En la primera bienaventuranza, Jesús declara una bendición sobre los pobres en espíritu, porque son ellos quienes heredarán el reino de los cielos (Mt 5:3). El pobre en espíritu es el que reconoce su pobreza espiritual, el que entiende que nada tiene para ofrecerle a Dios. Sus obras son sucias, su justicia está en bancarrota y todo cuanto merece es la ira de Dios. En otras palabras, el pobre en espíritu es humilde.

Cristo establece la humildad como el primer paso hacia la salvación, porque sólo el que entiende que no merece el cielo clama a Cristo por auxilio. Sólo el que sabe que no puede ganar el paraíso con sus obras confiesa sus pecados y acude a Cristo. Sin embargo, el orgulloso, que se cree justo, que piensa que sus obras son aceptas delante de Dios, está eternamente perdido.

En el último libro del Antiguo Testamento, Dios establece la imposibilidad de que el hombre se salve por sí mismo, porque es orgulloso. Demuestra que no hay esperanza alguna para Israel, ya que su orgullo le ha alejado de la salvación de Dios. El único remedio ante esta realidad fue que Dios enviara a Su Mesías para cambiar a la gente desde el interior, haciéndolos humildes, capacitándoles para recibir la salvación de Dios. Por eso, Malaquías nos prepara tan bien para los evangelios.

Malaquías nos presenta tres razones por las que nuestro orgullo imposibilita nuestra salvación.

1. Nuestro orgullo niega el amor de Dios porque creemos que merecemos algo mejor, Mal 1:1–5

En un intercambio sorprendente, Dios empieza el libro de Malaquías con la afirmación “Yo os he amado” (1:2). Uno esperaría escuchar una palabra de gratitud de parte de Israel, o por lo menos un “Yo te amo también”. Pero la respuesta de Israel es “¿En qué nos has amado?” (1:2). Los Israelitas no creían que Dios los amaba. ¿Por qué? Porque su orgullo les hacía creer que merecían bendición y prosperidad de parte de Dios, pero sólo recibían su disciplina y corrección.

Se creían buenos, y rehusaron creer que eran pecadores. Pero la realidad es que transgredían el pacto y, por lo tanto, un Dios bueno debía disciplinarlos (Dt 28:15–68), no bendecirlos (Dt 28:1–14). Lamentablemente, al creer que merecían bendición por sus actos de justicia, percibieron la disciplina de Dios como su rechazo, en lugar de su corrección.

Nosotros somos iguales, ¿no es cierto? En el momento que creemos que merecemos bienes en este mundo, comenzamos a dudar de la bondad y amor de Dios. Nuestro orgullo nos hace pensar que merecemos mucho, y cuando no lo recibimos, nos quejamos. Pero el primer paso hacia la bendición de Dios, es reconocer que no merecemos nada. Es el mendigo espiritual el que recibe la bendición divina, porque Él solamente ofrece salvación por gracia (Rom 11:6).

2. Nuestro orgullo rehúsa servir a Dios porque creemos que nos portamos bien, Mal 1:6–14

Después de afirmar su amor hacia Israel, Dios les reclama por no honrarle, ni temerle (1:6). De hecho, les acusa de menospreciar su nombre (1:6). Cuando ellos niegan esto, Dios explica que la manera en la que estaban menospreciando su nombre era al no servirle de forma digna. Ellos, en lugar de ofrecer sus mejores animales en sacrificio a Dios, le daban los cojos y los enfermos (1:8).

Su orgullo no les permitía ver que esos sacrificios eran malos. Y pues, al fin y al cabo, seguramente creían que no hacía ninguna diferencia, ya que Dios no los amaba (1:2). Estaban ciegos. Ciegos a la realidad de que Dios odiaba sus sacrificios.

Los Israelitas clamaban “¡Ay, qué fastidio!” (1:13), porque no recibieron el resultado que buscaban. Es decir, ellos creían que Dios debía recompensarles para sus sacrificios, y cuando esto no ocurría, se frustraban con Dios. La raíz de sus problemas, entonces, fue el creer que sus obras eran justas. Pensaban que Dios les debía algo con base en la justicia de ellos, pero lo único que Dios les adeudaba, era juicio.

Nuestro orgullo, de la misma manera, nos hace creer que nuestras obras son buenas. Claro, reconocemos que no somos perfectos, pero en general, el hombre cree que lo que hace debe agradar a Dios. El problema es que, si creemos que nuestras obras son mayormente buenas, jamás vamos a arrepentirnos de nuestra maldad. Pero sin arrepentimiento, no hay confesión; y si no hay confesión, no hay salvación (1 Jn 1:9).

3. Nuestro orgullo acusa a Dios de maldad porque creemos que somos justos, Mal 2:17

El capítulo 2 de Malaquías, termina con una acusación empedernida expresada por Israel. Dicen, “¿Dónde está el Dios de la justicia?” (2:17). Es decir, aunque ellos se habían apartado de Dios, le acusan a Él de haberlos abandonado. La osadía de Israel es abrumadora. Porque no sólo acusan a Dios de haberlos dejado, le culpan de injusticia. Le achacan ya no ser un Dios de justicia. ¿Qué es lo que guía a una persona a llegar a tal malvada conclusión?

El orgullo de Israel les hacía creer que ellos mismos eran justos. Y ya que no recibían la bendición que merecían por dicha justicia, Dios debía ser el malo. Es decir, algo estaba mal, y la culpa era de alguien más. Esto es obvio. El problema es que, si el orgullo del hombre no le permite ver, que el culpable es él, el único que lo puede acusar es Dios mismo.

Así de nefasto es el orgullo. Si lo dejamos crecer, no sólo nos convencerá que somos buenos, también llegará a la conclusión lógica que, si nosotros somos buenos, Dios ha de ser el malo. Nosotros, entonces, terminamos siendo dioses en nuestras mentes, y el Dios verdadero es destronado de su gloria.

Conclusión

Aunque nuestro orgullo destrone a Dios en nuestras mentes, el que está sentado sobre el trono del universo se ríe. El Señor se burla de dicha osadía. Él es justo y soberano, y ningún acto nuestro puede cambiar su inmutable naturaleza. Estas son terribles noticias para el pecador orgulloso, ya que Dios le juzgará en su ira. “Porque he aquí, viene el día, ardiente como un horno, y todos los soberbios y todos los que hacen el mal serán como paja; aquel día que va a venir les prenderá fuego – dice el Señor de los ejércitos – que no les dejará ni raíz ni rama” (4:1).

Sin embargo, la naturaleza inmutable de Dios son noticias hermosas para el que, por la gracia de Dios, se arrepiente de su orgullo. El que reconoce que es pecador, que sus obras son sucias, y que necesita recibir el perdón de un Dios amoroso, verá “el sol de justicia, con la salud en sus alas” (4:2). No seas necio ni orgulloso como los Israelitas. Arrepiéntete de tu orgullo, y recibe el reino de los cielos que Dios ha reservado para los pobres de espíritu.

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Es licenciado en idiomas bíblicos por The Master’s University y con Maestría en Divinidad por The Master’s Seminary. Sirvió durante cinco años como capellán del Hospital General de Los Angeles (California), y sirvió como misionero por dos años en la Ciudad de México. En la actualidad, está encomendado como anciano de la iglesia Grace Community Church donde sirve en el ministerio hispano. Josías y su esposa Cristal tienen tres hijos.