Anteriormente escribí sobre que “Estamos hechos para tener amigos” y “Cómo escoger amigos sabiamente”, hoy, quiero hablar sobre Cristo siendo el centro de nuestras amistades.

Nuestra habla no solo se compone de hablar sino también de escuchar. “El malhechor escucha a los labios perversos, el mentiroso presta atención a la lengua detractora” (Proverbios 17:4) y “Como pendiente de oro y adorno de oro fino es el sabio que reprende al oído atento” (Proverbios 25:12). Un comentario que estaba leyendo acerca de esto decía: “Dios quiere que sepamos que quedarnos parados allí a escuchar y tolerar el mal es tomar parte. Nos mentimos a nosotros mismos diciendo que no estamos involucrados porque sólo estamos escuchando, pero los oyentes están involucrados”.

La importancia de escuchar

Para ser un buen amigo necesitas escuchar bien y ser cuidadoso con lo que escuchas. ¿Estás escuchando mentiras acerca de otra persona? ¿Estás escuchando chismes? No puedes solo quedarte ahí y pensar que porque no estás participando en esa conversación no eres culpable. Nuestro silencio es tomado como concordancia, no solo por las otras personas involucradas en la conversación, sino también por Dios. Proverbios 25:12 dice que hay belleza y valor en reprender a otros. Dios toma el pecado muy en serio, y nosotros deberíamos hacerlo también. Imagínate si supieras que alguien hubiese estado hablando mal de ti, y tu mejor amigo hubiese sido parte de esa conversación y no dijera nada… ¡Estarías furiosa! ¿Qué tipo de amigo es si no cuida tu espalda?

Todos hemos estado en medio de una conversación donde podemos ver que a la otra persona se le ponen los ojos vidriosos, la mirada se ve ausente y con eso sabemos que su mente se ha ido a otro lado. ¿Cómo te hace sentir eso? ¿Te hace querer continuar desahogándote? Necesitamos ser conscientes de esto cuando pasamos tiempo con las personas. Escuchar es tan importante como hablar, tal vez hasta más importante (Santiago 1:19). Cuando escuchamos apropiadamente, tenemos una mejor idea de lo que hace que la otra persona reaccione, y qué ocurre en su vida. También nos ayuda a hacer las preguntas correctas. Nuestras conversaciones con nuestros amigos son en dos sentidos: escuchar y hablar.

“No frecuente tu pie la casa de tu vecino, no sea que él se hastíe de ti y te aborrezca” (Proverbios 25:17). Hay un proverbio escandinavo que dice: “Casi nunca dirijas tus pasos hacia la casa de tu vecino; mucho tiempo contigo y te odiará”. Éstas dos cosas nos muestran la importancia de tener correctamente el balance entre cuánto tiempo pasamos con nuestros amigos. No queremos verlos tan pocas veces que el pasto del camino crezca, ¡Pero igualmente no queremos estar con ellos 24/7 porque se cansarán de nosotros! No queremos tener ese amigo dependiente que no puede hacer nada por sí mismo. Creo que podríamos decir que queremos tener una buena influencia, pero no ser sofocados por ella.

Sé cuidadoso en mantener a Jesús en el Centro de tu amistad

Proverbios 18:24 dice: “El hombre de muchos amigos se arruina, pero hay amigo más unido que un hermano”. Cuando pensamos en el tema de la amistad, el mejor lugar para mirar es a Jesús. Él es el ejemplo perfecto de cómo se ve un verdadero amigo. Cristo nos amó tanto que dió Su vida por nosotros. “Nadie tiene un amor mayor que este: que uno dé su vida por sus amigos” (Juan 15:13). Ésta es la muestra más grande de amistad. Todos hemos tenido amigos que nos han defraudado, pero también podemos decir, junto con el Apóstol Pablo, “Pero el Señor estuvo conmigo y me fortaleció” (2 Timoteo 4:17). Pablo dijo esto cuando él estaba en juicio y sus “amigos” lo habían abandonado. El mismo comentarista de antes dijo: “los verdaderos amigos no se encuentran en la cantidad, sino en la calidad. Y nadie nos ofrece una amistad de mayor calidad que Jesucristo”.

Jesús es el que estará con nosotros en las buenas y en las malas. Él es al que miramos cuando estamos siendo amigables con alguien más. En Él es en el que nos enfocamos para nuestras amistades cristianas. “Oh, qué amigo nos es Cristo, Él llevó nuestro dolor”. Los mejores amigos son aquellos que aman al Señor, y no temen decirnos las verdades más duras, quienes no nos dejarán continuar pecando, quienes nos aman lo suficiente para preocuparse por el estado de nuestras almas. ¿Tienes amigos como esos? ¿Eres un amigo de esos?

