“Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos” (He. 2:1).

Hemos visto en la primera parte que es muy fácil tomar el evangelio de Jesús por sentado. El autor de los hebreos quiere que prestemos atención a su Palabra. ¿Por qué está tan preocupado por esto? Nos dice al final de versículo 1: en caso de que nos “desviemos”.  

¡Para que no nos desviemos! 

Un explorador británico dirigía una expedición en el Polo Norte. Por medio de las estrellas, él y su equipo habían calculado dónde estaban ubicados y entonces comenzaron una larga marcha hacia el norte, dura y extenuante. Estaba demasiado frío y les tomó horas y horas. Cuando llegó el momento de hacer campamento y descansar leyeron nuevamente su posición basados en las estrellas. Para su horror ellos descubrieron que, en lugar de estar más al norte, ahora estaban más al sur que cuando habían comenzado a caminar. 

El problema era que habían estado caminando sobre una plataforma de hielo que se movía hacia el sur mientras ellos caminaban hacia el norte. El movimiento era tan leve que ni siquiera se habían percatado de ello. 

Ese es el punto aquí. Cuando quitamos nuestros ojos de Cristo, entonces nos exponemos a las influencias impías de nuestro mundo. Pueden ser leves y apenas sentirse, pero, en última instancia, nos hacen desviarnos de Cristo. 

No es que sólo nos despertamos un día y pensamos: “No seguiré más a Jesús”. Es algo que sucede con el tiempo. Ni siquiera lo notamos al principio; nos hemos desviado. 

Ningún cristiano auténtico puede perderse. Ese no es el problema aquí. Ningún cristiano auténtico puede perder lo que Cristo ha comprado para él. La cuestión aquí no es rechazar a Jesús de manera directa, sino simplemente apartar nuestros ojos de Él de manera paulatina. 

Siempre es peligroso cuando comenzamos a descuidar a Cristo y las demandas que Él hace en nuestras vidas. Cuando otra cosa toma lugar central en nuestros corazones entonces el desvío ha comenzado, garantizado. Y casi siempre se reduce a alguien del sexo opuesto, al dinero o al egoísmo. 

Cada año hay quienes comienzan bien aquí en nuestra iglesia. Están todos decididos y llenos de ánimo, pero luego se van, ya no siguen verdaderamente a Jesús. ¿Qué les sucedió? 

Se distrajeron. 

Quitaron sus ojos del Señor. 

¡Y creo que es algo que puede sucederte a ti! Entré al ministerio con 40 personas o más hace 16 años. De esos, quedamos menos de 10 ahora e innumerables han abandonado la fe, batallan con la depresión, las drogas, la enfermedad mental, relaciones rotas y matrimonios rotos, e incluso la prisión. 

Cuando venimos a la fe por primera vez, es como comprar una televisión de pantalla plana de 50 pulgadas con sistema de sonido de última generación. La compramos e invitamos a la gente para poder presumir de ella. ¡Qué belleza! ¡Es genial! Estamos muy satisfechos con el equipo. Es la joya que se destaca en la pared de nuestra sala. Pero seis meses más tarde vemos a nuestro vecino que tiene un monstruo de 80 pulgadas con Bluetooth, Internet y conexiones con Blu-ray incluidos. Nuestra televisión ya no parece tan buena. Ahora queremos este nuevo modelo, nos ha llamado la atención. Le ha robado el lugar a nuestro juguete. 

Eso es lo que hacemos con Jesús. Lo amamos y hablamos mucho de Él. Es como nuestro nuevo televisor. No podemos esperar para decirle a la gente acerca de esta nueva experiencia de nuestra vida. Pero entonces otra cosa aparece y acapara nuestra atención. Tal vez nos encontremos con una joven o un joven no cristiano y nos distraemos. Nos decimos a nosotros mismos que se convertirán en cristianos, pero, antes de lo que imaginamos, ya no hablamos mucho de Jesús, al menos no como antes. Nuestra relación se ha vuelto más importante para nosotros que Él. El brillo se ha perdido. 

  • Cuando nos avergüenzan las conversaciones espirituales. 
  • Cuando no participamos en la adoración sincera con el pueblo de Dios. 
  • Cuando no nos preocupados por lo que vemos y leemos. 
  • Cuando estamos apáticos a la predicación del evangelio. 
  • Cuando no sentimos una carga por los perdidos. 

Estas deben ser señales de advertencia para nosotros. 

Podemos pensar en la fe cristiana como un caminar río arriba contra la corriente: es duro y se torna difícil en algunos lugares. Encontramos piedras que debemos atravesar. A veces caemos y nos mojamos. Pero volvemos a levantarnos y seguimos adelante. 

Algunas personas piensan: “Estoy cansado de esto, necesito un descanso”. Entonces se acuestan para descansar y dejan que la corriente los lleve hacia atrás. En poco tiempo están a kilómetros de distancia de su punto de partida preguntándose cómo es que eso sucedió. 

El antídoto para esto es prestar más atención a la Palabra de Dios. Eso seguramente significa que tenemos que volver al evangelio una y otra vez. Debemos proclamarlo y predicárnoslo a nosotros mismos en cada oportunidad. Nunca debemos ser tan orgullosos como para pensar que ya no tenemos necesidad de escucharlo o que lo conocemos demasiado bien. 

Prestemos atención para que no nos desviemos. 

Estamos avanzando o estamos retrocediendo. No existe la condición estática en la fe cristiana.

Continuará… 

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Mez McConnell es el pastor principal de la Iglesia de la Comunidad de Niddrie y director de 20Schemes. Mez es el autor de numerosos libros, incluyendo "The Creaking on the Stairs: Finding Faith in God Through Childhood Abuse (El crujido de las escaleras: Encontrando la fe en Dios a través del abuso infantil)" (Christian Focus) y "Is There Anybody Out There?: A Journey from Despair to Hope (¿Hay alguien ahí fuera?: Un viaje de la desesperación a la esperanza) (Christian Focus). Está casado con Miriam y tiene dos hijas. Puedes seguirlo en Twitter.