Cuando era pequeña se me facilitaba orar y lo hacía por absolutamente todo. No buscaba encontrarle el sentido” simplemente sabía que Dios me escuchaba. Si quería que mis papás no se preocuparan y estuvieran contentos: oraba. Si estaba triste o nerviosa por mis calificaciones del colegio: oraba. Conforme fui creciendo esto cambió 

Comencé a ver la oración como parte de una lista “por cumplir” que no afectaba si lo hacía o no. Comencé a dudar y ocuparme del día a día. Me acostumbre a decir a otros: voy a estar orando”, me acostumbré a aconsejar a los demás que deberían orar por sus decisiones, pero ¿genuinamente yo lo estaba haciendo? 

El común denominador en mi caso, era en dónde estaba mi corazón. La Palabra de Dios nos enseña que el corazón es engañoso (Jer. 17:9). Mi motivación como niña era la confianza y seguridad de saber que a Dios le importaba todo lo que me pasaba y que podía acudir a Él; verlo como el Padre que Él ya había dicho que e(Gal, 3:25-27; 4:6-7). Podía arrepentirme delante de Él, contarle mis pensamientos buenos y malos, y aun así, Él no me abandonaría.  

Mi relación era por quién Dios es y no por lo que Él me daba. Dios no estaba cambiando de acuerdo con mis circunstancias o mis emociones. No todas mis oraciones fueron contestadas, pero mi fe estaba bien cimentada. Conforme vamos creciendo, lo urgente suplanta lo prioritario. El trabajo, la familia, los amigos, todo comienza a ser más importante o tener más relevancia en nuestra vida que hablar con Dios y fortalecer nuestra relación con Él. ¿Cómo podremos adorarle, confiar en su perfecto plan, anhelar una eternidad con Él sin realmente tener una relación con Él? 

Relación cercana 

Cuando hablamos de relación, piensa en alguien de tu familia con quién eres muy cercana. ¿Cómo lograste ser cercana a esa persona? ¿Solo tú hablas? ¿Solo te quejas cuando platican? Una relación con El Señor es conocerlo a profundidad y con un corazóhumilde dispuesto a escuchar. Habrá silencios a veces, habrá incertidumbre, pero todo fomenta una dependencia de nuestro Padre. No es solo pedir y hablar, es también callar y escuchar. Dios tiene mucho qué decirnos en Su palabra, el Espíritu Santo que habita en quienes somos Sus hijos, nos ayuda también. La oración es la conversación en donde nuestra vida y Dios se unen. 

Limitamos la oración a pedir, automáticamente la encapsulamos como el canal por donde Dios hace lo que le decimos y nos da lo que le pedimos. Incluso, puede ser tan intimidante que huimos porque nos avergonzamos de nuestro pecado, que no nos sentimos confiados en acudir a Él. Sea cual sea el caso, nos ponemos a nosotros en el centro. Buscamos nuestra comodidad y al no ver los resultados que esperamos o en el tiempo que queremos, el cinismo nos gana y preferimos decir que la oración no es lo nuestro, no se nos da esa espiritualidad.  

Resumimos la oración en experiencias, emociones y conveniencia. De esto dependerá cómo oraremos. ¿Quién mejor que Cristo para enseñarnos? Tenemos el ejemplo de cómo Él se acercaba a Su Padre. ¿Oraba solo cuando todo iba bien? ¿Oraba solo para demandar del Padre? No. Jesús no oraba en el tiempo que le sobraba, al contrario, Él apartaba el tiempo estando en medio de la multitud porque sabía que necesitaba hablarle al Padre.  

En el momento en que agonizaba en esa cruz, su oración seguía teniendo el mismo propósito: que se haga tu voluntad y no la mía (Lc. 23:46). No hay una receta mágica que de la noche a la mañana nos vuelve fervientes oradores. Es un proceso de recordar todos los días la importancia de depender de Dios a pesar de lo que suceda a nuestro alrededor. 

No tienes que empezar orando 5 horas 3 veces al día. No digo que sea malo orar mucho, sino que busques más la relación con el Padre que el cumplir un tiempo de oración. Comienza profundizando en a Quién le hablas. ¿Quién es Dios? Conforme vamos conociéndolo, vamos logrando ver la oración como lo es el agua para nuestro cuerpo: refrescante y totalmente necesario.  

Hasta que no reconocemos nuestra incapacidad no podremos buscarlo en oración. Los Salmos nos ayudan a encaminar nuestras oraciones. David en medio de su gozo, de su tristeza, de su enojo, en todo momento acudía al Señor (Sal. 6:1-6; 9:9-10). Reconocer nuestra fragilidad nos acerca más al Padre, al Creador de todo el universo que anhela una relacióíntima con Él. 

Aprender a orar no significa que todo sufrimiento o dolor se irá al momento de orar, más bien, significa que podremos superarlo en gozo y gratitud gracias a la dependencia al Padre, confiando en su bondad eterna y amor a sus Hijos (Ef. 3:14-19)¡Tenemos esperanza! 

Para llegar a ser como Jesús debemos sentirnos cada vez más incapaces de vivir la vida, más cautelosos con nuestro corazón sin dejarnos llevar por el cinismo que el mundo nos influencia. Jesús no analiza lo que no sabe, se aferra a lo que sabe (Mc. 6:34-44). La oración se vuelve un reflejo de su fe. Lo hace públicamente y lo mantiene en su práctica privada. ¿Ves? La oración es mucho más que pedir. 

Te exhorto a que recuerdes que no se trata de ti, se trata del Padre. Desesperadamente buscamos intimidad, pero ahora que tenemos ese acceso a una intimidad perfecta con nuestro Padre Celestial, solemos echarnos para atrás. Nos acomodamos con Dios a la distancia y decimos ¿Para qué orarlo si Él ya lo sabe? Evitamos las oraciones que invitan a Dios a gobernar y tomar el timón de nuestra vida. Nos hace vulnerables. Pero como vemos a lo largo de toda la historia de Redención, Él nos busca. Y no podremos rendirnos a Él sin soltar el control (Mt 6:10).