Uno de los descubrimientos más impactantes que muchas personas hacen al principio de su caminar cristiano, es que a los creyentes no se les ha dado una inmunidad especial ante las dificultades, problemas y retos de la vida. De hecho, en muchos casos, estas partes difíciles de la vida pueden ser mayores como resultado de nuestra fe en Cristo. Estas experiencias pueden ser duras y, si no se entienden a la luz de la Palabra de Dios, pueden incluso parecer que ahogan nuestra fe.

Jesús sabía que así sería la vida de sus discípulos y de aquellos que creyeran en Él a través de su labor evangelizadora. Sabía que los llamaba a dejar atrás las vidas que habían conocido y a llevar esta buena noticia hasta los confines de la tierra. Sabía que sería una misión difícil y que, inevitablemente, se meterían en problemas.

Pero nuestro Salvador no los dejó ni a ellos ni a nosotros sin los maravillosos regalos que nos sostendrían en nuestros días más oscuros. En Juan 13:16, encontramos a Jesús celebrando la Pascua con sus discípulos en el aposento alto. En 24 horas, sería arrestado, juzgado, torturado y asesinado en una cruz romana. Juan deja claro que Jesús conocía el tipo de muerte que iba a sufrir y que sabía que “su hora había llegado” (Juan 13:1).

Entonces, ¿cómo pasa Jesús su última noche con estos hombres?

Creo que les dio lo que recordarían como una de sus más preciadas enseñanzas. Dijo cosas que no sólo deben haber resonado en sus memorias el resto de sus días, sino que también serían meditadas por innumerables cristianos en cada generación desde entonces. Hay mucho que entender y estudiar en este pasaje, pero me gustaría señalar tres verdades que Cristo reitera con estos hombres. Son sus dones de despedida en cierto sentido, y creo que son especialmente útiles en nuestros propios tiempos de crisis.

El don de la fe

En Juan 14:1, Jesús dice: “No se turbe vuestro corazón. Creed en Dios; creed también en mí”. El momento que vivieron los discípulos y el propio Jesús fue trágico. Si alguna vez hubo un momento para temer el futuro, era justo ese momento. Sus circunstancias eran preocupantes. Entonces, ¿Cómo puede Jesús decir, “no dejen que sus corazones se turben” en este momento? Parece la ocasión perfecta para que dejen que sus corazones se preocupen.

Para entenderlo, debemos considerar el resto del versículo. Jesús continuó: “Creed en Dios; creed también en mí”. Noten que Jesús no consuela a los discípulos como nosotros tendemos a consolarnos unos a otros. Cuando alguien en nuestras vidas está pasando por una crisis, tendemos a decir cosas como, “todo va a estar bien” o “esto también pasará”. Nos gusta señalar los indicadores de que la crisis terminará eventualmente. Como norma general, ayudamos a la gente a ver la luz al final de un túnel oscuro.

Pero Jesús no hace eso. Empieza por ordenarles que tengan fe. Les enseña que cuando sus corazones están cargados de miedos y ansiedades, deben creer activamente en Dios y creer activamente en Él. La solución de Cristo a las circunstancias difíciles no es una mejor circunstancia, sino una fe inquebrantable en quién es Dios en medio de esas circunstancias difíciles.

Así que, cuando nuestros corazones están preocupados, Jesús nos ordena practicar activamente nuestra fe. Recordamos y oramos cosas como: “Creo en Dios, mi Padre Celestial. Y creo en Jesucristo, su único Hijo que murió por mí. Creo que Dios me ama y que tiene el control de todo lo que pasa en mi vida. Él es bueno. Es poderoso. Es perfecto en su sabiduría. Estoy a salvo en Él. Nada puede pasarme a menos que Él lo permita. Incluso las cosas más difíciles de mi vida, Él promete que actúan para mi bien”. Y al hacerlo, llamamos a nuestros corazones atribulados a creer en Dios.

Nuestros corazones son propensos a olvidar quién es Dios y cuánto nos ama y se preocupa por nosotros, lo que hace que la enseñanza de Jesús sea maravillosa para los que están abatidos por el miedo y la ansiedad. Nos enseña a recordar las verdades que nos han enseñado sobre Dios y a seguir creyendo y confiando en que son verdaderas. El remedio para un corazón atribulado no son mejores circunstancias, sino más fe en Dios.

