Me contó que un día despertó con el corazón acongojado, con el alma rota. No sabía qué pensar, no sabía qué hacer, no sabía qué creer. Después de todos esos años de matrimonio, todos esos años de alegría, todos esos años de vivir juntos, su esposa se había ido al cielo y él se había quedado en la tierra. Aunque habían pasado días y semanas, seguía sumido en la desesperación.

Contó como aquella mañana había permanecido en cama más tiempo de lo habitual, recordando los años de su decaimiento, los años en los que la enfermedad había sido una presencia no deseada pero constante en su hogar. Pensó en lo débil que ella se había vuelto y en lo cansada que estaba: cansada de cuerpo, mente y espíritu. Pensó en cómo, a medida que se acercaba hacia el cielo, había adquirido una sensibilidad y un dolor aún más profundo de su propio pecado. La luz del cielo, que se acercaba a su mente, le había dado esa claridad. Pensó en las veces que habían llorado juntos, llorando por lo que ya había sucedido y por lo que nunca sucedería. Pensó en su último día, en sus últimas palabras, en su último aliento.

Desesperado por escapar de la conmoción de sus pensamientos, se levantó, se vistió y se dirigió a un parque cercano donde comenzó a caminar por un sendero conocido. Necesitaba estar solo, pero no totalmente solo: necesitaba estar en la naturaleza, donde los cielos declaran la gloria de Dios y las montañas proclaman la divina majestad. Aquel sendero conducía a través de frondosos bosques y luego hacia una larga y lenta subida. Bajo sus pies se deslizaban pequeñas rocas y por ambos lados se alzaban grandes losas de piedra. Luego, justo antes de que el sendero diera la vuelta para regresar por donde había venido, te conducía a la cúspide de un cañón cortado como un profundo tajo en el paisaje.

Contó que durante un tiempo, pudiendo ser solo unos momentos y pudiendo haber sido horas, permaneció al borde del cañón, contemplando sus abismos, con la mente todavía inquieta y el corazón todavía abatido. Y entonces, casi por capricho, alzó la voz y gritó al vacío: «¿Nunca más estarás enferma?». Y un momento después, primero a lo lejos y luego cada vez más cerca, el eco regresó, resonando de roca en roca y de peñasco en peñasco: «¡Nunca-más-enferma!»

Volvió a gritar, esta vez con la voz un poco más fuerte: «¿Nunca más estarás cansada?» «¡Nunca-más-cansada!» fue la respuesta.

«¿Nunca más estarás triste?» «¡Nunca-más-triste!»

«¿Nunca más serás pecadora?» «¡Nunca-más-pecadora!»

Reuniendo todas las fuerzas que le quedaban, gritó una vez más: «¿Nunca más estarás muerta?». Y una vez más el eco volvió desde el cañón de abajo: «Nunca-más-muerta».

Y cuando el eco se desvaneció por última vez, fue consciente de que la voz que había llegado a su oído era la suya propia. Pero también era consciente de que la voz había dicho la verdad, que la voz había predicado a su corazón. Porque sabía que el eco del cañón era el eco del cielo.

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Tim Challies es uno de los blogueros cristianos más leídos en los Estados Unidos y cuyo Blog ( challies.com ) ha publicado contenido de sana doctrina por mas de 6000 días consecutivos. Tim es esposo de Aileen, padre de dos niñas adolescentes y un hijo que espera en el cielo. Adora y sirve como pastor en la Iglesia Grace Fellowship en Toronto, Ontario, donde principalmente trabaja con mentoría y discipulado.