Nota editorial: Este artículo pertenece a una serie titulada Proyecto Reforma, 31 publicaciones de personajes que fueron instrumentos de Dios durante la Reforma Protestante. Puedes leer todos los artículos aquí


Si estás familiarizado con los menonitas contemporáneos, te sorprenderá darte cuenta de  que el fundador del grupo fue un sacerdote católico que nunca había leído la Biblia en su vida.

Un sacerdote sin la Biblia

En 1524 a la edad de 28 años, Menno Simons fue ordenado como sacerdote de la Iglesia Católica en Utrecht, Holanda; aunque estaba familiarizado con el griego y el latín y estudiaba la doctrina católica, nunca había leído las Escrituras en sí mismas. “No las había tocado durante mi vida”, escribió más tarde, “porque temía que si las leía me engañararían”.

En 1526 Simons comenzó a cuetionar la veracidad de la doctrona Católica de la transubstansiación (la idea de que el pan y el vino se transforman exactamente en la carne y la sangre de Jesus durante la Eucaristía). Simons penzó que esta inquietud podría haber venido del diablo para engañarle, así que comenzó a estudiar la Biblia de mala gana. Al no haber encontrado en ningún lugar la doctrina de la transubstansiación, ¡descurbió el evangelio de salvación por gracia mediante la fe en Cristo! Simons comenzó a compartir sus aprendizajes con otros desde el púlpito, lo cual lo impulsó a un lugar de prominencia regional como predicador evangélico.

Humo sin llama

El estudio de Simons lo convenció de la autoridad sin igual de la Biblia y esto lo llevó a examinar la doctrina católica a la luz de las Escrituras. Simons rechazó la practica del bautismo infantil, la categorizó como antib{iblica y comenzó a motivar a los feligreses a ser bautizados de acuerdo a su confesión de fe en Cristo. A  pesar de que adoptó esta doctrina evangélica, se mantuvo como sacerdote en la Iglesia Católica y trabajó por su reforma. Sin embargo, mientras tanto, su fascinación por la enseñanza bíblica fue meramente intelectual. Simons disfrutaba de su reciente fama, pero carecía del verdadero afecto por Cristo.

La ejecución de trescientos anabaptistas en Old Cloister, cerca de Bolsward, en abril de 1535, lo llevó al punto de crisis:

Reflexioné sobre mi vida sucia y carnal, y también sobre la doctrina hipócrita y la idolatría que todavía practicaba diariamente con apariencia de piedad, pero sin deleite alguno. Mi corazón temblaba dentro de mí. Le rogué a Dios, con suspiros y lágrimas que me diera a mí, un pecador afligido, el regalo de su gracia, que creara dentro de mí un corazón limpio, y que con gracia, a través de los méritos de la sangre carmesí de Cristo, perdonara mi andar sucio y mi frívola vida fácil.

Vencido por sus pecados de orgullo, timidez, y amor al confort, Simons renunció decididamente a su “reputación mundana, nombre y fama”. “En mi debilidad”, escribió: “temí a Dios; busqué a los piadosos y aunque eran pocos, encontré algunos que eran celosos y mantenían la verdad”.

Enemigo del Estado – y del Diablo

Después de haber sido bautizado, Simons se dedicó inmediatamente a predicar el evangelio, explicar las Escrituras y a viajar extensamente. Simons descubrió que el diablo le había apartado de la Biblia y de la verdadera conversión, y ahora estaba decidido a ser su enemigo. Su predicación rápidamente atrajo la ira de los oficiales católicos. El emperador Carlos V emitió incluso un edicto contra Simons, ofreciendo una importante recompensa a cualquiera que lo entregara en manos de las autoridades.

Sin embargo, Simons exhortó a sus compañeros Reformadores Anabaptistas a rechazar los medios violentos para llevar a cabo la reforma, abogando por el pacifismo y la separación del poder mundano. Su predicación y reformas fueron tan exitosas que, eventualmente, los anabautistas del norte de Alemania y Holanda serían conocidos como menonitas. En el aniversario número veinticinco de su renuncia al catolicismo, la salud de Simons decayó rápidamente, y murió al día siguiente: el 31 de enero de 1561, a la edad de 66 años.

Ya no más engaño/ Ya no fue engañado

Así como el diablo engañó al joven Menno también lo haría con nosotros: nos alejaría de las Escrituras, del temor a Dios, de la confesión de pecado y de la fe humilde. Ojala que nosotros, en cambio, “con suspiros y lágrimas” supliquemos y recibamos con alegría el regalo de la gracia en nuestro prometido Salvador: Jesucristo.

Aunque anteriormente resistí a Tu preciosa Palabra y a Tu santa voluntad con todo mi ser… Tu gracia paternal no me abandonó, siendo un miserable pecador, sino que en el amor, me recibió… y me enseñó por el Espíritu Santo hasta que por mi propia voluntad declaré la guerra al mundo, a la carne y al diablo… y me sometí voluntariamente a la pesada cruz de mi Señor Jesucristo para heredar el reino prometido. (Simons, Meditación sobre el Salmo 25)