Imagínate que es tu primer día de clases. Seguramente conoces la sensación. La incertidumbre, la ansiedad. Para algunos, la emoción. Llegas temprano, escoges un lugar y esperas a que aparezca el maestro. Para entonces, los minutos se vuelven eternos.

Finalmente, entra, saluda a la clase y se presenta. Después, para tu sorpresa, le pide a la clase que guarden sus cosas, excepto un lápiz y les pide que se preparen para el examen final. Todos empiezan a murmurar, son murmullos de confusión más que de queja. ¿Es una broma? No sabes ni siquiera el contenido del curso, aún no has sido enseñado. ¿Cómo puedes estar preparado para el examen final?

En tal escenario, nuestros diferentes temperamentos darían distintas respuestas, pero todos podríamos estar de acuerdo en que ese “maestro” no sería uno bueno. Puede ser un experto en su campo, y un buen juez de lo que otros saben sobre el tema o no. Pero es un mal profesor. De hecho, este sujeto ni siquiera intentó enseñar algo. Simplemente pasó al examen final

Toda paciencia y enseñanza

Contrasta esto con el apóstol Pablo al final de su vida. Su propio día del juicio se acercaba (2 Timoteo 4:8), pero el repetido énfasis que hace a Timoteo es ser paciente y enseñar. En esta carta (en ningún otro lado en la Biblia está expuesto así) la paciencia y el enseñar están intrincadamente relacionados.

En 2 Timoteo 4:2, Pablo, después de dar su famosa comisión de “predica la palabra” ordena a Timoteo estas cosas: “que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina”. Esta última parte debe ser la más sorprendente en toda la carta, toda paciencia. No poca, o una cantidad considerable sino “con toda (completa) paciencia”. Y enseñanza.

Respira profundo

La buena predicación requiere enseñanza. Y una buena enseñanza requiere paciencia. Los buenos maestros no te entregan el examen final en el primer día de clases; ellos comienzan donde los estudiantes están, y no los rechazan o desprecian, tampoco les muestra su ignorancia respecto a un tema que intentan aprender. Más bien, buscan formarlos y cambiarlos –para mejorar y avanzar– a través del trabajo de la enseñanza.

La mentalidad de un profesor es como la de Priscila y Aquila en Éfeso cuando encontraron un error en la predicación de Apolos. Aunque Apolos ya se estaba volviendo un maestro reconocido y celebrado, no comenzaron por hacerle una crítica en público. Más bien, lo “tomaron y le explicaron el camino de Dios más adecuadamente” (Hechos 18:26). Respiraron profundo, lo tomaron y le enseñaron. Demostraron tener corazón de maestros con este futuro maestro. Su paciencia les dio espacio para hacer el trabajo de enseñanza en vez de adelantarse a juzgarlo.

Apto para enseñar

En otro lugar en la última carta de Pablo, le da a Timoteo una instrucción importante acerca de ser “un siervo de Dios” como pastor-maestro en medio de un conflicto en la iglesia:

“Apto para enseñar” es una sola palabra en griego: didaktikos. El único otro lugar donde aparece en el Nuevo Testamento es en las cualidades del anciano en 1 Timoteo 3:2. Con respecto a los pastores-ancianos, ¿qué significa que sean “aptos para enseñar”?

¿Es apto en términos de servicio? Por ejemplo, si debe enseñar, puede hacerlo, está dispuesto y es capaz (aunque prefiera no hacerlo). ¿O se refiere a que es apto en términos de ser efectivo como maestro? Hablamos de un maestro apto, es decir, un buen maestro, un maestro hábil. Yo creo que los mejores indicadores son estos últimos, y la conexión con la paciencia en 2:24 añade una dimensión importante más allá de la mera habilidad teológica (como en Tito 1:9). En este pasaje, didaktikos indica un aspecto interno temperamental para complementar la efectividad externa y la solidez doctrinal. Aquí la habilidad entra en el grupo de la bondad, mansedumbre y paciencia.

Una cosa es ser maestro en la práctica y otra ser maestro de corazón. Los buenos maestros ven posibilidades en las personas. Tienen la esperanza de que otros puedan aprender y crecer. No asumen que las personas son lo que son y que nunca cambiarán. Más bien, los profesores quieren influir, moldear y guiar. Quieren informar y presentar hechos y proporcionar motivación. Quieren enseñar y, a través de las palabras, cambiar a las personas, no simplemente juzgarlas por dónde están.

Y Pablo dice que ese tipo de temperamento es esencial en los pastores-ancianos, que sean didaktikos, no sólo sanos en teología y hábiles en la enseñanza, sino maestros de corazón. No solo reprender constantemente y corregir. También animar y visualizar, con total paciencia y enseñanza.

