Deja de lado, por un momento, las tareas urgentes del día. Haz callar, si puedes, las esperanzas y los deseos que se precipitaron sobre ti en el momento en el que te despertaste. Aléjate de las cargas de la mañana. Olvídate de lo que te deparan las horas siguientes.

Ahora, cristiano, recuerda: vas a ir al cielo. Muy pronto, incluso en cualquier momento, serás arrebatado de todo lo que has conocido aquí para tomar unas vacaciones eternas. Te despertarás para encontrar tus pulmones llenos del aire de “un país mejor” (Heb. 11:16). Tus penas y suspiros desaparecerán (Is. 51:11). Verás a Jesús cara a cara (Fil. 1:23). Y estarás con Él, en casa (2 Cor. 5:8).

Y ahora imagina cómo podría ser la vida si, al volver a las tareas, deseos y cargas del día, mantuviéramos un ojo hacia arriba. ¿Cómo sería este día si traemos la esperanza del cielo a las cosas de la tierra, si los pensamientos de las cosas de arriba adornan nuestras horas de vigilia?

Entonces descubriremos cuánta de nuestra felicidad descansa en la mentalidad celestial. Y podríamos esforzarnos para que se diga de nosotros, como se dijo de un santo de antaño: “De aquel buen hombre, que se haga este gran elogio: El cielo estaba en él, antes de que él estuviera en el cielo.”

Pon tu mente en las cosas de arriba

La búsqueda de la mentalidad celestial puede salir mal, por supuesto. La crítica popular “No tengas una mentalidad tan celestial que no seas bueno en la tierra” tiene sentido porque algunos han utilizado la mentalidad celestial como excusa para el distanciamiento terrenal. Han tarareado “I’ll Fly Away” mientras andan cómodamente por este mundo, sin recordar que el hombre con la mente más celestial de todos trabajó, sudó, sanó, tocó y sangró por este mundo de necesidades.

Haríamos bien, entonces, en escuchar de nuevo la carta más clara de mentalidad celestial en las Escrituras:

Si habéis, pues, resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria. 

(Col. 3:1-4)

¿Qué significa tener una mentalidad celestial? No sólo vivir pensando en ese “tiempo” y “lugar” futuros, sino que vivir “ahora” a la luz de ese tiempo, y “aquí” a la luz de ese lugar.

Raíces en suelo celestial

Si perteneces a Cristo, entonces, en el sentido más estricto, no vives aquí en la tierra, sino allí en el cielo: “Habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios” (Col. 3:3). Tampoco tu vida en Cristo se muestra plenamente ahora, sino sólo entonces: “Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Col. 3:4).

Tu vida está maravillosa, inextricable y eternamente unida a Jesús mismo, que reina allí y que se manifestará entonces. Y la mentalidad celestial nos alinea con ese hecho, enseñándonos a definir nuestra identidad no por la persona que vemos en el espejo, sino por el Salvador que vemos en las Escrituras.

Pero esa mentalidad no anula la vida que tenemos en la tierra, sino que la transforma según la cultura y las normas del cielo. Si estamos escondidos con Cristo allí y seremos revelados, entonces, no podemos evitar parecernos más a Cristo aquí y ahora. Pablo desarrolla este punto a lo largo del resto del capítulo, en el que traza un retrato de la mentalidad celestial:

  • Hacen morir todo lo que deshonra a Dios y degrada a los demás (Col. 3:5-9).
  • Se visten con la ropa celestial de la compasión, la bondad, la humildad, la mansedumbre y la paciencia (Col. 3:12). 
  • En una sociedad de reproches y recriminaciones, hablan el lenguaje sobrenatural del perdón (Col. 3:13).
  • Caminan bajo el reino de la paz divina, que ha establecido su trono en sus corazones (Col. 3:15).
  • Hablan y cantan con la armonía de la gratitud y la gracia (Col. 3:15-17; 4:6).
  • En cada relación, en cada palabra, en cada acto, buscan mostrar la gloria de Jesucristo (Col. 3:17-4:1).

Son como robles cuyas raíces se hunden profundamente en el suelo celestial. Aunque crecen en el mismo campo que el resto del mundo, y aunque los mismos vientos y tormentas golpean sus troncos, cada día se nutren de otro mundo, y así dan el fruto de ese mejor país.

Hábitos celestiales

¿Cómo podemos crecer en mentalidad celestial? ¿Cómo puede la gente como nosotros -santos de todos los días con trabajos, familias, amigos, vecinos y muchas responsabilidades terrenales- llegar a que se diga de nosotros: “El cielo estaba en él, antes de que él estuviera en el cielo”?

La primera respuesta es conocida: dedicarnos a la lectura de la Biblia y a la oración, al culto comunitario y a la confraternidad, que son medios de mentalidad celestial, así como medios de gracia. Pero además de los hábitos diarios de la Escritura y la oración, y los hábitos semanales de la adoración corporativa y el compañerismo, también podemos ocuparnos más intencionadamente de poner nuestra mente en las cosas de arriba.

Comienza tu día en el cielo.

Robert Murray McCheyne, un hombre de mentalidad celestial si los hay, describió una vez sus devociones matinales como un medio de “dar a los ojos el hábito de mirar hacia arriba todo el día” (Memoir and Remains of Robert Murray McCheyne, 64 [1]). Sabiendo que sus pensamientos no irían hacia el cielo por la tarde o por la noche a menos que fijara su mente allí a primera hora, comenzaba su día en el cielo.

