Al hablar sobre la vocación de pastor u obispo, probablemente, el primer concepto que viene a nuestros pensamientos es el de un título importante, una posición de prestigio que todos deben respetar y obedecer, de hecho, hasta es una labor que muchos persiguen.

En nuestro contexto, los pastores son reconocidos por su elocuencia al predicar y enseñar la Palabra de Dios, y por su gran conocimiento sobre los misterios que, en ocasiones, encontramos en las Escrituras. Es una bendición tener pastores que predican la Palabra de Dios tal cual Él nos la ha dado. Pero pocas veces nos preguntamos: ¿Quién está velando por el corazón de este pastor? ¿Es su vida coherente con todo lo que enseña? ¿Su familia daría testimonio de él diciendo que vive de acuerdo con lo que predica y confiesa en el púlpito?

Es probable que sean pocos los momentos de nuestra vida que dediquemos a pensar en el bienestar de los pastores, esto probablemente se debe a que estamos acostumbrados a ser consumidores, y eso suele llevarnos a no ver al pastor como un hermano en Cristo que necesita de oraciones, exhortación y ayuda. Solemos pensar que todo está bien en su hogar y que no necesita apoyo de ningún tipo.

El apóstol Pablo deja claro los requisitos para ser pastor, esto es para aquellos que anhelan el pastorado como vocación: «Palabra fiel es esta: si alguien aspira al cargo de obispo, buena obra desea hacer. Un obispo debe ser, pues, irreprochable, marido de una sola mujer, sobrio, prudente, de conducta decorosa, hospitalario, apto para enseñar, no dado a la bebida, no pendenciero, sino amable, no contencioso, no avaricioso. Que gobierne bien su casa, teniendo a sus hijos sujetos con toda dignidad; (pues si un hombre no sabe cómo gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?). No debe ser un recién convertido, no sea que se envanezca y caiga en la condenación en que cayó el diablo. Debe gozar también de una buena reputación entre los de afuera de la iglesia, para que no caiga en descrédito y en el lazo del diablo» (1 Ti. 3:1-7).

Podemos notar la importancia que Pablo resalta acerca de la reputación con los de afuera de la iglesia, pero, también con los de adentro de su hogar. Y este último es el más importante debido a que muestra si realmente vivimos como cristianos. Al fin y al cabo, si vivimos el evangelio en lo secreto del hogar, inevitablemente eso se reflejará en nuestra vida pública con los de afuera. Así que, el primer ministerio de todo pastor es su familia.

Que gobierne bien su casa (esposa e hijos)

En Guatemala tenemos un dicho que dice: «Luz de la calle, oscuridad de la casa». Es cierto que nuestra tendencia es comportarnos de una manera con los de afuera que es diferente con los de nuestro hogar. He observado a esposas de pastores hacer gestos de desacuerdo, o burla cuando su esposo, el pastor, está predicando, así como a sus hijos ser indiferentes a la enseñanza de su papá.

El pecado nos engaña en ver el pastorado como una posición ajena a su identidad de hijo de Dios. Muchos pastores luchan con comprender cómo se ve su vocación de pastor, cómo debe verse su imagen, cómo responder a los aplausos y elogios, que, si no lo aprende prontamente, puede ser estorbo en sus ojos que los haga perder de vista no solo el propósito por el cual Dios los escogió y llamó, sino que lo aleja de la realidad de ser un siervo de Dios.

La familia es el hogar en el cual el pastor practica y confirma su llamado, porque es allí donde aprende a discipular, amar, perdonar y ser enseñado, para que entonces pueda hacerlo con su familia de la fe. Por eso Pablo asevera que este requisito es importante, ya que si lo que el pastor cree que enseña la Biblia no se vive coherentemente con su familia, ¿cómo podrá gobernar la Iglesia del Señor Jesucristo?

