Mi hijo mayor tiene ocho años. Le encantan los deportes, las Tortugas Ninja, andar en bicicleta y jugar a las luchas con su papá. A mí también me gustaban esas cosas cuando tenía ocho años.

Fue esa edad cuando me vi expuesto por primera vez a la pornografía.

En ese tiempo, mi familia vivía en Inglaterra. En una peluquería me encontré con un periódico y, en la tercera página en tinta negra sobre un papel gris, se encontraba ella. La llevé a casa, a mi habitación y cerré la puerta. Mi hermano y yo la colocamos en nuestro tiro al blanco de juguete. No sé por qué lo hicimos, pero de nuevo, éramos niños. Fue muchos años después que descubriríamos el desenlace, el telos de la pornografía. La Srta. Página Tres fue rápidamente confiscada, pero más de 25 años después sigo recordando el ángulo de su cabeza y la manera como estaba apoyado su brazo.

Como yo, la mayoría de los hombres recuerdan su primera exposición a la pornografía. El autor Jared Wilson escribe:

Cursaba el quinto grado la primera vez que vi pornografía. Un compañero de la escuela trajo la revista Penthouse de su padre al autobús. He olvidado mucha pornografía desde entonces, pero esas imágenes siguen grabadas en mi cerebro. Es parte de la perniciosa maldad de la pornografía. Una vez que miras la depravación, no hay vuelta atrás y te cambia.[1]

Trágicamente, para algunos hombres, esa “primera vez” abre la llave de un grifo que nunca se detendrá; a veces fluye a cántaros, a veces simplemente gotea, pero siempre y constantemente corre la contaminación. Estos hombres ya no tienen ocho años y ya no les gustan las Tortugas Ninja. Ahora tienen un trabajo, una familia, una hipoteca a 30 años… y una adicción a la pornografía.[2]

A veces, estos hombres terminan en mi oficina buscando ayuda.[3] ¿Qué debo decirles? ¿Qué debo decirte a ti?

¿Solo detente?

Hay una escena clásica de Mad TV con Bob Newart donde aparece en el rol de un terapeuta.[4] Durante varios minutos, una mujer llamada Katherine le confiesa sus luchas, pidiendo consejo sobre cómo sobreponerse a ellas. Entre otras cosas, tiene pánico de ser enterrada viva. No puede ni siquiera subir a un elevador ni entrar a un túnel en el auto.

Entonces, el Dr. Switzer, el personaje de Newart, le pregunta a Katherine si está lista para escuchar lo que debe hacer. Ella saca una pluma y papel y el Dr. Switzer se inclina hacia adelante y, con una voz llena de pasión le dice: “¡Detente!”. Tras una mirada sorprendida de parte de Katherine, él repite: “D -E-T-E-N-T-E… Por favor, ¿quién quiere ir por la vida con miedo a ser enterrada en una caja? Eso suena aterrador”.

La escena continúa hasta que ella se encuentra completamente exasperada.

Me gusta pensar que mi consejería pastoral es mejor que esto, pero demasiadas sesiones han terminado conmigo frustrado; no una frustración contra la persona que está buscando ayuda, sino frustración que se torna hacia mí mismo. Demasiado a menudo solo he asentido con la cabeza mientras escucho a hombres que luchan con la pornografía. Tras algunas pausas incómodas, hago algunos comentarios acerca del evangelio y le digo a este hombre: “lee tu Biblia, rinde cuentas y, bueno, simplemente detente”.

D-E-T-E-N-T-E

He sido pastor durante suficiente tiempo como para saber que esta estrategia raya en la negligencia profesional. No puedo seguir haciéndolo. Debo dejar de aplicar el evangelio de manera pobre y superficial. Debo dejar de curar las heridas de los hijos de Dios superficialmente. Debo dejar de decir: “Está bien”, cuando no está bien.

En cambio, quiero tener algo útil que ofrecer a los hombres que luchan contra la pornografía. Algo empapado del evangelio. Algo tanto poderoso como práctico. Mi iglesia y todas las demás están llenas de hombres que desean cerrar definitivamente el grifo que sigue contaminando todo con un fango tóxico, pero no saben cómo. Lleva fluyendo tanto tiempo y ha habido tantos intentos fallidos por sellar la gotera que han terminado por perder la esperanza.

Un cambio en la marea de la pornografía

Estos temas simplemente continuarán creciendo a medida que la tecnología avanza y la pornografía se vuelve más abundante. Incluso me pregunto hasta qué punto la pornografía impulsa muchos de los avances tecnológicos que disfrutamos con otras aplicaciones más nobles.