Podemos aprender la misma lección del Padre Nuestro. Al enseñarnos a orar, “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mateo 6:11), ¿no asumió Jesús que normalmente comenzaríamos el día de rodillas? Y significativamente, antes de que esa oración nos lleve a pedir el pan de cada día, pone nuestra mente en las cosas de arriba:

“Padre nuestro que estás en el cielo,

santificado sea tu nombre.

Venga tu reino,

hágase tu voluntad,

así en la tierra como en el cielo.”

 (Mt. 6:9-10)

Si tomamos el Padre Nuestro como modelo, entonces el cielo llenará algunos de nuestros primeros pensamientos cada mañana. El aquí y el ahora se desvanecerán, al menos por unos momentos, ante el brillo del futuro celestial. Y cuando entremos en nuestro día, puede que nos llevemos algo del cielo.

Pon tu mente en las cosas de arriba mediante la meditación

El mandato de “poner la mente en las cosas de arriba” significa más que leer sobre las cosas de arriba. Se necesita algo más que la mera lectura, se necesita de una práctica que los escritores bíblicos llaman meditación (Jos. 1:8; Sal. 1:1-2; 119:97).

Si la lectura bíblica típica se centra en párrafos y capítulos, la meditación se centra en frases y palabras; si en la lectura bíblica caminamos por el pasillo de un pasaje, en la meditación abrimos puertas y exploramos habitaciones. El lector meditativo de la Biblia puede, por ejemplo, leer todo Colosenses 3 en cuatro o cinco minutos, pero luego volver a pasar el mismo tiempo (o más) ponderando la maravilla de lo que significa estar “escondido con Cristo en Dios” (Col. 3:3). La meditación nos lleva por encima de las estribaciones y nos sitúa en las cumbres de la revelación de Dios. Y, como Moisés, puede que bajemos todavía brillando con la gloria que hemos visto.

Tal vez la meditación seria te parezca como mover montañas. Si es así, empieza poco a poco y no te desanimes. Nuestra mente, como un músculo, se fortalece con el ejercicio. Y por la gracia de Dios, lo que parece imposible ahora puede parecer casi natural dentro de seis meses.

Retirarse a las cosas de arriba durante todo el día

Ya vimos que Robert Murray McCheyne se propuso cultivar “el hábito de mirar hacia arriba todo el día”. Muchos de nosotros compartimos una ambición similar, al menos en teoría. La realidad podría contar una historia diferente.

Si eres como yo, sales de tus devociones matutinas con un sincero deseo de seguir pensando en las cosas de arriba en los momentos libres de tu día. Pero luego, regularmente, llenas cada momento libre con otra cosa. En el coche, pones las noticias. En la cola de la tienda, compruebas tu correo electrónico. Mientras esperas a un amigo, juegas a un juego en tu teléfono. Tumbado en la cama, navegas por las redes sociales. Ninguna de estas actividades es necesariamente mala. Pero, ¿con qué frecuencia son el reflejo de una mente adicta a la distracción? ¿Qué tal si decidimos pasar al menos algunos de los silencios del día recordando lo que hemos leído esa mañana, ensayando un pasaje memorizado u orando a nuestro Padre en el cielo?

Moisés dijo a Israel que acudiera a la Palabra de Dios “cuando te sientes en tu casa, y cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Dt. 6:7). Si nosotros pudiéramos pasar más momentos libres en las cosas de arriba, nos sorprendería la fuerza, la paz y la alegría inusuales que tendríamos.

Atesora el corazón del cielo

El cielo es y será siempre un mundo de gloria (Col. 3:4). Cuando Dios haga nuevas todas las cosas, los cañones y las montañas, las galaxias y las praderas de este mundo caído dejarán de gemir (Rom. 8:21). Estos cuerpos rotos serán revestidos de inmortalidad (1 Cor. 15:54). La sociedad humana compartirá la misma armonía de la Trinidad (Jn. 17:22-24).

Sin embargo, el centro de toda esa gloria, cuyo nombre reposará en nuestras frentes y cuyo brillo iluminará el mundo, será Dios mismo en Cristo. “Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria.” (Col. 3:4). El cielo sin Cristo es como el océano sin agua, el cielo sin aire, el fuego sin llama. Él es el corazón que late en el cielo.

¿Qué significa esto para nuestra mente celestial? Significa que nuestras mentes están más llenas de cielo cuando están más llenas de Cristo. Como escribe John Owen, “Toda la gloria del estado de arriba se expresa en estar ‘siempre con el Señor, donde Él está, para contemplar su gloria’ . . . Nuestra esperanza es que dentro de poco tiempo estaremos siempre con Él; y si es así, ciertamente nuestra sabiduría y deber es estar aquí con Él tanto como podamos” (Obras de John Owen, 7:344).

La mentalidad celestial es una invitación a estar con Jesús tanto como podamos, en preparación para el día en el que estaremos con Él siempre. Así que empieza tu día con Jesús, fija tu mente en Él al meditar, y retírate del mundo a lo largo del día para estar con Él. Porque “poned vuestra mente en las cosas de arriba” significa, en el fondo, “poned vuestra mente en Él”.


[1] “Las Memorias y Recuerdos del Reverendo Robert Murray M’Cheyne.” Johnn Bonnar