Hasta aquí, hemos entendido que el dominio propio es tener gobierno sobre mí mismo, dominar sobre mis emociones, pensamientos y acciones. Es un llamado del Padre al hombre cristiano a controlar el timón de su vida, bajo la dirección del Espíritu Santo, con la finalidad de llegar a ser como Jesucristo. Por su puesto, esta virtud cristiana es más fácil definirla que practicarla.

La vida cristiana fructífera carece de posiciones estáticas y cómodas. El cristiano debe estar creciendo hacia la madurez, o inevitablemente estará retrocediendo; no hay tal caso, de aquel cristiano vigoroso, que en el pasado luchó ardientemente por la fe y al cual sus triunfos de antaño le sostienen en la actualidad; la Biblia habla de andar en el Espíritu o andar en la carne (Gal. 5.16), no hay punto medio. La pasión por Jesucristo debe estar aumentando o te estás enfriando.

¿Cuál es la diferencia entre aquel creyente que avanza hacia la madurez y otro que va en retroceso? ¿Dónde está la fórmula del éxito en la vida cristiana? ¿Si es que acaso la hay? Podríamos pensar en múltiples respuestas, comenzando por la gracia de Dios que obra en nosotros el querer como el hacer (Fil. 2.13), pero si pudiéramos destacar un elemento sobre los demás, sin lugar a duda, podríamos apuntar hacia el dominio propio. Consideremos entonces cuatro razones sobre por qué debemos cultivar esta virtud cristiana.

1. Cultivar el dominio propio porque es un mandato de Dios

Podríamos concluir el capítulo aquí. Dios demanda en 2 Pedro 1:16 que con toda diligencia tengamos dominio propio. Así que, no se hablé más, manos a la obra; cuando Dios ha hablado ha terminado todo argumento. Ciertamente, este debe ser el punto de partida de por qué debemos crecer en el control de nuestras propias vidas. Sin embargo, considero que podemos meditar de manera particular en por qué Dios nos demanda que tengamos dominio propio.

Dios nos ha puesto como gobernantes de este planeta (Gen. 1.28), fuimos creados a Su semejanza (Gen. 1.26) y somos portadores de Su imagen (Gen. 1.27). Esto es una verdad. Aun si los evolucionistas quieran afirmar lo contrario, no somos el producto de la evolución de bestias salvajes. Los animales actúan por impulsos, son seres gobernados por los instintos y el deseo natural que poseen. No así el ser humano, a quien se le ha dado la capacidad de razonar y dominar sus pasiones. Por su puesto, después de la caída, el hombre es cada vez más incapaz de controlar sus deseos naturales, y es un esclavo del pecado que le quiere gobernar (Rom 6. 17-19). Ahora bien, parte de la regeneración que ofrece Jesucristo al salvarnos, es la capacidad de luchar contra los deseos de la carne y dominarnos a nosotros mismos bajo la ley de Dios. No somos bestias salvajes. Somos Sus representantes aquí; aquellos que portamos Su imagen y semejanza. Además de esto, como hombres estamos llamados a ejecutar de manera particular Su gobierno en la sociedad, la familia y la iglesia (Is. 3.12; Ef. 5:23; 1 Tim. 2.12), y para ello, necesitamos dominio propio.

2. Cultivar el dominio propio porque es un don de Dios

Podría parecer un poco altiva la idea de dominarnos a nosotros mismos. ¿Acaso el cristianismo no presenta un paradigma contrario? ¿Que nos neguemos a nosotros mismos y rindamos el gobierno de nuestras vidas al Creador? (Mt. 16.24). ¡Sí! es eso exactamente lo que significa tener dominio propio. Esta capacidad de gobernar nuestra carne es un regalo de Dios para los cristianos (2 Tim 1.7; Gal. 5.22-23). El hombre natural, no ejecuta dominio propio (Ef. 2.1; 1 Cor. 2.14), o no al menos el tipo de dominio que es santo. En realidad, aquel que ejecuta dominio propio, lo que hace es dejarse guiar y gobernar por el Espíritu Santo de Dios. Aquel que tiene dominio propio realmente es como un barco que abre sus velas y se deja impulsar por el viento del Espíritu.

El dominio propio es una herramienta ya dada por Dios a sus hijos (2 Tim. 1.7). Lo que debemos hacer es ponerla en uso por medio de la fe, tomar el timón de cada área de nuestras vidas, voltearlo hacia lo que es la voluntad de Dios y pedir que Él sople con Su fuerza para permitirnos navegar hacia Su destino. Dios no espera de nosotros una santificación pasiva o contemplativa, como aquel que espera ser transformado sin esfuerzo. El proceso de la santificación demanda vigilancia personal recordando que hemos recibido de su mano la capacidad para lograrlo.

3. Cultivar el dominio propio porque esto concierne a los sabios

También podríamos decirlo de manera contraria: debo cultivar dominio propio porque los tontos no lo practican. La palabra tonto suena fuerte, pero es realmente lo que significa ser un necio, alguien que se opone a la sabiduría divina. Si no quieres ser considerado como un necio, entonces este punto puede motivarte a buscar cultivar el dominio propio.
Un hombre que no ejercita esta virtud actúa como un necio. El necio es caracterizado en la Biblia como aquel que no cree en Dios (Sal. 53.1), que aborrece el conocimiento de su creador (Jer. 4.22), una persona que repite los mismos errores una y otra vez (Pro. 20.11), que habla tonterías y mentiras (Pro. 10.18; 18:6-7), es uno que se burla de la rectitud moral (Pro. 14.9), aquel que le encanta buscar pleitos y dejar ver su ira fácilmente (Pro. 20.3; 29.11).

4. Cultivar el dominio propio porque es la manera de ser más como Jesús

Como cuando el barco está avanzando y se dirige a un puerto, así mismo, es el cristiano, cuyo puerto es Jesucristo. Queremos ser como Él, queremos un día verle y ser transformados y perfeccionados a Su imagen (1 Cor. 15.52; 2 Cor. 3.18). Interesantemente el apóstol Pedro enseña que la manera en que un cristiano puede crecer en su avance en conocer mejor a Jesús y poder imitarle, es por medio de la fe (2 Pe. 1.5-8). Pero Pedro declara que a esa fe se le deben añadir otras virtudes como el conocimiento, la perseverancia, la fraternidad, el amor y el dominio propio. La fe verdadera debe ser manifestada en una vida de esfuerzo progresivo que busca parecerse a Cristo. Entonces, ningún creyente podrá avanzar en este propósito a menos que ejercite el control de su vida.

Concluimos pues que el dominio propio, el ser capaz de decir no cuando todos los demás dicen sí. Esa capacidad de retenerse a uno mismo por el deseo de querer ser como Cristo es lo que marcará la diferencia en la carrera cristiana. El dominio propio es una manera de poner en práctica nuestra fe para alcanzar el objetivo de ir creciendo paulatinamente hacia la imagen de Jesús.

Artículo anteriorEl cristiano y el ejercicio
Artículo siguienteLa terrible devastación de un pecado consentido
Santiago Armel (M.Div.) Colombiano, hijo de Dios y profesional en comunicación. Vive en Los Ángeles, California con su esposa Juliana y su hijo Santiago. Actualmente realiza un Th.M. en The Master's Seminary y trabaja en la organización de la Conferencia Expositores. Sirve como maestro en Estudios Bíblicos en Grace Community Church. Puedes seguirlo en Twitter.