Nota del editor: este artículo es parte de la serie titulada 10 eventos clave en la historia del cristianismo 


Nuestro propósito con esta serie es ayudar a nuestros lectores a conectar su fe con más de 2000 años de historia del cristianismo. ¡Que sea de edificación al ver la mano de Dios obrando en Su historia! Dedicamos esta serie a nuestro hermano Paulo Arieu, uno de los escritores de la serie, quien se adelantó a la presencia de Cristo después de escribir estos artículos.

En el año 30 d.C., poco después de la resurrección de Jesús durante la celebración judía de Pentecostés, un fenómeno extraordinario llamó la atención a un gran grupo de judíos piadosos, quienes venían a Jerusalén para celebrar la fiesta de la cosecha (Ex. 34:22-23; 2 Cr. 8:12-13; 1 R. 9:25). Un estruendo les atrajo hasta una vivienda hebrea donde 120 fieles seguidores de Jesús estaban orando (Hch. 2:2). Estas personas pudieron escuchar de labios del apóstol Pedro el relato de lo que había sucedido (Hch. 2:14-36). Se trataba de la venida del Espíritu Santo sobre los seguidores de Jesús, quienes esperaban lo prometido por su Maestro (Hch.1:8).

A continuación se detallan los acontecimientos importantes a destacar de este evento:

La festividad de Pentecostés: el comentarista bíblico Simón Kistemaker explica que la palabra Pentecostés deriva de una palabra griega que significa ‘quincuagésimo’. Los judíos celebraban Pentecostés como la Fiesta de las Semanas el quincuagésimo (50) día después de la Pascua (Lv. 23:15–16; Dt.16:9–12). También se le llamaba la Fiesta de la Cosecha (Ex. 23:16). Los judíos consideraban Pentecostés el festival de la cosecha, tiempo en que presentaban los primeros frutos de la cosecha de trigo (Nm. 28:26).[1]

El poderoso estruendo: eran como las 9 de la mañana (hora tercera) cuando el Espíritu Santo descendió sobre los seguidores de Jesús. Un estrépito que sonó como el ruido de una “ráfaga de viento impetuoso” (Hch. 2:2). Kistemaker explica que “el viento simboliza al Espíritu Santo, quien llena la casa donde están sentados los creyentes. El sonido del viento señala poder celestial y su repentina aparición nos habla del comienzo de un acontecimiento sobrenatural”.[2] Este poderoso derramamiento del Espíritu Santo se produjo “diez días después de la ascensión” de Jesucristo. El Espíritu Santo descendió sobre los seguidores de Jesús, sin distinción alguna de edad, género o condición social, marcando el inicio de la dispensación cristiana (Ef. 3:2, 9).

Las lenguas: Juan el Bautista predijo que Jesús vendría y bautizaría con el Espíritu y con fuego (Mt. 3:11; Mr. 1:8; Lc. 3:16; Jn. 1:33). Lucas narra que lenguas “de fuego” descendieron sobre los creyentes reunidos (Hch. 2:3). Kistemaker comenta que “los creyentes reunidos en Jerusalén no solo oyeron la venida del Espíritu Santo sino que también lo vieron tomar forma de lo que pareciera ser lenguas de fuego. El fuego, símbolo de la divina presencia, toma la forma de lenguas que no salen de la boca de los creyentes, sino que reposan sobre sus cabezas”.[3]

Lucas también describe que los creyentes comenzaron a “hablar en lenguas” (Hch. 2:4). El hablar en otras lenguas fue una señal de la venida milagrosa del Espíritu Santo. Los oyentes presentes les podían oír hablar en sus propios idiomas y, como escribe, el doctor: “estaban atónitos y maravillados” (Hch. 2:7) al presenciar este fenómeno sobrenatural. En la torre de Babel, Dios confundió las lenguas de los pueblos. En Pentecostés, 120 galileos, algunos de ellos “sin letras y del vulgo” (Hch. 4:13), hablaron en los idiomas de al menos quince naciones representadas entre los miles reunidos en Jerusalén (Hch. 2:7-11). Los discípulos de Jesús predicaron el evangelio en idiomas para ellos desconocidos hasta ese momento.

Las respuestas ante el fenómeno: el fenómeno fue presenciado por miles de personas. Algunos respondieron maravillados (Hch. 2:7), otros quedaron atónitos y perplejos (Hch. 2:12), mientras que otro grupo de observadores se burlaron (Hch. 2:13).

El sermón de Pedro: Pedro no resistió el impulso de explicar lo que estaba pasando (Hch. 2:14-36). Él se puso de pie y les expuso a los judíos oyentes que lo que estaba sucediendo era el pre-cumplimiento de lo dicho por el profeta Joel (Jl. 2:28-32).

La primera cosecha de almas en la historia de la iglesia: el poderoso estruendo atrajo la atención de un grupo de asistentes a la festividad religiosa del pueblo de Israel. Como resultado del sermón del apóstol Pedro, 3000 personas creyeron verdaderamente en Jesucristo, se bautizaron y fueron incorporadas por el Señor a Su Iglesia (Hch. 2:41-42). Como dijo William Barclay: “Puede que nunca sepamos explicar exactamente lo que pasó el Día de Pentecostés; pero sabemos que fue uno de los días auténticamente grandes de la Iglesia cristiana, porque ese día vino el Espíritu Santo a la Iglesia de una manera especial”.[4] Esta primera cosecha de convertidos demuestra la universalidad de la iglesia primitiva y representa a los pueblos del mundo, señalados por los creyentes dispersos en toda región (Hch. 2:6-11; Gen. 11:10-30; Gn. 10). Dios prometió a Abram bendecir a “todas las familias de la tierra” (Gn. 12:3) y en esta ocasión Él bendijo con la predicación del evangelio a partos, medos, elamitas, habitantes de Mesopotamia, de Judea, de Capadocia, del Ponto y de Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de las regiones de África más allá de Cirene, y romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes (Hch. 2:9-11).

Con la llegada del Espíritu Santo prometido a los discípulos comenzó la iglesia neotestamentaria. A través de la predicación de Pedro, el Espíritu Santo presentó la explicación de las maravillas que Dios estaba haciendo. Ese mismo día, Dios agregó a Su Iglesia 3000 creyentes piadosos que vinieron de distintos lugares del mundo a la festividad judía. De esta manera, en el día de Pentecostés, la Iglesia llegó a ser universal. Y por medio del derramamiento del Espíritu Santo y la predicación de Pedro, se pudieron recoger los primeros frutos de la gran cosecha espiritual que a lo largo de los siglos vendría. Aquel Pentecostés marcó el comienzo de la Iglesia cristiana siendo un acontecimiento histórico, único e irrepetible.

Fuentes:

Simon J. Kistemaker, Comentario al Nuevo Testamento: Exposición de los Hechos de los Apóstoles (2007).

  1. Vila & S. Escuaín, Nuevo Diccionario Bíblico Ilustrado, Editorial CLIE.

William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento. Volumen 07 – Hechos de los Apóstoles (2014).

[1] Simon J. Kistemaker, Comentario al Nuevo Testamento: Exposición de los Hechos de los Apóstoles (2007).

[2] Ibid.

[3] Ibid.

[4] William Barclay, Comentario al Nuevo Testamento. Volumen 07 – Hechos de los Apóstoles (2014).