Una de las partes más frustrantes de mi vida es que no soy tan apasionado con Dios como quisiera serlo. Imagino que muchos cristianos se sienten de igual manera. Hay algunos, sin embargo, quienes experimentan este sentimiento de manera muy profunda y durante mucho tiempo. 

Algunos de nosotros nos encontramos sintiéndonos bastante indiferentes por las cosas de Dios durante un largo tiempo. Sabemos que la lectura de la Biblia, la oración, participar en la iglesia, las misiones, el evangelismo y muchos otros medios de gracia deberían capturar nuestros corazones, pero parece no haber forma de que nos emocionemos con ellos. Estamos espiritualmente apáticos. Y, aunque somos conscientes de nuestra apatía, al mismo tiempo nos sentimos impotentes para salir de ella. Una cosa es diagnosticar la enfermedad y otra muy diferente, sanarla. 

La Escritura es clara acerca del papel que desempeñamos en superar la apatía. Por ejemplo, Pablo exhorta: «No sean perezosos en lo que requiere diligencia. Sean fervientes en espíritu, sirviendo al Señor» (Ro 12:11). La suposición aquí es que la diligencia—la antítesis de la apatía—puede cultivarse. Así que, ¿cómo podemos sanar esa indiferencia que nos incapacita? 

Tres preguntas para los apáticos 

El camino a la sanidad comienza con hacer las paces con la causa de nuestra indiferencia. Aunque pueden haber muchas causas (y muchas permutaciones de las causas), quiero proponer tres preguntas que pueden ayudar a diagnosticar los posibles problemas que se encuentran en la raíz de la apatía. 

  1. ¿Estoy viviendo con pecado no confesado? 

Una posible causa de indiferencia espiritual es la elección de caminar en desobediencia a Dios en alguna área de nuestra vida. Si no estamos arrepentidos de nuestro pecado, probablemente nos sentiremos fríos, distantes y desinteresados. En ese caso, nuestra experiencia de apatía puede ser Dios permitiendo que nuestra comunión con Él se enfríe para sacudirnos de nuestro estupor pecaminoso, y que así nos acerquemos a Él en arrepentimiento. David escribe: 

«Mientras callé mi pecado, mi cuerpo se consumió 

Con mi gemir durante todo el día. 

Porque día y noche Tu mano pesaba sobre mí; 

Mi vitalidad se desvanecía con el calor del verano» (Salmos 32:3-4). 

David interpreta el agotamiento emocional, físico y espiritual que siente como un resultado del silencio que guardó respecto a su pecado. De manera similar, la fuente de nuestra intranquilidad puede no ser tan misteriosa como pensamos. Dios permite que aquellos que están fríos respecto a Él se vuelvan aún más fríos. 

Pablo muestra esta conexión entre el pecado y la falta de vida cuando advierte: «No se dejen engañar, de Dios nadie se burla; pues todo lo que el hombre siembre, eso también segará. Porque el que siembra para su propia carne, de la carne segará corrupción, pero el que siembra para el Espíritu, del Espíritu segará vida eterna» (Ga 6:7-8). Si sembramos para satisfacer nuestros deseos pecaminosos, no debe sorprendernos que nos encontremos sintiéndonos distantes de Dios y con falta de entusiasmo acerca de lo que le importa. Esto no significa que el pecado siempre o ni siquiera a menudo sea castigado con apatía. No obstante, hacemos bien en abrirnos a la posibilidad de que el pecado no confesado esté ahogando nuestra pasión. 

2. ¿He descuidado los medios de gracia que Dios me ha dado? 

Temo que algunas veces complicamos sobremanera nuestro crecimiento espiritual. Parece que regularmente estamos tratando de encontrar la llave secreta que abre la cerradura de la cercanía a Dios y a Su poder en nuestras vidas. No obstante, en nuestra búsqueda de esa llave, a menudo descuidamos lo básico. ¿Qué es lo básico? Aquí van algunos ejemplos: «Lee tu Biblia, ora cada día y crecerás, crecerás, crecerás». En otras palabras, escucha las promesas de Dios y sus mandatos, y luego reacciona a ello. Esto te hará más parecido a Él. Dallas Willas está en lo correcto cuando escribe: 

«Podemos parecernos a Cristo haciendo una cosa: siguiéndole completamente en el estilo de vida que Él eligió para sí mismo. Si tenemos fe en Cristo, debemos creer que Él sabía cómo vivir. Podemos, a través de la fe y la gracia, volvernos como Cristo cuando practicamos los tipos de actividades en los que Él se involucró, cuando organizamos nuestras vidas alrededor de las actividades que Él mismo practicó con el propósito de permanecer constantemente en comunión con Su Padre» (El Espíritu de las Disciplinas, ix). 

¿Qué hizo Jesús? Él oraba, estudiaba y meditaba en la Palabra de Dios y regularmente servía a otros (entre otras actividades). Estas son las disciplinas espirituales básicas de la vida cristiana. Son algunos de los medios a través de los cuales Él riega su gracia transformadora en nuestras vidas. Si los descuidamos, ¿nos sorprende que nos volvamos apagados hacia Dios? Recuerda, son aquellos que meditan en la Palabra de Dios día y noche, es decir, aquellos que hacen de ello una práctica disciplinada, los que son como árboles vibrantes plantados junto corrientes de agua (Salmo 1:2-3). Mientras menos tiempo pasamos con un amigo querido, menos probable es que lo tengamos en nuestra mente y en nuestro corazón. 