El don de la esperanza

Inmediatamente después de este llamado a la fe, Jesús dice: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo hubiera dicho; porque voy a preparar un lugar para vosotros. Y si me voy y preparo un lugar para vosotros, vendré otra vez y os tomaré conmigo; para que donde yo estoy, allí estéis también vosotros” (Juan 14:2-3). Jesús refuerza la idea de que nuestro mayor consuelo en tiempos de crisis no proviene de una mejora de nuestras circunstancias. A veces las espinas no se quitan y las dificultades no siempre terminan en esta vida.

Sólo hay que pensar en aquellos que han sido llamados a sufrir de diversas maneras durante años, décadas e incluso durante el resto de sus vidas. Algunos diagnósticos sólo terminan en la muerte, así como como algunos misioneros mueren en el campo. ¿Cómo deberían los seguidores de Cristo manejar estas crisis duraderas?

Para ello, Cristo nos señala a los discípulos, y a nosotros, nuestra esperanza eterna. Les recuerda a estos hombres la maravillosa verdad de que hay un lugar para ellos, con Él, en su reino eterno. La bendita esperanza del cristiano no es que este mundo y nuestras vidas en él mejoren necesariamente antes de que Él venga, sino que está preparando un lugar para nosotros y nuestro futuro está eternamente seguro con Él.

Muchas veces, los cristianos tienden a dejar descansar su esperanza en los días que les quedan en este mundo. Nuestras esperanzas se desvían en ser capaces de vivir nuestros días en esta tierra de la manera que queremos, donde queremos y con quien queremos. Pero Cristo no hace tal promesa. En cambio, nos señala nuestra herencia eterna y promete que siempre estaremos exactamente dónde queremos estar y con Él, a quien nuestras almas se deleitan en amar para siempre.

Cristo anima a los discípulos a levantar sus ojos y ver la esperanza de su recompensa eterna siempre que las circunstancias presentes les agobien y perturben sus corazones. Aun así, cuando experimentamos dificultades, podemos encontrar que nuestra esperanza para el futuro se ha asentado demasiado firmemente en este mundo y debe ser levantada y sentada con Cristo en el mundo venidero.

El don de la paz

Jesús también dio a sus discípulos el regalo de la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy” (Juan 14:27). La promesa de paz se repitió de nuevo en Juan 16:33, “Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz”. Las primeras palabras de Jesús al aparecerse a los discípulos después de su resurrección fueron: “Paz a vosotros” (Juan 20:19). Parece que el tema de la paz se encuentra a lo largo de este pasaje y de la vida y ministerio de Jesús.

Aquí había un hombre que tenía todas las razones para no estar en paz. Tenía todos los motivos para estar ansioso y temeroso de lo que le esperaba. Nosotros sucumbimos fácilmente al miedo del futuro que no conocemos. Pero Él, estaba en paz a pesar del horrible futuro del que estaba seguro de que vendría. Seguramente por eso Pablo escribió que la paz de Dios “sobrepasa todo entendimiento” (Fil 4:7). Qué paz tan maravillosa tenía Cristo para poder enfrentar tal crisis y mantener su corazón en perfecta paz. Pasaremos la eternidad adorando con admiración y asombro la perfecta paz de Cristo.

¡Cuánto más precioso es que Jesús nos dé Su paz como un regalo! Jesús no sólo dice, “actúa pacíficamente”. Está diciendo, “Mi paz os doy”. Los cristianos tienen el maravilloso privilegio de pedirle a Cristo esta paz prometida. Podemos venir a Cristo en los momentos más difíciles, como lo han hecho los creyentes durante milenios, y pedirle su paz, confiando en que Cristo siempre está dispuesto a dar lo que ha prometido.

Esta paz es un hilo que corre a través de la historia de la iglesia. Algunos de mis momentos favoritos de las biografías cristianas son los tiempos en que el pueblo de Dios pasaba por momentos difíciles, soportando pérdidas terribles, e incluso enfrentándose a la muerte, y aun así se llenaron de la paz de Cristo. Seguramente la luz de Cristo ha brillado más cuando su pueblo ha sido llamado a sufrir y sin embargo estaban rebosantes de su paz sobrenatural.

Gracias a Dios que en tiempos de crisis no estamos abandonados a nosotros mismos, sino que podemos mirar a Cristo y pedirle que aumente nuestra fe, nos recuerde nuestra esperanza eterna y nos dé un nuevo caudal de su perfecta paz.