía un grupo de amigas que el tema de la santidad simplemente no tenía sentido. Porque al saber que jamás llegaríamos a la perfección en este mundo, no tenía sentido intentarlo o condenarnos tanto por nuestros pecados. Y aunque puede sonar extremista suele ser un pensamiento concurrido en estos tiempos que solemos vivir de está manera aunque no lo admitamos. ¿Por qué? 

Y la respuesta es sencilla: no nos gusta depender de Dios, aceptar nuestro pecado y estar dispuestos a trabajarlo. Lo incierto nos asusta, queremos todo tan rápido como calentar una taza de agua en el microondas en lugar de esperar a que hierva el agua. Lo mismo sucede con la santidad. Vemos la vida como nuestra, olvidamos que absolutamente todo es obra de Dios y le pertenece a Dios.Ni mi cuerpo, ni mi familia, ni el ministerio, ni mis bienes, nada de lo que tengo o soy me pertenece a mí misma. Cuando entendemos que la santidad se refleja de una dependencia del Señor y no de mi misma, logro rechazar el pecado y velar por ser más como Cristo. 

Comienzo a ver mi pecado por lo que es cuando lo veo a través de los lentes del evangelio y la vida de Cristo. Y Dios no nos pide cosas que Él mismo no nos pueda dar. Pero vivir constantemente buscando la santidad requiere morir a nosotros mismos, ver el pecado por lo que es: muerte. Hasta que no tomemos en serio la oscuridad del pecado y cómo nos aleja de Dios no podremos apartarnos del pecado.  

Y todo esto lo logramos a medida que nuestra relación con El Señor crece. Y eso no quiere decir que no tengamos dudas o suframos ya sea por nuestro pecado o el pecado de otros. Significa que mi mirada está cimentada en las cosas del cielo, logró darle más importancia a mi relación con Dios sobre lo demás. Ya sea el chisme, el enojo, la falta de perdón, sea cual sea tu pecado, vamos a poder correr al Padre y entregárselo poniendo sobre todas las cosas mantener la santidad, agradar al Padre. Buscamos ser más como Él, imitarlo y amarlo con nuestro estilo de vida. 

Y lo vemos en la vida de Jesús. A lo largo de los evangelios vemos la dependencia a su Padre. Siempre oraba, tenia momentos en donde se apartaba para poder sumergirse en la presencia perfecta de Dios. ¿Cómo logró soportar tentación? ¿Cómo logró confiar en el Padre en medio de su crucifixión? Porque su mirada, su dependencia, estaba en lo que él ya conocía del Padre que no cambiaba. Porque su relación con El Señor era más fuerte que las circunstancias e incluso el dolor físico que podía estar experimentando. Las disciplinas espirituales se vuelven el canal para poder resistir este mundo. Para poder tener relación con El Padre, el que creo los cielos y la tierra.   

Gloria a Dios por las herramientas que en gracia nos ayudan a crecer y acercarnos más a Él. Por ejemplo la oración juega un papel sumamente importante, porque necesitamos tener una relación con nuestro Padre. La lectura de su palabra, rodearte de hermanos y hermanas que puedan impulsarte a seguir los pasos de Cristo. Vivir en comunidad nos lleva a exponernos y ser vulnerables a que necesitamos ayuda. Y parte de la santidad es reconocer esa vulnerabilidad y falencia humana. Lo vemos como David en los Salmos 62:1-2, solo Él puede ser nuestra roca para poder permanecer firmes en este mundo buscando ser más como Él. Y a lo largo de la palabra encontramos una y otra vez la razón de nuestra santidad: honrar al Padre e imitarlo. Y al entender este propósito logramos confiar en su soberanía. De la santidad fluye el gozo, agradecimiento y amor. Todos estos frutos nacen de un corazón dependiente en Él (Hab. 3:17-19).   

Busca al Padre. No hay nada en este mundo que pueda ayudarnos con nuestra santidad más que Él. Y si como Jesús señala en Mt. 18:8-9, es necesario cambiar hábitos, relaciones, prácticas, etc para poder vivir de una forma más santa que agrade al Señor, oremos para que Su espíritu santo que mora en nosotras pueda fortalecernos para hacerlo. Pidamos al Señor que fortalezca nuestra fe, como habla Stg. 1:5-6, pidamos sabiduría confiando que Él es un buen Padre que nos guiara en este caminar cristiano que aunque no es fácil, junto al Señor, es posible. 

Veamos el pecado por lo que es y no bajo los estándares propios que disminuyen el pecado de lo que es. Tengamos en mente la pureza de nuestro Padre y así como un niño, busquemos ser como Él. Que nuestra mirada esté en lo eterno, en lo que nos acerca a su perfecta presencia. Tomemos el sacrificio de Cristo como lo que fue: muerte por el pecado que cometo todos los días. No para condenación sino como una fuente de agradecimiento y gozo hacia el que me adopto y me llama Hija ahora que formo parte de Su familia. Logro descansar y confiar sin importar la circunstancia, porque conozco a mi Padre y Su bondad no se pone en duda. Él no cambia.