“Él que escatima la vara odia a su hijo, más el que lo ama lo disciplina con diligencia” (Pr. 13:24).

¿Alguna vez te has detenido a pensar cuál es la verdadera razón por la que le has impartido disciplina o castigo a tu hijo? Creo que ante esa pregunta muchas contestaríamos que es por su bien, porque se lo merecía o porque queremos que sean buenas personas, que tengan éxito en la vida. Pero lo que hay en nuestro corazón justo en el momento en que damos una corrección o castigo, es precisamente nuestra motivación real para hacerlo.

Una definición de castigo en el diccionario dice: “Pena que se impone a la persona que ha cometido un delito o una falta o ha tenido un mal comportamiento”.

Según proverbios 13:24 el amor, debería ser nuestra motivación para dar disciplina con diligencia. Cuando omitimos la corrección y el castigo, no estamos mostrando amor sino todo lo contrario. Si preferimos hacernos de la vista gorda ante las faltas de nuestros hijos para no perturbar nuestra paz con ellos o para no dejar de ser la mamá cool y “amiga” de nuestros hijos, entonces no los estamos amando, al contrario, los estamos odiando. Es duro, pero no lo digo yo, lo dice la Biblia.

Puede ser que omitir el castigo no sea tu caso, que seas una madre que disciplina diligentemente a sus hijos cuando lo merecen, sin embargo, no necesariamente eso implica que los estés amando o que no haya pecado en tu actuar.

Quiero mostrarles algunos escenarios donde muchas veces podemos creer que estamos corrigiendo y castigando a nuestros hijos por las razones correctas, pero que realmente esa disciplina no es motivada por el amor:

Castigar porque me avergüenzan

A muchas nos ha pasado, un berrinche en el súper mercado, una respuesta irrespetuosa en frente de tus amigas, una queja de la maestra por el mal comportamiento de tu hijo en clase. Son cosas que merecen disciplina, sin embargo, muchas hemos tenido la errada concepción de que nuestros hijos nos reflejan, que ellos nos definen, que su comportamiento nos deja en evidencia como malas o buenas madres y su mala conducta nos avergüenza y daña nuestro orgullo, lo que les hace acreedores de un castigo.

Si comparo a mis hijos con otros niños que se portan mejor y automáticamente me comparo con sus madres, entonces la conducta de mis hijos me dejará en desventaja y será mi orgullo el que me motive a castigarles, y no el amor. Nunca debemos olvidar que nuestros hijos son pecadores desde que nacen (Sal. 51:5), los niños no son “angelitos”, ni santos, toda su naturaleza los inclina a pecar (Ro. 3:10-12), y no es algo que podamos evitar con nuestros esfuerzos.

Por tanto, hasta el hijo de la madre más abnegada y diligente, tendrá conductas inadecuadas en algún momento de su vida, pero eso no nos define como malas o buenas madres. Nuestra identidad está definida por lo que Dios dice que somos, Él dice que somos sus hijas (Jn. 1:12), que Cristo murió por nosotros (Ro.5:8) y que día a día Él va perfeccionando su poder en nuestra debilidad (2Co. 12:8).

Así que, amada hermana no te culpes por el mal comportamiento de tu hijo, si sabes que estás dejándote guiar por la palabra de Dios para criarlo. Nuestros hijos necesitan a Jesús, nosotros no podemos salvarlos, pero todos nuestros esfuerzos deben ir dirigidos a apuntarles a Cristo en amor.

Castigar porque perturban mi paz

El día ha sido difícil, solo queremos que termine, que todo esté en silencio y tener tiempo para ver un programa en la televisión, revisar nuestras redes sociales, leer un libro o hablar por teléfono con una amiga; pero nuestras expectativas se ven frustradas por el llanto de un niño que fue golpeado por su hermano, por un llamado desde el sanitario o por la petición de agua de cada uno de tus hijos, uno tras otro, tras otro.

Es entonces cuando pensamos, que no es justo, que después de haberles servido todo el día nos merecemos un tiempo para nosotras y, por lo tanto, vamos a parar todas esas interrupciones de una vez, impartiendo un castigo. Si estoy viendo a mis hijos como estorbos de mi paz y causa de mi fatiga a la hora de disciplinarles, entonces mi motivación real es el egoísmo y no el amor.