Ahora bien, aclaremos a que se refiere «gobernar». En el lenguaje original la palabra «gobernar» significa «estar delante en rango; presidir o dirigir». Esto implica tener un carácter adecuado para que ejerza su rango y dirección como lo hizo y, aún lo hace, Cristo con Su novia, la Iglesia. Gobernar, no significa ser abusivos en su hablar y actuar, no significa dar órdenes sin tomar en cuenta el corazón de su esposa y de sus hijos.

El que gobierna bien su casa y tiene a sus hijos en sujeción, gobernará en amor, con el propósito de cuidar, aconsejar, guiar, exhortar, apoyar a su esposa y a sus hijos, primeramente, en la instrucción de la Palabra de Dios, y luego con la práctica de esa instrucción. Y esto con toda dignidad y honestidad. Una aclaración es importante, es requerido saber que fallaremos en realizar a cabalidad esta tarea; en esos casos, la confesión, el arrepentimiento y el pedir perdón caracteriza a un hijo de Dios, es una marca evidente de un pastor.

El primer ministerio

Si un pastor está casado y tiene hijos, debe comprender que el primer y mayor ministerio que Dios le ha entregado no es la iglesia de Jesucristo, es su familia. Antes de servir como pastor, sirve como esposo y como padre. La Iglesia le pertenece al Señor, por eso un pastor solo es un instrumento elegido por Dios para cuidar, dirigir e instruir con Su Palabra a las ovejas que Cristo ha comprado con su sangre, entre los que se incluya a su familia.

Pastor o aspirante a pastor, ¿Cuánto tiempo estás dedicando a tu familia en la instrucción de la Palabra? ¿Conoces las luchas de tus hijos? ¿Cuánto atesoras la labor de tu esposa al dedicarle tiempo en escucharla y amarla? ¿Cuánto tiempo dedicas a tu familia en disfrutar de tiempo de alegría, risas y comida? ¿Cuánto oras por tu familia? ¿Cómo eres ejemplo de Cristo? ¿Gobiernas tu hogar con amor, paciencia, honestidad y perseverancia?

Si no lo has hecho, si te has acomodado porque tus circunstancias han sido difíciles, te exhorto a arrepentirte y pedir perdón a tu familia. Reconoce que no has gobernado bien tu hogar al olvidarte de hacerlo con el amor que Jesucristo te ha mostrado. Luego busca ayuda con pastores maduros que te puedan guiar, a quienes puedas rendir cuentas, y quienes den seguimiento de tu corazón y tu vida. No te preocupes por el resultado de tu confesión, preocúpate más por obedecer a Dios.

El propósito de este articulo no es criticar o juzgar, puesto que yo me encuentro en ese camino hacia la vocación pastoral. Comprendo que no es fácil, pero también comprendo que es mejor obedecer a Dios en el cuidado de los míos, antes de lastimar a uno de Sus hijos por no haber considerado mi coherencia espiritual.

Pablo nos instruye en que esto es un mandato, no una opción. Si necesitas tomarte un tiempo para solventar las dificultades en casa —un hijo en rebeldía, problemas con tu esposa, incluso un pecado no confesado—, hazlo. Pablo ha dejado todos estos requisitos porque, así como él, los líderes deben amar sus hogares, y amar a sus hermanos y hermanas en la fe como Cristo lo hace.

Es mi oración que los hombres abundemos en amor para con los nuestros, que abundemos en la Palabra para instruir, que no olvidemos nuestras disciplinas espirituales, para imitar el carácter de Cristo como pastor. Sea Su Espíritu el que nos ayude a discernir nuestro corazón, y a tener un oído enseñable cuando nuestra esposa e hijos nos muestren algo de nuestro actuar. Dios los usa para santificarnos, pero también, una muestra de Su amor es ayudarnos a ser más como Cristo. Gobernemos bien nuestra casa porque es el primer lugar donde Dios nos ha puesto para Su gloria y nuestro bien.

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Sergio Cano es esposo de Susana tienen tres hijos, Susana María, Sergio Alejandro y Daniela. Vive en la ciudad de Guatemala. Es diácono de iglesia Reforma, donde juntos sirven en discipulado a matrimonios e individualmente. Tiene un diplomado en consejería bíblica con la Organización Hope for the Heart.