Andy Crouch, en su libro The Tech-Wise Family [Familias tecnológicamente sabias], se refiere a la tecnología como aquello que promete a sus usuarios algo “fácil y en donde sea”. Él observa que no hay nada “en nuestra sociedad que haya sucumbido de manera más completa, más catastrófica, a la promesa básica de la tecnología: fácil y en donde sea, que el sexo”.[5] Un reporte del Witherspoon Institute [Instituto Witherspoon], un grupo diverso en temas de religión, política y profesión, observa que “la pornografía contemporánea en internet es cualitativa y cuantitativamente diferente de todo lo que hemos visto antes”.[6] Es por esta razón que Russell Moore, el presidente de la Ethics and Religious Liberty Commission [Comisión para la libertad ética y religiosa], insiste en que la tecnología digital ha hecho de la pornografía un arma.[7] Este peligro se ha hecho más real en la medida en que el estudiante promedio de bachillerato que cuenta con un teléfono móvil ahora puede borrar las líneas entre productor, distribuidor y consumidor de pornografía, razón por la cual The Barna Group [El grupo Barna] se refiere a nuestros tiempos como los tiempos del “Porno 2.0”.[8]

Estamos experimentando un cambio en la marea.

Piensa conmigo sobre esto. Hubo un tiempo en el que la ropa interior se exhibía solo en maniquíes. Ahora, se anuncia en las calles con mujeres que parecen diosas con alas de ángel. Recientemente, mientras me encontraba en un aeropuerto con mi esposa y mis hijos pequeños, dos pantallas reproducían videos sobre la puerta de una tienda de Victoria Secret. Esto refleja claramente una diferencia en aceptación social.

Consideremos cómo la revista Playboy permanecía en gran manera inaccesible a los jovencitos, salvo cuando un chico se robaba una del escondite de su papá. Y aquellos que eran lo suficientemente mayores como para comprar pornografía por sí mismos, solo podían hacerlo tras soportar el estigma de comprar una revista envuelta en plástico de detrás de un mostrador. Tal vez no era una gran barrera, pero sí era al menos un obstáculo. Y, no olvidemos que, aun cuando pudieran obtenerse, estas revistas ofrecían solamente imágenes sin movimiento. Había videos, por supuesto, pero de nuevo la falta de accesibilidad limitaba su exposición.

Adelantémonos un par de décadas y, de pronto, todo es diferente. Los teléfonos móviles se encuentran prácticamente donde sea, el Wi-Fi y el Internet de alta velocidad proveen todo tipo de material pornográfico en segundos, millones y millones de fotografías y videos. Todos ellos asequibles, accesibles, anónimos. Si alguien se aburre con un sitio, ahora puede cambiar a otro y a otro. Miss Enero, Miss Febrero y Miss Marzo ya no están separadas por 31 días sino por el milisegundo que toma cambiar entre pantallas.

Y no se detiene allí. Los algoritmos del internet y la publicidad emergente empujan a los consumidores hacia materiales cada vez más explícitos. Los videos de hoy ya no son como los de ayer. En cambio, como la heroína que se hierve hasta lograr su concentración máxima, los videos de pornografía han sido recortados para incluir solamente el contenido más explícito. Olvídate de intentos pobres por construir una trama; ahora en donde sea, los niños miran video tras video de puros cuerpos humanos en contacto.

Todos y cada uno asequibles, accesibles, anónimos, abundantes y adictivos.[9] Y ni siquiera he mencionado cómo los avances en la realidad virtual complicarán aún más el problema.

¿Luchar en contra de o con?

Debo hablar por un momento acerca de las palabras específicas que quiero usar. No estoy escribiendo para aquellos que “luchan con la pornografía”, sino para aquellos que “luchan en contra de la pornografía”. Hay una enorme diferencia.

Luchar en contra del pecado sexual significa ser proactivo. Significa hacer sonar la trompeta de batalla y ordenar a las tropas. Significa combatir contra tu pecado, no ser una víctima pasiva. Más importante, luchar contra la lujuria significa saber que hay algo (de hecho, muchas cosas) por las que vale la pena luchar.

Si alguien me hubiera preguntado hace algunos años: “¿Cómo se ve una lucha contra la pornografía?”, no estoy seguro de que habría tenido una respuesta. Habría querido tener un recurso que ayudara a los cristianos, en palabras del apóstol Pablo, a “hacer morir […] la fornicación” y a “andar en el Espíritu y no satisfacer los deseos de la carne” (Col 3:5; Gá 5:16, RVR60).