La idea de que a veces debemos ser egoístas y pensar en nosotras primero, es una filosofía mundana que se ha introducido sutilmente en el corazón de algunas cristianas y déjame decirte que no existe algo más anticristiano que eso. La Biblia nos muestra a Cristo, el Hijo de Dios, quien se despojó a sí mismo y modeló un amor sacrificial en cada momento hasta la muerte (Fil.2:6-8).

Él nos dice que vino a servir y no a ser servido (Mc.10:45). Amada, sé que una mentira repetida muchas veces puede llegar a sonar como una verdad, pero no debemos dar cabida a esos pensamientos egoístas que no vienen de Dios. El señor en Su Palabra nos exhorta a amarnos los unos a los otros como Él nos amó (Jn. 13:34), negándose a sí mismo, humillándose hasta la muerte por sus escogidos.

Castigar porque agotaron mi paciencia

Un niño en una sala de espera está haciendo algunas travesuras y la madre ni se percata, saca todas las revistas del mostrador y mamá a penas lo reprende, arranca las hojas de unas plantas por ahí, corre y grita como un desenfrenado y tiene a todos sus espectadores con los nervios crispados menos a la madre.

De repente, suenan cristales rotos y ante las miradas de desaprobación y rechazo de todos, la mamá estalla en ira y castiga al pequeño bandido. ¿Cuántas hemos atestiguado o incluso protagonizado una escena similar? Ser indolente o ligero ante la conducta impropia de nuestro hijo es terrible, pero es más terrible castigarlos con ira.

La ira nos puede llevar a hacer daños físicos y emocionales irreparables. Proverbios 13:24 dice que la disciplina por amor se da diligentemente, eso significa que no debemos ser blandos y dejar pasar y pasar hasta que la situación nos lleve al límite. Si nuestro hijo tiene una mala conducta esta debe reprenderse en el momento justo.

No estoy a favor de avergonzarles reprendiéndoles en público innecesariamente, pero hay ocasiones en que, si la falta es pública, la reprensión debe serlo también. Muchas veces la conducta de nuestros hijos nos hará enfurecer, pero debemos hacer uso del dominio propio que Dios nos ha dado, calmarnos y proceder en amor (2 Tim. 1:7).

Es válido darnos un “tiempo fuera” para calmar nuestra frustración o dejar las cosas en las manos de nuestro conyugue si él está más calmado, para no pecar contra nuestros hijos. Si castigamos a nuestros hijos en ira e impaciencia, nuestra motivación real es descargar nuestro enojo sobre ellos y no el amor.

En el transcurso de la maternidad nos encontraremos con situaciones que a lo mejor nunca nos imaginamos mientras estábamos embarazadas, esperando con ansias la llegada de esas bendiciones de Dios llamadas hijos. Y es precisamente, en esas situaciones impensadas donde debemos hacer práctico y real el evangelio en nosotros. Recordemos que Dios al hijo que ama disciplina (Pr. 3:12), pero también es misericordioso y nos da su gracia todos los días.

Nuestros hijos también necesitan esa gracia y misericordia. Podemos castigar en amor, sin ser juez o verdugo, haciéndoles sentir que los amamos y deseamos mostrarles a Cristo. Por muy enojadas que estemos, jamás dejemos que el sol se ponga sobre nuestro enojo con ellos (Ef. 4:26,27).

No debemos como madres cristianas, dejar de dirigirle la palabra a nuestros hijos, por más grave que haya sido su falta. ¿Te imaginas si Dios llegara a tal nivel de hartazgo de nosotras por nuestras recurrentes faltas y decidiera ignorarnos o que nos reprochara cada día los pecados pasados?

“Que las misericordias del SEÑOR jamás terminan, pues nunca fallan sus bondades” (Lam. 3:22). “Yo, yo soy el que borro tus transgresiones por amor a mí mismo, y no recordaré tus pecados” (Is. 43:25).

Si tu hijo debe ser disciplinado, hazlo diligentemente, explícale lo más en calma que puedas cuál fue su falta y cuál será el castigo, hazle saber que lo amas y que una vez dada la disciplina, lo has perdonado y su falta fue olvidada.

Tenemos una ardua tarea encomendada por Dios, somos pecadoras criando a pecadores en un mundo caído; sin embargo, no olvidemos que no lo hacemos solas, el Espíritu Santo está a nuestro lado a cada instante guiando nuestros actos y dándonos la fuerza, el amor y la misericordia que necesitamos para cada día.