Mateo 12:36-37 nos advierte que “… de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado”. Éste es un pensamiento escalofriante, ¿No es así? No escaparemos de esos comentarios frívolos, de esas palabras precipitadas o de esos comentarios sarcásticos e hirientes. Daremos cuenta al creador del universo. Eso nos debería hacer pensar antes de abrir nuestras bocas. ¿No es así?

Éstos son sólo algunas de las cosas que la Biblia enseña acerca de la amistad, pero ¿son todas las amistades iguales? ¿Deberíamos tener el mismo nivel de confianza y amistad con todos? ¡La respuesta a eso es no! Si miramos nuevamente a Jesús, Él tuvo distintas amistades con distintas personas. Él fue llamado amigo de los pecadores en un sentido general, Él tenía una relación bastante cercana con Marta, María y Lázaro, pero tenía una relación diferente con sus discípulos. Aún dentro de ese grupo de doce, Él tenía una relación más profunda con tres de ellos: Pedro, Jacobo y Juan. Jesús llevaba a esos tres aparte del resto y les enseñaba algo en especial.

Vemos esto específicamente en el relato de la transfiguración (Marcos 9:2; Lucas 9:28), pero con Pedro, Jesús tenía una relación más cercana aún (Juan 13:23). Es lógico que habrá ciertas amistades que serán más cercanas a nosotros también; puede ser debido a la etapa de vida que estamos viviendo, porque vivamos cerca de ellos o no, hace cuánto tiempo los conozcamos, etc. Sería imposible tener la misma relación con todos los que conocemos. A menudo, luchamos para continuar con dos o tres de nuestras amistades y ni hablar de los cientos de personas que conocemos. Más allá de cuántos amigos o seguidores puedas tener en las redes sociales, ¡sospecho que la mayoría de ellos no son en realidad tus amigos!

¿Cómo deberíamos responder cuando las amistades fracasan? Desafortunadamente, tenemos que pensar en esta pregunta porque vivimos en un mundo caído. Somos pecadores, ¡y todos nuestros amigos son pecadores también! Cuando las amistades se rompen puede ser muy doloroso para ambas partes. Yo tenía una amiga muy cercana cuando estaba en mis últimos años de adolescencia. Salíamos todo el tiempo, estudiábamos la Biblia juntas, orábamos juntas y nos llevábamos muy bien. Pero yo tenía mis sospechas que ella estaba en una relación con un inconverso, así que la enfrenté acerca de esto. Ella lo negó, y estaba horrorizada de que yo hablara del tema.

Con el tiempo, se hizo evidente que, de hecho, ella estaba saliendo con este chico. Yo le hablé nuevamente sobre esto, y ella se enojó mucho y se puso a la defensiva. Sobra decir que luego de esto, nuestra amistad se deshizo. Yo estaba muy decepcionada y me preguntaba si había hecho lo correcto en llamarle la atención e incluso, intenté un tiempo después buscar la reconciliación. Ella no estaba interesada. Tristemente, ella terminó casándose con este chico y se ha apartado completamente del Señor. Ahora, sé que hubo pecado de mi parte en esta situación, pero yo estaba realmente preocupada por su alma.

Éste puede ser un ejemplo extremo, pero algunas veces las amistades colapsan por razones como estas. Como creyentes, nuestra responsabilidad es enfrentar a nuestros amigos creyentes acerca de su pecado. Cómo responden depende de ellos, no de nosotros. Somos llamados a ser fieles al evangelio en toda circunstancia. Algunas veces nos separamos de personas porque llegamos al entendimiento de que ya no son útiles para nosotros y nuestro crecimiento espiritual. Ésto puede ser muy complejo de explicar, particularmente si no son creyentes. Probablemente dirán algo como: “¿Entonces crees que eres mejor que yo?”, o pensarán que nos hemos vuelto sofisticados.

Como dije antes, debemos ser cuidadosos con la compañía que mantenemos. El principio dominante aquí es que, si nuestro amigo es un creyente, debemos buscar cuanto antes la reconciliación (Romanos 12:17). Con inconversos, nuestra responsabilidad es un poco diferente. Somos llamados a amarlos y a testificar, pero a veces es mejor distanciarnos de ellos. Terminemos por donde comenzamos: “Él que anda con sabios será sabio, mas el compañero de los necios sufrirá daño” (Proverbios 13:20).