Estoy convencido de que somos propensos a dar demasiada importancia a los dones más públicos y muy poca a los más privados. Elogiamos a quienes se suben a los podios de los eventos para predicar la Palabra. Celebramos a quienes se sientan en los paneles de las conferencias para responder nuestras preguntas. Honramos a quienes escriben los pocos libros más vendidos. Cuando tenemos la oportunidad, nos acercamos para darles la mano, para sacarnos una selfie, para compartir palabras de aliento.

Ninguna de estas acciones está mal, por supuesto. Pero en toda nuestra emoción y afirmación, ¿es posible que comuniquemos tácitamente que algunos dones son mejores que otros, que algunos son más deseables que otros, que algunos son más esenciales que otros? ¿Es posible que sugiramos que los mejores cristianos son los que tienen los dones más visibles?

A menudo pienso en una de las primeras grandes conferencias cristianas a las que asistí. Asistieron varios miles de personas que llenaron un gran auditorio, que cantaron cada canción con gran pasión, que escucharon cada mensaje con mucha atención. Pero cerca, en un cuarto mucho más pequeño, había un segundo grupo de personas. No cantaban ninguna de las canciones ni escuchaban ninguno de los mensajes, porque estaban allí para orar. Llevaban consigo una larga lista que incluía el nombre de cada orador, cada cantante, cada asistente. Por cada hora que adoraba el grupo grande, este pequeño grupo intercedía. Por cada prédica que se escuchaba en el salón grande, se ofrecían cien oraciones en el cuarto pequeño. Su don era la oración, su llamado era la oración, su tarea era la oración. Y así oraban, hora tras hora y día tras día.

El Señor hizo cosas emocionantes y memorables en ese evento. Estoy seguro de que los que llegaron a la fe allí, los que fueron convencidos de su enfermedad espiritual, los que fueron animados y renovados pueden datar el origen de todo en una de las canciones, uno de los paneles o uno de los sermones. Pero ¿acaso habría podido haber alguna verdadera adoración en las canciones, alguna verdadera sabiduría en los paneles, algún gran poder en los sermones, si no hubiera sido por el compromiso invisible, por el trabajo ferviente de los que oraron? ¿Acaso algo de esto habría llegado al corazón de los oyentes si esas oraciones no hubieran llegado primero al oído de Dios?

El capitán de un gran barco de vapor puede haber pedido que se navegue «a toda velocidad», pero él mismo no tenía el poder para hacerlo realidad. Eran los hombres que estaban bajo la cubierta del barco, los del cuarto de máquinas, los que tenían que llenar las calderas de carbón a pala y provocar que el barco alcanzara velocidades cada vez mayores. Puede que el capitán hubiera tenido un camarote elegante, llevara un uniforme elegante y fuera tratado con gran pompa, pero eran aquellos que no se veían quienes impulsaban el barco hacia adelante, los que le daban su poder. El éxito del capitán era inseparable de la labor de su tripulación.

Y de la misma manera, ¿no podría ser que la eficacia de los sermones dependa tanto de las oraciones de los santos invisibles como de la preparación y la entrega de incluso los más grandes predicadores? ¿No será que el verdadero poder no viene del que está de pie en el escenario, sino del que está arrodillado detrás de él? ¿No será que el papel más esencial en cualquier domingo por la mañana es el que desempeña el santo postrado en cama que no puede asistir, pero que se compromete a una intercesión sencilla, humilde y sincera? ¿No sería esto coherente con la manera en que Dios ha ordenado Su reino, en el que los más grandes son tan a menudo los más pequeños? Porque, en la economía de Dios, la sinceridad cuenta más que la elocuencia, la obediencia más que la aclamación, la sumisión más que cualquier medida de éxito visible. Si Dios elige a los débiles para avergonzar a los fuertes, quizás también elige a los menos visibles para humillar a los más prominentes.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en https://www.challies.com/articles/the-greatest-christians-and-the-most-visible-gifts/

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.