Permíteme ser claro. Los siguientes no son “pasos” que deben seguirse en un orden específico. Son estrategias para almacenar municiones para tus armas; son exhortaciones para ponerte tu chaleco antibalas; son sugerencias sobre qué hacer cuando la tentación te sorprende tras las líneas enemigas. Quiero que tengas un arsenal de opciones para pelear esta guerra. Quiero que estés equipado, como en la frase famosa de John Owen, para matar el pecado antes de que el pecado te mate a ti. Él escribe: “No se puede estar seguro en su contra, salvo en estado de guerra constante”.[10]

Es tentador cansarse de todas estas metáforas de guerra y batalla. La literatura cristiana que apunta a los hombres (ahí tienen otra) está llena de estas metáforas. Pero también lo está la Biblia: estén alerta (Lc 12:15; 1 Co 16:13); hagan morir el pecado (Ro 8:13; Col 3:5); sean implacables (Mt 5:29–30); pelea la buena batalla (1 Ti 1:18); vístete con la armadura correcta (Ef 6:12–18; ver Is 59:17); milita como soldado (2 Ti 2:4); y la lista continúa. Tal vez la Biblia habla de esta manera porque Dios no ve nuestra batalla contra el pecado como una metáfora. Es una batalla real.

Pero tal vez sirva cambiar los simbolismos, aunque sea para mantener fresca la conversación. Míralo de esta manera: cuando llevas tu auto al mecánico, a menos que el parachoques esté completamente destrozado, el mecánico te pedirá que le describas el problema. Tal vez has notado un sonido extraño cuando frenas o una vibración cuando dejas de acelerar. O tal vez se enciende la luz de falla en el motor y no estás muy seguro de la razón. En estas épocas, el mecánico conecta tu auto a una computadora para correr una prueba de diagnóstico.

Así es como veo las siguientes estrategias. Son pruebas de diagnóstico para tu mente y corazón, todas con el objetivo de ayudarte a hacer morir la lujuria y a cultivar el amor. Están escritas para ayudarte a perseverar hacia Dios, para Su gloria, para el avance de Su reino y para el bienestar de Su mundo.

Sin mantenimiento frecuente, cualquier auto se convertirá en una carcacha que avienta humo azul como barco de vapor. Tú no quieres eso, y yo tampoco. Tampoco tu Padre celestial. Él quiere que te deshagas del pecado para que puedas correr ligero con tus ojos bien puestos en Jesús (He 12:1–2).


[1] Jared C. Wilson, The Prodigal Church: A Gentle Manifesto against the Status Quo [La iglesia pródiga: un manifiesto amable contra el status quo] (Wheaton, IL: Crossway, 2016), 203.

[2] Aquí hablo sobre adicción a la pornografía. Sin embargo, “adicción” puede no ser la mejor palabra. Para algunos hombres lo es; para otros no. Diferenciar entre una lucha intensa y persistente y una adicción real no es fácil y usualmente requiere de un profesional. Para nuestros propósitos, cuando use la palabra “adicción”, lo haré en un sentido general y no técnico.

[3] El enfoque de este libro es hacia los hombres. Sin embargo, estoy consciente de que la pornografía es consumida tanto por hombres como por mujeres. Las estadísticas nos dicen, por ejemplo, que el 28% de los visitantes a sitios pornográficos son mujeres (Denny Burk, What is the Meaning of Sex? [¿Cuál es el significado del sexo?] [Wheaton, IL: Crossway, 2013], 223).

[4] Mad TV, “New Therapy with Bob Newhart” [“Nuevas terapias con Bob Newhart”] (dirigida por Bruce Leddy; escrita por Brian Hartt; Fox Broadcasting Network, May 12, 2001), episodio 6.24.

[5] Andy Crouch, The Tech-Wise Family: Everyday Steps for Putting Technology in Its Proper Place [Familias tecnológicamente sabias: pasos diarios para poner la tecnología en su lugar] (Grand Rapids: Baker, 2017), 165.

[6] Mary Eberstadt y Mary Anne Layden, The Social Costs of Pornography: A Statement of Findings and Recommendations [El precio social de la pornografía: una declaración de hallazgos y recomendaciones] (Princeton: The Witherspoon Institute, 2010), 8.

[7] Russell Moore, “What Does the Gospel Say?” [“¿Qué dice el evangelio?”] en The Gospel & Pornography [El evangelio y la pornografía], ed. Russell D. Moore y Andrew T. Walker, Gospel for Life (Nashville: B&H, 2017), 31.

[8] The Barna Group, The Porn Phenomenon: The Impact of Pornography in the Digital Age [El fenómeno pornográfico: el impacto de la pornografía en la era digital] (Ventura, CA: Barna, 2016), 22.

[9] Las tres A de la pornografía (asequible, accesible y anónimo) han sido mencionadas por varios autores. Se originaron con Al Cooper, aunque yo estoy agregando una cuarta y quinta (abundante y adictivo).

[10] John Owen, Of the Mortification of Sin in Believers, in Overcoming Sin and Temptation [La mortificación del pecado en el creyente, cómo tener victoria sobre el pecado y la tentación], ed. Kelly M. Kapic y Justin Taylor (Wheaton, IL: Crossway, 2015), 52.