Como una lección para todos nosotros, y especialmente para los líderes de la iglesia, en los tiempos de división y conflicto en los que hemos vivido en los últimos meses, es el llamado a ser didaktikos con los demás. Hay un sentido en el que todos los cristianos, como receptores de la verdadera enseñanza en Cristo, llegarán a enseñar a otros en alguna medida (Hebreos 5:12), las mujeres mayores que enseñan a las más jóvenes (Tito 2: 3), los padres que enseñan a los niños (Efesios 6: 4), todos enseñándonos y amonestándonos unos a otros en la vida de la iglesia y mientras cantamos en adoración corporativa (Colosenses 3:16). Y por supuesto, mucho más los pastores y ancianos. De hecho, esta es una cualidad adecuada para el oficio de enseñar en la iglesia (1 Timoteo 3: 2; Tito 1: 9).

El cristianismo es un movimiento de enseñanza. Somos gente de un Libro, ¿y qué hay en el Libro? Enseñanza. Contenido para aprender, recibir y enseñar. Lo que significa que, como creyentes estamos llamados a enseñar a otros en cualquier forma, estamos llamados a una especie de paciencia: la paciencia que no escucha a alguien decir una palabra incorrecta o sospechosa y se da por vencida. Más bien, respiramos profundamente, oramos pidiendo paciencia y comenzamos el arduo trabajo de enseñar. Citamos versículos. Exponemos la enseñanza, sin ser condescendientes, enseñamos y seguimos enseñando. Llegará el momento de juzgar, pero no es necesario que lo hagamos antes de tiempo.

En la confusión de estos días que estremecen el mundo, hermanos  bien intencionados están dando todo tipo de pasos en falso, por todos lados. Me refiero principalmente a los contextos de nuestra iglesia local, no a la enseñanza pública, aunque debemos tener en cuenta que incluso para Apolos, un célebre maestro público, Aquila y Priscilla lo tomaron pacientemente y le enseñaron, en lugar de criticarlo en público. Respiremos hondo y pidamos a Dios la paciencia que necesitamos. Paciencia para no desacreditar a alguien demasiado rápido porque usó una frase determinada o retuiteó algo inadecuado, o no rechazó cierto término al que queremos que todos renuncien para ser considerados ortodoxos.

Cultivemos el corazón y el enfoque de un maestro, y más aún para los pastores, quienes deben hacer el vital trabajo de predicar “con toda paciencia y enseñanza”. Démosle el espacio y proporcionemos la amable enseñanza que la paciencia hace posible. Esperemos el cambio y oremos por el cambio. Y bajo Dios, busquemos cambiar a las personas a través de una enseñanza cuidadosa y paciente.

El didaktikos de Dios con nosotros

Sin embargo, quizás la verdad más importante sobre la que debemos reflexionar es cómo Dios ha sido didaktikos con nosotros. Tenemos un Dios al que le encanta enseñar. ¿No te alegra que Dios te haya tratado como lo haría un buen maestro? ¡Oh, la paciencia y la enseñanza de nuestro Dios! Tenemos la Biblia porque Él se ha dedicado a enseñar durante siglos, ¡qué paciencia!. Tenemos la vida que tenemos, la fe que tenemos y el llamado compartido que tenemos, porque nuestro Dios es paciente, con inmensa propensión y disposición para enseñar. Nuestro Dios es un maestro de corazón.

Enseñó a Adán en el jardín y enseñó a Abraham, a Isaac y a Jacob. A través de Moisés, enseñó al pueblo. Torá, el nombre de los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, significa instrucción o enseñanza. A través de profetas, reyes y sabios como portavoces, Dios enseñó a Su pueblo y todavía sigue enseñando.

Y cuando vino y vivió entre nosotros en la persona de Su Hijo, enseñó. Sus obras milagrosas hicieron que la gente se maravillara, pero nunca se identificó como un sanador. Sus curaciones fueron “señales”. Sirvieron a Su enseñanza. Señalaron Su persona y Sus palabras de instrucción: Sus parábolas, Su Sermón del Monte, Su discurso del Monte de los Olivos. Jesús es el Maestro más grande que el mundo haya conocido, y no es casualidad. Porque a nuestro Dios le encanta enseñar. Es un maestro de corazón.

No te equivoques, se acerca el examen final. Nuestras vidas terminarán, si Cristo no regresa primero como Juez. Pero mientras tanto, continúa enseñando. A través de las enseñanzas de Sus apóstoles, a través de la enseñanza fiel, paciente y cuidadosa de Su Palabra a través de pastores-maestros en la iglesia.

Cuán diferente es nuestro mundo e historia, y nuestras propias vidas, y nuestra esperanza en los días venideros, porque nuestro Dios es un maestro de corazón.