El amor propio es un mantra constante de nuestra cultura que aparece en publicidad, redes sociales y se hace cada vez mayor en la imagen que mostramos de nuestro país. Amarnos a nosotros mismos es lo que hacemos. Siendo así, ¿necesitamos entonces aprender a amarnos más? Esta es la pregunta de una joven que escucha nuestro podcast:

Hola, Pastor John, mi nombre es Daniela, soy estudiante de bachillerato y he escuchado varias formas del mantra “ámate a ti mismo”. Nos dicen que amemos nuestra personalidad, nuestra piel, nuestros cuerpos y nuestras decisiones; lo cual parece una cosmovisión demasiado secular. Sin embargo, la Biblia enseña el amor por el prójimo como a uno mismo. Mi pregunta es entonces si debemos amarnos a nosotros mismos, ¿es esto algo que deba importarnos o una inclinación carnal innata? ¿Qué dice la Biblia al respecto?

Como a ti mismo

Empecemos hablando sobre el mandamiento “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, el cual Jesús dice que es el segundo gran mandamiento después de “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente” (Mateo 22:37). Tanto Jesús como Pablo dijeron que este era el cumplimiento total de la ley (Mateo 22:40; Romanos 13:8).

Ahora, miremos que no se trata de un mandamiento al amor propio sino a amar a los otros como a nosotros mismos. En este mandamiento, el amor propio es una suposición, no un imperativo. Jesús asume que nos amamos a nosotros mismos, y en base a esta suposición puede hacer que nuestro amor propio innato sea el criterio y la medida de cómo tratamos a los demás.

Deberíamos preguntarnos más bien: “Bueno, ¿en qué sentido, entonces, nos amamos a nosotros mismos?”. Por supuesto, la respuesta no indica que nos sintamos bien con nosotros mismos. Nadie se siente bien consigo mismo todo el tiempo. A muchas personas les desagrada su cuerpo, su cabello, su inteligencia limitada, su limitado desempeño atlético. Para mí, es cuan despacio leo, mi habilidad limitada para hablar en público, mi mal genio, mis cambios de humor, y más y más.  ¡Es increíble!, hay muchas buenas razones para no amarte a ti mismo. Hay muchas cosas aquí a las que Jesús no se refiere.

Buscando la felicidad

Jesús se refiere al hecho de que todos tenemos un instinto innato a buscar nuestra propia felicidad y evitarnos el daño. En otras palabras, nuestro amor propio que Jesús asume en este mandamiento es nuestro deseo por la felicidad o nuestro deseo de minimizar nuestra infelicidad.

Aun las personas que se suicidan no son una contradicción a esta suposición que Jesús hace. El suicidio está motivado por un deseo de acabar con la miseria, es por esto que las personas se suicidan. Puede que ellos no tengan idea de lo que viene después. Todo lo que pueden decir es: “No puede ser peor, así que quiero minimizar el desorden y horror que hay en mi vida ahora”.

Cuando Jesús nos manda a amar al prójimo no quiere decir que debamos mejorar nuestro cabello, aspecto, habilidades o bondad. En cambio, debemos medir nuestro propio deseo de felicidad, nuestro propio deseo de minimizar  miseria y la medida de nuestro deseo por la felicidad de otros.

Debemos anhelar la felicidad de otros así como anhelamos la nuestra. Debemos querer su éxito y bienestar así como lo queremos para nosotros. Debemos evitarles el daño y sufrimiento así como nosotros mismos nos los quisiéramos evitar.

Como puedes ver, esto es extremadamente radical ya que desgarra profundamente la raíz del egoísmo. Es imposible que puedas auto exaltarte mientras buscas la felicidad del otro tanto como la tuya. No puedes.

La regla de oro

Ahora, hay dos otras confirmaciones del entendimiento de este mandato de Jesús. En Mateo 22:40 Jesús dice: “De estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas”. Él dice lo mismo sobre la regla de oro en Mateo 7:12, ¿la recuerdas? Dice así: “Por eso, todo cuanto quieras que os hagan los hombres, así también haced vosotros con ellos, porque esta es la ley y los profetas”. Esto probablemente dice que la regla de oro equivale al mandato de ama a tu prójimo como a ti mismo.

“Haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti” es básicamente lo mismo que “ama a tu prójimo como a ti mismo” interpretando el amor propio como tu deseo por tu felicidad y evitarte daño. Esa es la primera confirmación de que estamos en el camino correcto cuando interpretamos “ama a tu prójimo como a ti mismo” como paralelo a la regla de oro.

El buen samaritano

Aquí tenemos la segunda confirmación de estar en el camino correcto. Viene de Lucas 10 cuando el intérprete de la ley le pregunta a Jesús, “¿Y quién es mi prójimo?”. Él estaba buscando justificarse a sí mismo después de que Jesús le dijo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Este hombre le respondió con la pregunta: “¿Quién es mi prójimo?”. Bueno, para responder esta pregunta Jesús le contó la parábola del buen samaritano.

El punto de la parábola del buen samaritano no es que amara al judío herido de la misma manera en que se amaba a sí mismo, es decir, que tuviera realmente buenos sentimientos de sí mismo y, entonces, también los tendría por el judío herido. Ese no es el punto. El punto es que lo trató de la forma en que quisiera ser tratado. Lo amó como a sí mismo en el sentido de qué buscó su bienestar. Lo levantó, le vendó sus heridas, lo llevó a un mesón y pagó su cuenta porque pensó: “Bueno, si estuviera como él, quisiera ser tratado de esta manera”.

Mejor que el amor propio

Permítanme cerrar dando una alternativa bíblica al mantra que Daniela considera tan mundano y que de hecho, lo es. Ella dice: “Nos dicen que amemos nuestras personalidades, nuestra piel, nuestros cuerpos, nuestras decisiones”. Y luego dice. “Eso no suena correcto para mí”. Bueno, no lo es.

Ahora, aquí la alternativa. Como cristianos que creen en la soberanía, bondad y sabiduría de Dios en todo lo que hace, sabemos que ninguno de  nosotros —ninguno— recibió un cuerpo de nuestros padres bajo la providencia de Dios diferente a aquel que Dios mismo nos dio. Es decir, recibimos de Dios nuestro cuerpo.

El salmista dice que Dios nos formó en el vientre de nuestra madre (Salmo 139:13). Nuestra actitud hacia nuestros cuerpos, por tanto, debería estar enfocada a aceptarlos y también a aceptar nuestros cerebros con todas sus limitaciones e imperfecciones a fin de confiar que Dios es sabio, bueno y misericordioso y luego, ofrecerlos como instrumentos de justicia para la gloria de Dios con todas sus imperfecciones y limitaciones.

Aquí hay un ejemplo de la fe que estoy hablando. Joni Eareckson Tada ha estado paralizada en su silla de ruedas por más de cincuenta años y dijo que preferiría llevar su silla de ruedas al cielo temporalmente. Aquí en la tierra tuvo una agenda y dice también que se levantará con sus dos piernas en su nuevo cuerpo y le dirá a Jesús:

“Gracias, Jesús”, y él sabrá a qué me refiero porque me conoce… y le diré, “Jesús, ¿ves esa silla de ruedas? Estabas en lo correcto cuando dijiste que en el mundo tendría aflicción, porque esta carga ha sido bastante difícil. Pero entre más frágil era en eso, más fuerte me inclinaba hacia ti. Y entre más me inclinaba hacia ti, más fuerte te encontraba. Esto jamás hubiera sucedido si no me hubieras dado los golpes de la bendición de esa silla de ruedas” (Hope . . . The Best of Things, pag. 29).

Dios no le pidió a Joni que le gustara su silla de ruedas pero sí le pidió que confiara en que él sabía lo que estaba haciendo, y que se dedicara a él con todas sus limitaciones, y lo hizo, así como nosotros también deberíamos hacerlo.