“Por consiguiente, no hay ahora condenación para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús te ha libertado de la ley del pecado y de la muerte. Pues lo que la ley no pudo hacer, ya que era débil por causa de la carne, Dios lo hizo: enviando a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne, para que el requisito de la ley se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que viven conforme a la carne, ponen la mente en las cosas de la carne, pero los que viven conforme al Espíritu, en las cosas del Espíritu” (Ro. 8:1-5).

Estos versículos son tan importantes para la vida del creyente. Contienen una de las verdades más maravillosas para nosotras y es que ya no hay condenación por nuestro pecado delante de nuestro Santo Dios.

¡Glorioso Dios! La razón del porqué ya no hay condenación, es porque estamos en Cristo Jesús. Él se dio a sí mismo y recibió toda la santa ira de Dios para remover toda condenación nuestra.

Pero, ¿cómo vemos la disciplina de nuestro Padre? Nuestro Padre nos disciplina para hacernos un bien mayor, y esto es: hacernos más como Cristo y darnos más de Él. Ahora que somos sus hijas, no somos condenadas a muerte separadas de Dios por la eternidad.

Ahora como hijas, no somos castigadas cada vez que cometemos un pecado, sino que somos disciplinadas. Esto quiere decir que nuestros pecados y desobediencia, nuestra rebeldía a hacer y manejar la vida como nosotros queremos en lugar de como Dios desea, muchas veces trae consecuencias.

La disciplina del Señor es buena, y en Cristo su disciplina es llena de gracia y amor. Él no nos deja solas en su trabajo de santificarnos, Él es supremamente paciente y bondadoso con nosotras.

El Señor permite consecuencias para que nos demos cuenta que necesitamos rendirle áreas de nuestra vida, que necesitamos rendir delante de Él los ídolos que tenemos, que quitan el lugar de Dios en nuestro corazón y comienzan a dominarnos y esclavizarnos. Esto pueden ser cosas o personas a la que damos toda nuestra atención, tiempo y lealtad por encima de Dios; pueden ser hijos, casa, cosas materiales, esposo, comida, compras, el trabajo, etc.

Muchas veces cuando no tenemos alguna de estas cosas nos llenamos de amargura porque hemos elevado cada una de estas cosas en nuestro corazón y las hemos hecho ídolos, cuando no tenemos lo que deseamos nos endurecemos contra Dios y en lugar de creerle, de amarle, de rendir estas cosas a Él, nos alejamos de Él y de otros.

Esta esclavitud cuando estas cosas no satisfacen o no llegan a nuestro estándar producen ira, resentimiento, falta de perdón, constante queja, impaciencia, autosuficiencia, el creernos mejor que otros, egoísmo, orgullo.

Por eso el Señor nos disciplina, porque no nos quiere dejar allí, quiere amarnos, formarnos, preservarnos y transformarnos para que cada vez estemos más listas para Su venida y cada vez crezcamos en deleitarnos en Él y ser testigos de lo que solo Él puede hacer en y por medio nuestro.

No todas las pruebas son como consecuencia de nuestro pecado y muchas de ellas revelaran áreas en las que Dios quiere trabajar. Sin embargo, requiere mucha humildad de nuestra parte el venir delante de Dios pidiéndole que examine nuestro corazón y que nos muestre si esto es consecuencia de nuestro pecado; o si no lo es, que nos muestre áreas de pecado que se han revelado en medio de esta prueba para que entonces nuestro alfarero sea formándonos.

Nuestra carne siempre querrá justificarse y decir “no, esto que me está pasando es por esto o aquello” y mirar hacia afuera. Pero pidámosle al Señor que en medio de lo que estamos pasando podamos gozosamente confiar en el trabajo de nuestro Padre a nuestro favor. Esto traerá mucha gloria a Su nombre y mucho bien a nuestras vidas y los que nos rodean.

Recordemos esto, no importa cuánto tiempo en el Evangelio llevemos y cuánto recorrido tengamos, siempre el Señor va usar pruebas para disciplinarnos en amor. Y cuando pasamos por disciplina podemos decir:

“Padre, gracias porque no soy condenada, ni me estás castigando, sino que estás trabajando en mi carácter, en mi corazón para hacerme como Jesús. No lo haces para dañarme, lo haces por amor y con amor, me disciplinas como un Padre amoroso, me disciplinas con perfección no con pecado ni maldad. Qué dulces y altos y deseables son tus caminos, ya no camino como una oveja perdida, camino como una oveja cuidada, protegida, y todo el tiempo mirada y conocida por ti”.

“Maravillosos son tus testimonios, por lo que los guarda mi alma. La exposición de tus palabras imparte luz; da entendimiento a los sencillos. Abrí mi boca y suspiré, porque anhelaba tus mandamientos. Vuélvete a mí y tenme piedad, como acostumbras con los que aman tu nombre. Afirma mis pasos en tu palabra, y que ninguna iniquidad me domine.  Rescátame de la opresión del hombre, para que yo guarde tus preceptos. Haz resplandecer tu rostro sobre tu siervo, y enséñame tus estatutos. Ríos de lágrimas vierten mis ojos, porque ellos no guardan tu ley” (Sal. 119:129-136).