En mi cultura, siempre que te despides de alguien que aprecias le dices: «Cuídate». Esa expresión se ha vuelto tan común que ya no la dices como un consejo, pero hoy yo quiero decírtelo en serio: ¡Cuídate! 

El día a día de una madre 

Igual que muchas mujeres, después de la maternidad dejé de hacer varias cosas para mí. Dejé de dormir ocho horas de corrido, dejé de comer caliente en los horarios habituales de comida, dejé de ir al médico cuando sentía algún malestar y dejé si quiera de considerar apartar tiempo para ejercitarme. 

Inicié la maternidad a mis 29 años, 9 años después me sentía como si tuviera 80, con muchos «achaques», mal humor sin razón aparente, poca energía e inconformidad con mi aspecto. Nadie tiene que contarme lo difícil que es encontrar un espacio para uno cuando se es madre de dos pequeños escolares a quienes educas en casa, cuidas tu hogar y ejerces tu profesión. Apenas podía esperar a que llegara la noche para que los niños se durmieran y poderme sentar en mi cama a ver televisión un par de horas hasta quedarme dormida, para luego reiniciar todo. 

La motivación incorrecta 

Por la gracia de Dios y, de repente, como un chispazo, un día decidí hacer algunos cambios. Comencé por modificar mi alimentación, hacer ciertos tratamientos para mejorar mi salud digestiva y ese fue el comienzo de pequeños cambios que he ido haciendo despacio, pero con constancia. Creo que mi motivación inicial no era precisamente la correcta, tenía ciertas ideas como: «Merezco tiempo para mí», «si quiero cuidar de mis hijos debo estar saludable», «no quiero ser una adulta mayor enferma», etc. 

Esas ideas no eran malas en sí mismas, sin embargo, estaban centradas en mí y dejaban de lado el mandato de Jesús de negarnos a nosotros mismos para seguir Su plan (Mat.16:25) y, además, son ideas que ignoran la soberanía de Dios. 

Déjame explicarme mejor: Al pensar que yo debo ser egoísta y merecer tiempo para mí, estoy negando a Cristo, quien se sacrificó por mí y no escatimó quién era, ni la gloria que merecía, dejándolo todo por mí (Fil. 2:6-8). Dios me dio el privilegio y la misión de ser madre y eso implica negación en muchos aspectos. Como cristiana no puedo pretender vivir como cuando era soltera o no tenía hijos, porque Dios me asignó un nuevo rol. 

Por otro lado, pensar que si hago esto o aquello me asegurará la salud o la juventud eterna es menospreciar la soberanía de Dios. Conozco a muchas personas que lo hacían todo bien: se ejercitaban, no comían comida chatarra y tomaban ocho vasos con agua al día y aun así desarrollaron alguna enfermedad como cáncer, hipertensión o murieron jóvenes por otras causas, como un accidente. Debemos saber que estamos en las manos de Dios, quien conoce cuantos días viviremos y eso no lo podemos cambiar por más vitaminas que tomemos y tratamientos antienvejecimiento que nos hagamos (1 Sam. 2:6-8). 

La motivación correcta 

Sé que te estarás preguntando: «¿Entonces para que me voy a cuidar?». En este punto quiero continuar contándote que, en mi proceso de cambio y autocuidado, el Espíritu Santo me guio a recordar, que el fin principal del hombre es glorificar a Dios (Rom. 11:36). El Señor nos manda en Su palabra que todo lo que hagamos sea para Su gloria (1 Cor. 10:31). Entonces, llegué a la convicción de que debía orientar mejor mis motivos. Si iba a levantarme cada día a las cinco de la mañana para ir a correr, aunque hubiera tenido una noche difícil con mis niños, lo haría para Su gloria, por obediencia y por testimonio. 

Muchas veces quise convencerme a mí misma dando excusas, como la falta de tiempo, la falta de dinero, la idea de que el físico no es importante, sino lo que tengo en mi mente, etc. Pero debí ser honesta y admitir que frecuentemente perdía el tiempo viendo mis redes sociales. Acepté que no necesito pagar un gimnasio para ejercitarme y comprendí que el físico (mi cuerpo) es el medio que Dios me ha dado para servirle a Él y a los que amo; pues con mi mente no puedo cargar a mis hijos, ni atender a mi esposo, ni servir a mis hermanos en la fe.  

Debemos cuidarnos físicamente al igual que espiritual e intelectualmente, pues todas nuestras capacidades y áreas de vida fueron dadas por Dios. Si el cuerpo no fuera importante, entonces Él no se hubiera molestado en crearlo, solo seríamos almas. No menosprecies lo que Dios te ha dado (Sal. 139:13-14). 

Consejos finales 

Considera algunos consejos que quiero dejarte. No te automediques ni aguantes dolores, revísate por lo menos una vez al año. Si tienes problemas con la comida, ya sea por adicción o porque no sabes cómo alimentarte correctamente, busca ayuda profesional, usa recursos científicos en internet para adquirir conocimientos al respecto. Comienza a ejercitarte caminando, es gratis y casi todos lo podemos hacer, luego podrás ir explorando otras opciones. Lo importante es comenzar. 

Pero antes de empezar, ora, pide al Señor que te dé dominio propio, sabiduría y ánimo cada día para administrar uno de los bienes más preciosos y asombrosos que tenemos: Nuestro cuerpo, que es Su templo. 

«¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Pues por precio habéis sido comprados; por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios» (1 Corintios 6:19-20).