3. ¿De qué está llena mi mente cada día?  

Si Dios no está ocupando nuestros pensamientos y nuestra atención cada día, entonces ¿qué la ocupa? La realidad es que siempre estamos siendo formados. Estamos siendo formados por todo lo que capta nuestra mirada, ya sea que nos demos cuenta de ello o no. El problema para nosotros es que regularmente estamos siendo atraídos a fijar nuestros ojos en objetos que realmente no importan. Vivimos en una cultura donde lo periférico y lo irrelevante se presenta como significativo y digno de nuestra atención. Esto es un problema para aquellos que desean mantener una pasión espiritual. 

En el prólogo de su libro Amusing ourselves to death [Divirtiéndonos hasta la muerte], el crítico cultural Neil Postman contrasta la visión distópica de George Orwell (1984) y la de Aldous Huxley (Brave New World [Nuevo mundo valiente])—y a través de ellos pinta un cuadro esclarecedor de los peligros que enfrentamos hoy.   

«Lo que Orwell temía era a aquellos que prohiben los libros. Lo que Huxley temía era que no hubiese ninguna razón para prohibir un libro, porque no existiera nadie que quisiera leer uno. Orwell temía a aquellos que deseaban privarnos de información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanta información que nos reduciría a la pasividad y al egoísmo. Orwell temía que la verdad nos fuera ocultada. Huxley temía que la verdad fuera ahogada en una mar de irrelevancia. Orwell temía que nos volviéramos cautivos de la cultura. Huxley temía que nos volviéramos una cultura trivial». (xix) 

Nuestro mundo es tanto orwelliano como huxleyano; sin embargo, la preocupación de Huxley es más relevante para el presente tema. Nos hemos convertido en una cultura trivial y desafortunadamente, la trivialidad nos adormece respecto a lo que es significativo. En un mundo en el que todo parece importante ¿Qué se supone que realmente nos debe importar? 

Pablo exhorta a los colosenses: «Pongan la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra» (Colosenses 3:2). Al hacerlo, los invita a continuamente llevar con ellos la distinción entre lo trivial y lo importante y a poner su mente en esto último. El problema con hacer que todo sea importante es que todo puede volverse igualmente importante. Entonces, se hace cada vez más difícil sentir la grandeza de algo que realmente es valioso y fundamental. Como escribe Postman: «El público… ha sido entretenido hacia la indiferencia» (110-111). En una época en que todo se publica, se le da «me gusta», se comenta y se retuitea, estamos siendo lentamente condicionados a tratar cosas dignas de una manera indigna o, peor aún, a que no nos importe nada. ¿Esto te describe? 

De nuevo, puedo destacar otros factores que contribuyen a la apatía (como la fatiga, el dolor, la duda y muchos más); sin embargo, he destacado estos tres porque, en mi experiencia, son los más comunes. También, puede ser el caso de que la apatía sea un síntoma de un problema mayor. Aun así, se pueden tomar estas preguntas como un punto de partida para una reflexión más profunda. 

Superando la apatía 

Como dije anteriormente, tenemos un papel que desempeñar ¿Cuál es? ¿Cómo «levantamos nuestras rodillas caídas» (Hebreos 12:14) y damos los pasos necesarios para superar la indiferencia? 

  • Si se trata de pecado no confesado, admite tu pecado delante del Señor y delante de otros. Confiesa. Arrepiéntete. Recibe el perdón de Dios que hay para ti en Cristo (1 Juan 1:9). 
  • Si se trata de descuido de las disciplinas espirituales, empieza con pequeños pasos, pero empieza. Si te has estancado en tu lectura de la Biblia, cambia a una versión en audio. Si tus oraciones se han vuelto repetitivas o no sabes qué decir, ora los salmos o toma un himnario y ora esas canciones como si fueran el deseo de tu corazón. Pero empieza de alguna manera, la que sea. Estas son solo pequeñas formas de pelear la buena batalla de la fe (1 Timoteo 6:12). 
  • Si estás llenando tu mente con demasiada trivialidad, considera ayunar de Twitter o de otra red social, o aun de tu teléfono (por un período). Cultiva el significado profundo de la vida leyendo únicamente material de cierta extensión, es decir, artículos académicos o libros que requieran que bajes la velocidad, que reflexiones y que pienses con profundidad. Estamos en una crisis de falta de sentido y lo complicamos cuando somos menos reflexivos y más reactivos. Saca tiempo y espacio para «renovarte en el espíritu de tu mente» (Efesios 4:23). 

Como la mayoría de partes de la vida cristiana, las soluciones pueden ser directas pero no fáciles. Esto es especialmente así con los apáticos, para quienes la motivación es el asunto principal. Así que, vale la pena repetirlo: empieza por poco y luego, ora que Dios te capacite para dar más pasos hacia delante y te sostenga en continuarlos. Él está obrando en ti el querer como el hacer por su buena voluntad (Filipenses 2:13). 

Este artículo se publicó originalmente en Desiring God.